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Volver a andar en bici

Cuesta su resto volver a subirse

Nunca olvidaré mi primera bicicleta. Era rosada y venía sin canasto, hecho que mi padre solucionó rápidamente comprando uno en San Diego y colocándolo él mismo.  El canasto tenía una frutilla dibujada; perfecto: yo amaba a Frutillita. La emoción era sin igual y yo era feliz con mi bici. “Pedalea pedalea pedalea pedalea” me decía mi hermano y mi papá cuando me enseñaron a usarla, con la típica de todos que para sentirnos seguros, le pedíamos a quien nos enseñaba que fuera detrás por si nos caíamos. Unos años después, me quedó chica y le pedí al viejito pascuero una mountain bike.  No estoy segura de la edad, pero no debe haber sido muy poco porque creí en él hasta bastante huailona. ¿8 años quizá? la escondieron en la casa de los vecinos y mágicamente apareció el 24 en la noche. Me puse unas calzas (estaba con vestido) y me fui a bicicletear a mi pasaje.

Un tiempo me fue imposible ocuparla por el Bullying de mis vecinos: me tiraron una pelota de fútbol y me caí al rosal; me gritaban cosas cuando pasaba y pedalear era una tortura. A los 12 años junté valor y fui a andar sola a la plaza; gracias al maicillo me saqué la mugre y la bicicleta se volvió a guardar. Tampoco podía salir a andar a la calle, mi madre se espantaba. ¿Qué hacer entonces? la mandé a la casa de una tía que vivía en Puerto Varas y a cuya casa íbamos de vacaciones. El verano siguiente la aproveché bastante, pero hubo varios años que no fui más y quedó guardada. Finalmente, el aro 20 ya no me servía y decidí que la regalaran a un niño del sur.

Pasaron casi 10 años antes que me diera por andar en bicicleta otra vez. La experiencia con los rosales y otras similares continuaron sucediendo.

Todo partió con un tour de trekking y bicicleta por la selva peruana; No había andado en años pero me las di de seca igual. Todo iba de maravillas hasta que me desconcentré y me caí;  me rajé la pantorrilla con el disco pero estaba tan adrenalinizada que ni me dolió. Tengo una cicatriz de cuatro líneas perfectas que me lo recuerda.

Así que cuando volví, decidí que quería una bicicleta. Mi primo se fue a Ecuador y me prestó la suya aro, no sé… ¿30? era gigante, pero aperré igual. Tuve que llevarla a pie por muchas cuadras hasta la bomba de bencina, y después, hasta llegar a mi casa, me caí en absolutamente todas las esquinas. Mido 1.58 y no tocaba el suelo. Gracias primo, te devuelvo tu bicicleta.

Maravillosamente la hermana de este primo se fue del país por un año así que me la prestó. Fui feliz con la bici aquella pero por poco tiempo: ya tenía sus años y estaba cansadita. Cuando un amigo cletero la revisó, me dijo que a menos que la arreglara yo misma, no valía la pena meterle lucas. Así que le busqué un hogar la arreglaron y se la dieron a alguien que la necesitara.

Pero yo seguía queriendo una bici. Una buena, de mi porte, bonita y en la que me diera gusto andar. Así que como entré a trabajar, decidí que pediría un préstamo a la financiera MiMadre y me compraría una. Me asesoré y partí. Se demoró una semana en llegar; y cuando la fui a buscar aún no la habían armado, pero no me importó. Esperé que estuviera lista y me tiré a la ciclovía. A los 20 minutos ya no daba más, pero con un gran esfuerzo logré llegar a casa. Intuía que algo pasaba con los cambios: en realidad, confieso, no lo sé usar bien. Ya aprenderé, me decía.

Al día subsiguiente la “usé” por primera vez (la otra era llevarla a la casa y eso no cuenta). Fui a la casa del novio y al ratito me devolví “pero mejor ando otro ratito”. Craso error. Iba perfecto hasta que quize cruzar del bandejón central a la calle, me desconcentré y me volví a caer. Me raspé la rodilla y me esguincé la muñeca.

Estoy cachando que en verdad, no sé muy bien andar en bicicleta.

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