Dejar ir: un deporte extremo

¿Cuándo dejar ir? ¿Cuándo quedarnos y luchar? La respuesta sólo la puede saber una misma.


“Ryan, you’re going to have to learn to let go.” –Gravity

“Dejar ir”. Frase común para los tibetanos, para los budistas, para aquellas personas espirituales que buscan soltar todo retazo de pasado inservible y muy pesado como para cargar en la maleta, en los bolsillos de los pantalones o en la mirada.

Suena tan dulce esa frase que al leerla de inmediato comenzamos a sentir cierto alivio. Dejar ir un amor de verano que fracasó en el intento de otoñar; un rencor hacia un padre que no supo ser padre y que se dedicó a exigir mucho sin dar demasiado; un antiguo trabajo que nos hacía muy felices pero que terminó de golpe y sin darnos derecho de réplica.

Dejar ir. ¡Ah! Como si hacerlo fuera igual de sencillo que arrojar monedas en una fuente o armar un sándwich de mermelada. Como si la memoria fuera un hilo dental fácil de extraviarse en el retrete. Como si el acto de soltar significara que las cosas dejaran de doler. Así. Igual que si nos inyectáramos morfina o nos metiéramos un par de rivotriles para dormir un ratito más.

Pasamos la vida tratando de dejar ir. Pero, ¿qué significa realmente? ¿Es un arte, un talento? ¿Es un don, un remedio para la felicidad eterna? ¿O un acto de serenidad extrema en donde ya no nos queda de otra, en donde el hecho de apegarnos a algo nos hace más daño que bien? ¿Es acaso conformismo o derrota? ¿Cuándo dejar ir? ¿Cuándo quedarnos? ¿Cuando nos lo piden, o cuando queremos? ¿En verdad letting go es la respuesta?

Me pregunto todo esto mientras recuerdo la última vez que me enamoré. Hace poco. Dos, tres meses, máximo. Fue espontáneo, mágico, fugaz. Tuvo todos esos adjetivos con los que solemos describir el verdadero amor. Un flechazo, una tensión desde el primer roce de manos, desde el primer contacto entre sus ojos y los míos. Una sensación de seguridad al escuchar su voz, al saberlo cerca, al pensarlo. El amor fue tal que nada de él me daba repulsión; su sudor imparable, su falta de cultura por la música o por la literatura, su apatía por el cine, su carencia de vida social, su falta de dinero, sus fracasos. Me enamoré sin esperarlo, pero aun en ese estado de euforia histérica, algo más fuerte que yo me obligó, sí, a dejarlo ir.

Quería hacerlo feliz, quería sacarlo de las sombras y llenarlo de vida, de sonrisas matutinas y besos en el metro. Quería viajar con él a cada continente y compartirle mis sueños; quería bailar con su mano en mi mano y que me hiciera el amor tres veces por noche. Lo quería para mí, para siempre, sin restricciones ni reservas. No me importaban sus ronquidos ni su mal humor mañanero. Su soledad. Sus arrugas tiesas y tristes. Sólo importaba él conmigo y yo en él. Como un virus que se pega en la sangre y la contamina para siempre. Pero tuve que soltarlo no por miedo ni cobardía, sino porque justo comenzó a enfermarme con su falta de amor propio, de su inseguridad y su soberbia; porque no estuvo cuando más lo necesitaba y para justificarse se dedicó a juzgarme; porque tanto el exterior como mi instinto me lo gritaban. Él no hizo lo posible por luchar por mí, aun cuando sé que a su manera, a su extraña, complicada y desoladora manera, me quiso como a nadie (o eso quiero, necesito creer).

¿Cuándo dejar ir? ¿Cuándo quedarnos y luchar? La respuesta sólo la puede saber uno, pero una cosa es cierta: hay que quedarnos con lo que nos hace sentir bien con nosotros mismos, jamás con lo que nos destruye. Por ahí podemos empezar a decidir.