Grandes lecciones que los niños pueden dar a los adultos

A pesar de que son sólo niños, muchas veces pueden ser más sabios que todos nosotros en muchos aspectos.

“Hoy tengo que pagar demasiadas cuentas, tengo que ir a siete lugares y estar a la hora para no causar mala impresión“. ¿Se imaginan a un niño diciendo esto?

Por supuesto que no, los niños no tienen cuentas que pagar, no tienen tantas responsabilidades y lo más importante de todo, es que no necesitan causar una buena impresión, no les interesa.

Aunque sean pequeños y les quede tiempo para madurar, si observamos a los niños, nos podemos dar cuenta de lo puros que son. Mientras más pequeños, más honestos y más transparentes.

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(cc) Dan Zen / Flickr

Nosotros los adultos nos vanagloriamos de nuestra sabiduría, sacamos en cara los títulos profesionales que tenemos y mencionamos las experiencias que, supuestamente, nos han hecho personas fuertes e incorruptibles.

Hablamos con palabras complicadas, como si eso nos fuera a hacer más inteligentes que los demás, pero cuando tenemos un problema y no sabemos que hacer, nos echamos a llorar igual que los niños.

Por más que envejezcamos, seguimos teniendo algo infantil , pero sólo sacamos a relucir esa cualidad cuando algo sale mal, cuando nos salimos de esta especie de “control adulto” que se supone debemos tener las personas maduras.

Los niños son mucho más simples, más concretos. Ven la vida objetivamente, son tremendamente sinceros, y cuando mienten, se sienten tan mal al hacerlo que no aguantan mucho tiempo sin confesar esa mentira a sus padres.

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(cc) 古 天熱 / Flickr

A la hora de hacer amigos, todo es fácil. No importa si el otro niño es rico o pobre, si tiene papás letrados o humildes, sólo basta con un “¿Oye, quieres ser mi amigo?” y ya está.

Los niños se ríen de las cosas simples de la vida. No necesitan estar en el teatro más espectacular del mundo o en la ciudad con los edificios más grandes y despampanantes para pasar un buen rato; con una caja de cartón, pueden viajar por el mundo y darle la vuelta tres veces en una tarde.

¿Qué hay de las pretensiones y la vanidad? En la esencia e inocencia de los niños no hay lugar para la vanidad, y si alguna vez lo manifiestan, es porque lo imitan de los adultos.

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(cc) David Guyler / Flickr

Basta con ver a los bebés; apenas pueden, se sacan los zapatos, los dejan tirados por ahí y se meten a la tierra para jugar libremente. A los niños no les importa mancharse la cara con chocolate, porque están demasiado ocupados disfrutándolo.

Los niños valoran lo que hacen y cuando lo logran, se sienten tan orgullosos de sí mismos que le cuentan a todos sus amigos, hermanos, abuelos y conocidos de la gran hazaña que lograron: “¡Abuela, logré atarme los cordones de los zapatos sin ayuda!”.

Aunque el mundo y el cuerpo nos dicen que ya somos adultos, tratemos de pensar más como niños y recuperemos esa inocencia y honestidad que teníamos cuando éramos pequeños.