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Las distintas dimensiones de los celos: ¿emocionales, sexuales o ambos?

Cómo no reconocer esa sensación de “ardor interior” que nos inunda. Eso sí, los celos nunca deben ser justificación de los actos, porque somos seres racionales.

A nadie le gusta sentir celos, o al menos, eso es lo que se puede concluir. Es una sensación desagradable, que te hace sentir amenazada, insegura; es como si fueras una olla de presión que en cualquier minuto va a explotar.

Si no explotas, te guardas esa ira silenciosa y es incluso peor, porque te va carcomiendo y nada bueno puede salir de esa situación. Pero, ¿alguna vez has pensado en el origen específico de esos celos? No en la causa, sino que en lo que piensas cuando te sientes amenazada e insegura.

Quizás algunos digan que los celos, al fin y al cabo, son sólo celos, pero hay una teoría interesante que vale la pena analizar. Como escribe Suzanne Degees-Whites en una columna del portal Psychology Today, puede que esa sensación que tienes sea por razones emocionales, pero también sexuales.

Primero, hay que pensar que los seres humanos tenemos nuestro lado más instintivo, ese que nos permite adaptarnos y reaccionar ante los cambios. Los celos están presentes desde los primeros años de vida: sólo recuerda cómo te sentías cuando tus padres prestaban atención a otros niños.

A medida que vamos creciendo y que nos comenzamos a relacionar emocional, amorosa y sexualmente con otras personas, podemos sentir ese “ardor interior” que nos producen los celos, pero no siempre es por lo mismo.

Como explica Suzanne, terapeuta y profesora en la Universidad del Norte de Illinois, cuando vemos que alguien que creemos que nos pertenece (contexto de una relación), está con otra persona, nuestro cerebro entra en un estado “reptiliano”.

Este concepto, descrito por el médico norteamericano Paul MacLean, trata de explicar la función de los rastros de evolución existentes en la estructura del cerebro humano.

Según MacLean, cuando los humanos entramos en este “modo reptiliano”, nos domina el tronco encefálico y el cerebelo. O sea, nos controla nuestro comportamiento y el pensamiento instintivo para sobrevivir.

Es por esto que cuando alguien ve a su pareja con otra persona, una de las primeras reacciones es responder a ese estímulo directo, gritando, golpeando, arrojando cosas, etc.

Hay personas que tienen menor capacidad de lidiar con esto, y la consecuencia es una fijación con los celos. Cada uno responde de manera distinta: el cerebro puede interpretar el estímulo y no necesariamente actuar inmediatamente. De hecho, la teoría de MacLean ha sido cuestionada por profesionales de la neurociencia, aunque hay psiquiatras que aún la validan.

Por supuesto, los celos no justifican la violencia y no es válido escudarse en eso para dañar a otro.

¿Cómo saber si tus celos son emocionales o sexuales?

Puede ser una mezcla, pero por lo general, los celos sexuales se dan en relaciones de pareja y los emocionales, con amigos o familiares que estimamos.

No hay que olvidar que tanto hombres como mujeres tenemos testosterona. Obviamente, los niveles masculinos son mayores y eso provoca que los celos por una pareja se produzcan generalmente cuando se sienten amenazados de perder a su compañera/o sexual, hablando desde el lado instintivo.

En el caso de las mujeres, por tener niveles más bajos de testosterona, los celos aparecen más frecuentemente cuando ven que su pareja puede tener interés emocional por otra persona, aunque eso no quita que se omita la amenaza por perderla sexualmente.

Algo interesante que menciona Suzanne Degees-Whites, es que cuando las mujeres imaginamos a nuestra pareja coqueteando con otra persona, se activa la testosterona y los niveles en nuestra sangre suben. En cambio, cuando pensamos en besos, se activan sentimientos de pérdida y tristeza.

Aunque esta teoría sirve para explicar por qué sentimos celos, hay que aclarar que los humanos hemos evolucionado y a pesar de que seguimos siendo “territoriales” en ciertas ocasiones, eso no quiere decir que ignoremos lo racional a la hora de actuar.

No se trata de escudarnos en las reacciones naturales de nuestro cuerpo, porque, a diferencia de los animales, nosotros sí somos racionales y podemos trabajar para controlar esos instintos.

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