Opinión: Tareas, ¿tener o no tener?

Con relación al debate de las tareas escolares, una idea para graficar: ¿habría alguien, una autoridad municipal, que cuestione la entrega de una receta de un doctor a un paciente en un establecimiento sanitario público? Pues, por sensatez no, ¿verdad?

Por Carlos Henríquez, Secretario Ejecutivo de la Agencia de Calidad de la Educación

Con esto me refiero, por ejemplo, a las medidas del alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, de eliminar las tareas escolares en seis colegios municipales, pasando a llevar la autonomía docente, ya que una decisión de ese tipo debe pasar primero por la reflexión de cada establecimiento y su comunidad completa, con todas sus particulares.

Por lo demás, antes de pensar en eliminar o no las tareas, necesitamos un modelo pedagógico para estudiantes del siglo XXI, y no quedarnos solo en culpabilizar a las tareas, en lugar de mirar qué está pasando con la experiencia de aprendizajes de los estudiantes.

Debemos aclarar que las tareas escolares, por sí mismas, no son necesariamente una manera de profundizar el conocimiento o anclar el aprendizaje. Las tareas pueden ser parte de un proceso de aprendizaje relevante, siempre y cuando sean desafiantes y formen parte de la ruta trazada por el docente para la educación de sus estudiantes. En ese aspecto, éstas deberían promover la capacidad creadora de los niños y niñas, su imaginación, la visión crítica y ejercitar el pensamiento. Por tanto, debemos buscar formas que las tareas no sean rutinarias, largas y sobre todo que estén coordinadas entre los distintos profesores de un establecimiento para evitar que sean un agobio para los estudiantes.

La Reforma en marcha está entregando mejores condiciones y herramientas para enfrentar estos desafíos: un sistema educativo centrado en el derecho con inclusión, una carrera docente con más tiempo no lectivo, más recursos a través de la Ley de Inclusión, un sistema de evaluaciones más equilibrado, menos pruebas sumativas y evaluaciones con más sentido.

La clave está en despertar en los estudiantes la pasión y curiosidad por el conocimiento y el mundo, depositada no solo en los libros, sino también en los profesores, juntos con el involucramiento de los padres. Unidos, por tanto, por una educación con una mirada amplia de la calidad, que contribuya en ver a nuestros niños y niñas aprendiendo con creces, en lo posible, contentos.