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Tragarse la pena

Depresión y comida no es una buena dupla.

Cada vez que me da pena, estoy en el periodo complicado del mes, algo me sale mal o lo que sea que me afecte me voy de cabeza a la despensa o el refrigerador. No se si será este un asunto de mujeres pero varias de mis amigas me dicen que les pasa lo mismo.

Se acuerdan de ese capítulo de Sex and the city donde Miranda (la abogada) está deprimida y se compra un gigantesco, sabroso y grosero pastel de chocolate, durante todo el capítulo ella lucha contra la depre de verse solterona a los cuarenta y tantos. Llega un momento en el que decide no seguir comiéndose lo que queda de ese exquisito y lleno de calorías pedazo de pastel, lo bota a la basura, pero unos segundos después abre la tapa y con la mano saca una última probadita. Patético.

Ella también se sintió así y su solución no fue sacar el pastel del basurero si no llamar a Carrie y decirle lo mal que se sentía. A veces nos cuesta expresar nuestros temores, nuestros fantasmas. Sin embargo, nunca es recomendable enfrascarse en un atascón de comida. Sé que es complicado evitar la ansiedad, pero hay que hacerlo o llega un momento en el que te miras al espejo y te das cuenta de todas las depresiones que has pasado, porque tu cuerpo ha cambiado. A mi me pasó.

Luego de varios problemas y quiebres familiares me puse a comer. Son muchos los combos de McDonals que no disfruté entre año pasado y antes pasado. Además, mi trabajo lo hago sentada todo el santo día en una silla acolchada, tengo cero movimiento corporal, cer0 ejercicios, cer0 actividad física. Ayer tenía un evento y me probé mis chaquetas para ir toda producida, pero NINGUNA me quedaba buena. ¡Horror!

Lo peor es que después de comer para ocultar tu tristeza te sientes peor, no soy bulímica ni nada, pero tu estómago sufre y te sientes culpable. Entonces, en vez de que la comida te ayude a subir el ánimo lo único que logras es deprimirte más.

Prometo tomar cartas en el asunto y no volver a tragarme la pena.

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