Francisca Mardones, tenista nacional: "La discapacidad es un estado que no existe"

A los 22 años sufrió un accidente que la dejó en una silla de ruedas. Después del shock inicial, decidió disfrutar de cada momento tal como es. Su gran sueño era llegar a los Juegos Olímpicos, y lo logró en los Paralímpicos de Londres 2012, donde se posicionó entre las 16 mejores tenistas del mundo. Como no existe tope de edad, su futuro es prometedor: “Pretendo llegar a los Top Ten”, asegura.

Imagen foto_0000000120121127125744.jpg

Por Carolina Palma Fuentealba. Fotografías: Marco Leal y gentileza Francisca Mardones.

Actualmente vive en su departamento con su hermano, que hace pocos meses estaba en Estados Unidos; se desenvuelve perfectamente en su casa, y maneja su auto adaptado sin problemas. Incluso, cuando necesita hacer trámites, subir o bajar escaleras, busca formas de llegar. No tiene límites, como dice ella.

Le gusta el deporte desde que tiene memoria, y todo partió porque ganó una competencia de bicicleta en el jardín infantil. Francisca Mardones (35) siempre quiso estar algún día en los Juegos Olímpicos, así que comenzó a practicar diversas disciplinas en el colegio; iba a torneos y reconoce que tenía habilidades. Cuando tenía 17 años se dio cuenta que no se había dedicado a un solo deporte, entonces no podría llegar a una instancia de competencia mayor. Tomó la opción de estudiar Educación Física, pero en marzo de ese año chocó junto a un amigo, lo que la dejó con cuello ortopédico mucho tiempo. Como consecuencia de ello tomó su segunda opción: estudiar Administración Hotelera. "Me encantaba la carrera, pero siempre tenía la espina de no dedicarme al deporte, era como un sueño frustrado", recuerda.

Al final de sus estudios debía hacer la última práctica, y consiguió una en las Islas Vírgenes, Estados Unidos. Debido a su buen desempeño terminó como administradora de un hotel, con sólo 22 años. "Trabajaba poco, ganaba harto, me iba a la playa a las 3 de la tarde", cuenta. Un día les dijeron que venía un huracán, así que se abastecieron de comida, mandó a los huéspedes a sus respectivos países y todos se fueron a refugiar, pero de pronto recordó que un área no estaba protegida, donde solo habían cosas, no personas. "Dije que iba y volvía, y cuando salgo del hotel, en un camino en altura que había, hubo un deslizamiento de tierra y me caí en un barranco. Me golpeé la columna, fue súper doloroso. En un momento dije que tenía que salir de ahí como fuera porque saldría volando con el huracán. Llegué a un búnker y ahí estuve dos días, con mucho dolor, no podía ni respirar de dolor, no dormí nada". Cuando la encontraron volvió a Chile; estuvo más de un año hospitalizada, medicada a diario debido a las múltiples operaciones que no tenían buenos resultados.

¿Cómo recuerdas el periodo de recuperación?

Uno pasa por diferentes etapas. A veces no podía creer que todo saliera mal. Me di cuenta que el ambiente estaba denso, las visitas preguntaban "por qué está así", y yo no me daba mucha cuenta. Ahí decidí que pensaría positivo, que iba a pasar, y empecé a disfrutar las pequeñas cosas que podía tener ahí, como mirar por la ventana, ver el cielo bonito, escuchar los pájaros. A veces no podía mucho porque estaba muy intoxicada, la verdad.

¿Cuándo cambió todo?

Bueno, me dieron de alta porque no había nada más que hacer. Me fui a mi casa como un bulto. Así estuve hasta que sonó el teléfono; era un angelito, el doctor Galilea. Me dijo que había estudiado mi caso muchos meses y creía que podía ayudarme, así que me llevaron a la clínica a desintoxicarme, me sacaron los remedios. Los dolores aumentaron mucho, fue un periodo súper difícil, y así empezó un trabajo multidisciplinario. Lo importante era aprender con el dolor crónico.

¿Cuánto duró tu recuperación?

Fueron cuatro años de recuperación intensa, tratando de mover los brazos, reeducar el cuerpo. Fue muy intenso, pero logré reponerme. Bueno, tenía dos opciones: me echaba a morir o decidía luchar y salir adelante, costara lo que costara.

De alguna forma, te diste cuenta que la discapacidad no es algo fatal, no era el fin.

Me di cuenta que la discapacidad es un estado que no existe. Yo manejo, pero de una manera adaptada, con la mano, viajo por el mundo compitiendo. No me siento discapacitada, si me sintiera así probable estaría diciendo "pucha, por qué me pasó esto". Mi actitud es diferente.

¿Tu familia te influenció?

Sí, mi papá desde los 39 años tiene Parkinson, ahora tiene 63. Crecí viéndolo trabajar pese a que le costaba, él no reclamaba por su enfermedad, al contrario, daba gracias porque Dios se la dio a él, que la podía soportar. Crecí en ese ambiente en que las cosas físicas no importan.

¿Por qué crees que te pasó? ¿Para volver al deporte?

Sí, eso creo. Un día salimos de rehabilitación y me encuentro con Doris Gildemeister de frente, y me dice: "¿quieres jugar tenis?". Yo del alma le contesté "¡Sí!". Solamente porque le tincó. Eso fue renacer. Y desde ahí dije "esto es lo que siempre he buscado"; tomé la oportunidad y lo hice lo mejor posible. Me di cuenta que el tema estaba vivo en el mundo. Empecé a practicar, aprender, e hice un plan de trabajo donde me di cuenta que necesitaba entrenador, viajar a torneos. Comencé a golpear puertas en empresas, donde muchas veces me dijeron que apoyaban a los que tenían resultados. Hasta que un día me llamó la CCU para decirme que me aceptaban, me daban la oportunidad… Eso fue lo mejor que me pudieron haber dicho. Más ganas me dieron de sacar todo adelante.

Así comenzaste a ganar…

Sí, gané el Panamericano, y hace pocos meses logré estar en Londres 2012.

¡Eso fue lo máximo!

Totalmente, el punto cúlmine. Disfruté cada momento que estuve ahí, al máximo, de corazón, porque me siento una persona súper afortunada. Al mirar las cosas con distancia me di cuenta que éste era mi destino, que se enchuecó un buen rato, pero que finalmente estoy haciendo lo que siempre quise, y ahora lo valoro por todo lo que viví. Si las cosas hubiesen sido tan fáciles no sé si las hubiese valorado tanto. Llegar a Londres fue hacer un sueño realidad y darme cuenta que era la persona más afortunada del mundo de cumplir mis sueños a los 34 años.

Sigue > >