Los 5 peores hombres con los que he salido

No soy una mala persona: sólo a veces tengo muy mala suerte con los hombres. Te comparto mis historias.

Juro que soy buena persona. Vaya; pago impuestos, soy leal a mis amigos y procuro pasar tiempo de calidad con mi familia (por más disfuncional que ésta sea). Respeto las señales de tránsito, digo “gracias”, “con permiso” y “por favor” con una sonrisa genuina. Me encantan los animales y jamás los he maltratado; por supuesto que separo la basura y jamás he robado ni matado a alguien.

Claro que he cometido muchos errores, pero procuro no dejar que el orgullo me ciegue lo suficiente como para no reconocerlos. En fin. A pesar de esta bondad tan adorable que me distingue, en cuanto a relaciones se refiere, siempre he cargado con un karma un tanto… ¿ridículo?, ¿patético?, ¿cómico?, ¿triste?, ¿de otro MUNDO? Ustedes podrán decírmelo después de leer estas cinco brevísimas historias:

El dark

Tuve sexo sin compromiso por un tiempo con un gótico que conocí en un bar. Los encuentros eran frecuentes y él me marcaba demasiado seguido, al punto de hartarme y de dejarle de contestar el teléfono. En fin. Pasó un año y volvió a aparecer en mi vida justo cuando decidí tomarme un descanso de los hombres. Me invitó a salir a un café de señoras; ya saben, con música de elevador, azucareras y tacitas de porcelana y floreritos con claveles al centro de la mesa (¿en verdad un dark, al que conocí en un bar underground del centro, me citó en un lugar así?).

Llegué puntual al encuentro. Nueve de la noche. Nueve y cuarto. Nueve y media. Nueve cuarenta y cinco. Diez de la noche y ni sus luces. Cuando vi de nuevo el reloj, eran las diez y media, mi capuccino se había terminado y sentía que todos me observaban por estar sola en un sitio así a esa hora. Le escribo al dark: “¿Vas a venir o no?”. Y me responde… nada. Comencé a llorar de puro coraje, se acercó el mesero y con una sonrisa condescendiente, me ofreció un pastel de chocolate. “Sí, por favor, y con helado”.

El revenge fucker

Fui a bailar con un amigo por su cumpleaños. A la celebración llegó un compañero de su trabajo, nada guapo, descuidado, inseguro, pero la química es lo más random del mundo, y a mí me encantaba. Bailamos. Pasamos a los besos. De los besos, lo llevé a su casa y afuera de su departamento, en la parte trasera de mi coche, tuvimos sexo. Todo bien. Sé que no es lo mejor acostarte con alguien a la primera (y menos en tu auto), pero creo que si las cosas se dan y la plática previa fue buena, ¿qué más da? Intercambiamos teléfonos.

Seis días después de no saber nada de él, le escribí por WhatsApp y descubrí que ¡me había bloqueado! ¡Ni siquiera sabía que eso se podía hacer! Al stalkearlo, vi que el hombrecillo había regresado con su ex novia (de la que jamás me platicó), con la que había cortado sólo dos días antes de aventarse conmigo. Sí. Fui su revenge fuck. No. No disfruté nada estar en esa situación.

El cougar fan

Me enamoré de un hombre que me llevaba 10 años. Gordito, pachoncito, divino. Sin mucho dinero, pero ¡ah!, me escribía las palabras más bonitas y los poemas más melosos. Después de un par de meses saliendo, fui a su departamento y… pues sí, me acosté con él, pensando que era el amor de mi vida y que casi, casi íbamos a convertirnos en los nuevos Sylvia Plath y Ted Hughes, pero sin tanto drama ni tragedia, obvio.

Pues bueno. Justo un día después, yo seguía en mi nube amorosa y él subió una foto en Facebook con una señora ¡15 años mayor que él! Los dos se veían felices mientras se daban tremendo beso que a mí me dejó consternada… y sin muchas ganas de verlo de nuevo.

El lastimado

Lo conocí por Twitter. Platicábamos a diario por Skype. Teníamos mucho en común, sólo que él vivía en España y yo en México. Complicado, ¿no? Pero fue tal la química virtual que decidió venir a conocerme. Estuvo un mes y todo fue perfecto, miel sobre hojuelas, como suele decirse.

Me dijo que me quería y que nunca antes se había sentido así con alguien pero, justo cinco día antes de irse, me confesó que seguía enamorado de su ex (de la cual yo desconocía su existencia) y que aunque sentía por mí todo lo que se puede sentir por alguien (atracción, confianza, ternura, deseo, complicidad…) él ya estaba “seco para el amor”. Bonito, ¿no?

El amigo con derechos

Nos besábamos en cada fiesta, nos dábamos “cariño” y además nos llevábamos bien. Ninguno esperaba nada del otro, pero según yo, hasta en este tipo de relaciones abiertas hay ciertos códigos de ética… como NO involucrarte con las amigas de tu amiga con derechos, mucho menos en su cara, un par de horas después de haberte besado con ella. Mmm… quedo claro lo que sucedió, ¿no?

En fin. Confieso que además de estas humillaciones he vivido otras, incluso más dolorosas y tristes (¿se puede?). Pero como dije en un principio, he aprendido de mis errores y estoy consciente de que parte de los rasguños que me he llevado ha sido por entregarme a hombres que no me han dado elementos suficientes para quererlos (ouch).

¿Lo primero que hice para superarlos? Perdonarlos, perdonarme a mí por tremenda falla y aumentar mi nivel de amor propio para saber que merezco algo mejor que tremendos especímenes. Lo interesante es que justo cuando les dije adiós, me han buscado más que nunca; pero lo más interesante es que ya no me interesan. Eso es lo bueno de comenzar a amarte a ti misma, que la perspectiva se transforma, la soledad se vuelve algo divino que no sacrificarás por cualquiera que te hable bonito, y lo que antes era importantísimo, ahora está totalmente fuera de sitio.