No te pierdas la columna de Ignacia Allamand sobre "ser mamá"

La semana pasada me tocó mi visita anual al ginecólogo, la primera desde que estoy en Ciudad de México. A menos que sea una emergencia, lo último que uno quiere hacer en otro país es ir al doctor. Como soy matea, tengo anotada la fecha exacta del papanicolaou en mi agenda (con highlighter).

 

Me iba a perseguir como un monstruo de dos cabezas si no cumplía, así que partí a ver a la dra. R. Después de contarle brevemente mi historial médico, le pedí que si además del examen, me podía retirar el dispositivo que usé durante años como método anticonceptivo. Casi se había cumplido el plazo de vida útil y, al no estar en una relación estable, me pareció un buen momento para prescindir de ese cuerpo extraño y de las hormonas extras.

Ella no preguntó mis motivos y, cuando agregué que no sería necesario reemplazarlo, asumió que tenía la intención de quedar embarazada. “Tienes que considerar tomar el suplemento bla, y dejar de bla bla, y en cambio bla bla bla”. Cuando logré explicarle que el embarazo no estaba en mis planes, su expresión cambió radicalmente y, confundida, volvió a mirar la fecha de nacimiento que había escrito minutos antes en mi reluciente ficha médica. “Debes apurarte”, me dijo. Yo me reí. Ella no. “Hablo en serio, no te queda mucho tiempo”, agregó y, sin pausa, procedió a mostrarme un modelo a escala de mi sistema reproductivo y a enumerar las múltiples maneras en que éste se estaba deteriorando, para rematar con un listado de enfermedades catastróficas que podría padecer mi futuro hijo imaginario.

Después de un par de intentos fallidos por hablar, me limité a sonreír. Antes, frente a una diferencia de opinión, necesitaba dar mi punto de vista, pero últimamente me da flojera gastar energía en eso y uso la técnica de cantar internamente la canción del elefante que se balanceaba sobre la tela de una araña y, la mayoría de las veces, antes de llegar a los 20 elefantes, se da por terminado el asunto. Así fue. Luego me realizó el examen, me retiró el dispositivo y voilà, estaba lista para volver a mi vida. O eso pensé.

Salí de la consulta angustiada. A pesar de que nunca he querido ser mamá, sus palabras habían logrado perturbarme. Y aunque no la descarto por completo, porque cada vez que digo “de esta agua no beberé” termino empinándome un bidón de 20 litros, la verdad es que la maternidad nunca me ha interesado y la idea ni siquiera estaba rondando mi cabeza, hasta que apareció la dra. R con su verborrea.

Esa tarde y los días siguientes, me invadió un terror irracional a la posibilidad de perderme esa experiencia y, tal vez, arrepentirme cuando ya fuera demasiado tarde. Así de absurdo. Me dio FOMO la maternidad.

El FOMO (Fear of missing out) es un concepto que apareció con las redes sociales y significa algo así como “miedo a no ser parte”. Puede ser algo que no te interesa, pero, al ser testigo de que otras personas lo disfrutan, sientes que te lo estás perdiendo igual. Como por ejemplo, esa maratón que no corriste porque adivina qué…, ¡No eres corredor! Y, aunque entiendo que no es lo mismo declinar un evento deportivo que la decisión de ser mamá, en ese momento, sentí eso. Tuve miedo a perderme algo que, en realidad, no quiero. Y fue el valor que le dio otra persona lo que lo convirtió en algo deseable para mí. Entonces pensé: ¿Cuántas veces me he sentido así, queriendo que me elijan para un personaje que en realidad no me interesa, o yendo a un paseo que me aburre sólo por miedo a quedar excluida?.

¿Será posible que algunos seres humanos podamos llegar a elegir algo tan trascendental, como la maternidad, sólo para no quedar fuera? Por ridículo que parezca, la respuesta es sí.

Cuando llegué a la conclusión de que era eso lo que estaba sintiendo, volví a mi centro, dejé de suspirar con la idea de una mini Nachita y decidí estar más atenta a esta sensación, ya sea en los grandes temas o en los pequeños.

Creo que se nos ha educado para creer que hay que aprovechar todas las oportunidades, pero a veces decir no a algo es precisamente lo que da el espacio para que llegue lo que de verdad queremos. Entonces me prometí estar más pendiente, para recordar que el miedo nunca tiene que ser el motor de mis decisiones. Y a buscar otra ginecóloga, por si acaso se me vuelve a olvidar.