Diseñadores en la guerra: Hilos de un país fragmentado

La moda en Colombia también se ha forjado en medio de la violencia.

Colombia siempre ha sido múltiples países en uno, miles de relatos que solo se unen en puntos en común. Pero incluso sus más grandes historias y estigmas, como el de la violencia parecen realidades lejanas para muchos colombianos. Esto se refleja más en el mundo de la moda colombiana, un decamerón en apariencia alejado de todos los conflictos y la dureza de la vida de muchas personas, pero que a su vez, ha sido una potente herramienta de expresión para catalizar y sobrevivir a la violencia. Porque crear, todos los días, en medio de ella, es un acto de fe y sobre todo, de impregnar de realidad una industria que vende fantasías, pero también visiones auténticas.

Marcas como Paloma & Angostura, por ejemplo, ya habían impactado en la opinión pública al emplear a desmovilizados. La diseñadora Cleiner Cabadías, oriunda del Chocó, por poco y se queda en su pueblo al ocurrir en él la peor de las masacres (Bojayá, 2002). Pero hay diseñadores que siguen viviendo de cerca estas realidades. Esta es la historia de dos proyectos que, con apoyo (o sin él) siguen amando su realidad y expresando a través de la moda lo que sucede en ella.

Héctor del Roble, creando en medio del fuego

El diseñador viene de Bolívar, Cauca, uno de los departamentos más afectados por la violencia en el país. En medio de máquinas de coser ( el instrumento de trabajo de las mujeres de su familia) y recuerdos idílicos, se fue forjando su vocación y vivió una infancia feliz. Eso, hasta que a sus 12 años vino la guerrilla y a él y a su madre les tocó pasar dos noches bajo el planchón de la cocina para que no los tocaran las balas. De ahí, todo se volvió horror e incertidumbre. “La guerra fue insoportable, era impresionante el miedo en el que vivíamos, en la zozobra y temor de que llega la guerrilla y nos van a matar. Escuchábamos correr a la guerrilla, a los soldados, oíamos gritos, explosiones y estaba la zozobra”, narra el diseñador a PUBLIMETRO. Sus padres, maestros, se esforzaron para salir de ahí y huir a Popayán. Sin embargo, Héctor no guarda resentimiento. Afirma que esto le ayudó a tener fuerza para vivir y para tener esperanza, y para crear basado en la diversidad cultural de su comunidad.

“Mi departamento es una gran influencia a la hora de crear moda. Para mí es muy importante conocer los distintos municipios, hablar con la gente y ver que este tipo de personas le dan a tu trabajo un sentido y alma. La moda es eso: la prenda va impregnada de quién la hizo, más allá de lo supérfluo. Refleja sentimientos, lo que le pasa a la gente. Y la zona en la que vivo es rica en eso”, explica Héctor, quien trabaja con mujeres cabeza de familia y donde rescata las técnicas de los indígenas del Cauca. “Siempre me inspiro en la gente del común”, añade. “Una colección que hice fue en homenaje a los caucanos, me inspiré en algo que nos une, como el mercado. Fui a varios municipios y ví que allí, en el mercado, todos son iguales. Fue inspirador ver a todas las etnias en un solo lugar. A mí no me inspira la mujer idílica ni intocable, sino la mujer común: la campesina de manos ajadas, la mujer que amasa el pan. Tienen una historia de vida real que puede ser un ejemplo para muchos”, afirma.

Héctor sufre por la suerte de su departamento, sobre todo luego de las elecciones. Los hostigamientos del ELN y las tensiones vuelven a crecer. “Me duele esa forma de pensar de los demás colombianos que viven en su zona de confort, y como no les ha tocado sufrir, ignoran lo que hemos sufrido. Es triste. Me siento abandonado por ellos. Hemos dado la lucha, querido un cambio, aparte de tanta violencia y corrupción. Hay oportunidades que no hemos aprovechado para salir adelante y en el Cauca hemos clamado por un cambio y no hemos sido escuchados”, protesta.

Pero él ha encontrado en la moda una catarsis, una forma de salir adelante. “Quiero que la gente vea que una persona puede ser un ejemplo y que uno puede salir adelante y no dejarse cegar por la violencia. Que uno puede salir adelante”, afirma el diseñador, quien ve en el trabajo con las mujeres indígenas un elemento enriquecedor de su trabajo y porque en ellas y en las campesinas ve que en lo poco está realmente, como dice él, la alegría de vivir.

Maestros Ancestrales, impacto en las comunidades

Quizás una de las formas en que más se han querido cerrar brechas entre esa Colombia muy lejana de las ciudades y sus infraestructuras, pasarelas y showrooms, ha sido la iniciativa de la revista Fucsia, Club Colombia y actualmente el MinTIC, junto con el CESA: Maestros Ancestrales, donde se rescata la técnica artesanal para hacerla un producto de moda en el que se pueda impactar realmente en la vida de las comunidades impactadas por la violencia. De hecho, se está trabajando con comunidades Emberas y Kamëntsá para crear plataformas que permitan comercializar su técnica en productos globales, innovadores y cercanos a la realidad de un sistema que puede seguir sosteniendo su modus vivendi pero a la vez mejorar sus condiciones de vida. “Digamos que eso no ha sido la varita mágica que de un día para otro transforma las cosas, pero para este tercer año empezamos a ver un impacto concreto, porque no solamente se ganaron un dinero haciendo todo lo que se necesita para el desfile sino tuvieron contratos concretos y hay una serie de diseñadores que han seguido trabajando con ellos, lo que les representa entradas permanentes, con cifras que no habían visto nunca”, explica a PUBLIMETRO Lila Ochoa, directora de la revista Fucsia.

“En este punto ya no queremos que esto sea solo un desfile sino que sea un negocio donde estas comunidades sean sostenibles, con entradas de 70 millones de pesos. Ahora queremos repetir el trabajo y aprendizaje con la comunidad embera para lograrlo”, añade. Por su parte, Ana María Londoño, Directora Creativa de Soho y de la misma publicación, complementa : “ Nuestro primer resultado fue intangible, porque fue visibilizar a estas comunidades, enamorarse de ellas. Hemos aumentado sus ingresos en el 60%. Escogimos a una comunidad que respondiera a nuestros requerimientos estéticos, pero que también tuviese profundas necesidades. Ellos son desplazados del río San Juan. Los artesanos se hacían dos mil pesos máximo. Y de eso a lo que ganaban antes es un gran cambio. Hemos decidido seguir con la misma comunidad para poder impactarla de una forma más profunda. Muchos tienen necesidades, pero   queríamos ser más eficientes. Construir sobre lo construido y hacer que el proyecto siga y trabajar fuertemente con el Gobierno y que sea un piloto replicable en otras industrias del país”, explica.

“Maestros Ancestrales”, más que un proyecto de lineamientos estéticos, es de co-creación, de respetar esa técnica y producción originaria como producto de diferenciación y así, hacerlo un negocio que pueda acercar – tal y como se ha hecho en países como Guatemala con su plataforma Etical Fashion- el mundo del artesano afectado por la violencia y apartado por la geografía, al sistema moda. “La parte más compleja es hacer de esto un negocio sostenible”, afirma Lila Ochoa. “Filosóficamente está bien armado, pero por eso nos unimos con el CESA, para que salgan inversionistas. Para que tengamos compradores extranjeros que se interesen por esto y el negocio sea viable. Yo quiero que la experiencia colombiana llegue al nivel de un Chanel o un Louis Vuitton, porque el trabajo del artesano es trabajo de lujo y que además, sea un negocio para ambas partes”, afirma.

Pero, aparte de negocio, es un reconocimiento por lo propio en el que la moda ha trabajado desde comienzos de siglo. Pero que todavía cuesta y esto pretende mostrarnos como somos. Tal y como lo explica Ana María Londoño: “En Colombia la moda no solamente es rubia, blanca y delgada, todo lo es. Los colombianos entre nosotros no nos vemos de todos los colores y esa es nuestra fortaleza. Es de ahí donde podemos construir”

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