Más que un bolso carísimo : Este es el nuevo significado del lujo hoy en día

Abraham de Amézaga nos habla del nuevo significado del lujo.

Cuando se habla de lujo, se piensa en muchas imágenes estereotípicas: un objeto de deseo al que solo acceden unos pocos. Una firma con un aura de leyenda, una imagen idílica, un mundo lejos del alcance de muchos consumidores. Pero en pleno siglo XXI – y ya lo decía Giles Lipovetsky- este concepto es más que eso. Es una experiencia y también un concepto que encierra múltiples significados. Sobre todo, el de ir en contra de un consumo desenfrenado y efímero, irónicamente, que no para.

Y esto es lo que defiende el escritor, periodista y conferencista internacional, ex corresponsal durante una década de ediciones México y Latinoamérica de la revista Vogue, Abraham de Amézaga, quien defiende otro modo de expresar el lifestyle con sus conferencias llamadas “Vivir con calidad y consciencia”. Él habló con METRO sobre el significado actual del lujo.

¿Qué es la calidad? ¿De qué se trata este concepto y cómo se aplica?

Un producto bien hecho, así como un servicio impecable, que va a procurarnos satisfacción como consumidores; una experiencia positiva que nuestra memoria va a retener por mucho tiempo, y que nunca pasa de moda. En el caso de los objetos, para que estos sean de calidad, tienen que cumplir una serie de requisitos, empezando por los materiales con los que están hechos, que han de ser de primera, para que nos acompañen durante mucho tiempo. Tras haber trabajado en el universo llamado de lujo, desde una posición más de observador, descubridor y narrador por medio de mis reportajes, en mi etapa en Vogue, llegué a la conclusión de que hemos de hacer de nuestra existencia una vida de calidad, en la que demos importancia a poco pero bien hecho. Una pequeña obra de arte. La de cada uno de nosotros.

Hoy vivimos en una época en la que muchas personas por contexto, tiempo, situación socioeconómica, no tienen tiempo para la calidad. ¿Qué es, a rasgos generales, vivir con calidad?

Rodearnos de poco, pero mejor; de escasos objetos, pero de impecable factura y sobre todo útiles, que hagan al mismo tiempo nuestra existencia más agradable. En el caso de las prendas y complementos que figuren en nuestro armario, que nos sienten bien, realizadas en materiales principalmente naturales, como la lana, el algodón o la seda; no necesariamente de grandes nombres de la moda. Y por supuesto que reine la calidad en el aspecto humano, tener verdaderos amigos, más vale pocos, pero auténticos. En efecto, se necesita dedicar tiempo, e invertir algo de dinero en lo que compremos. No se asusten, no se trata de ser rico. Es una inversión en nosotros, con lo que hemos de sacar el tiempo de donde haga falta, porque solo vivimos una vez y en un cuerpo, por lo que vivamos como nos merecemos, con plenitud. No se llega a una vida de calidad en un mes, ni en un año; es un aprendizaje continuo. Yo mismo, que trabajo el tema, con mis conferencias “Vivir con calidad y consciencia”, soy el primero que cada día aprende una cosa nueva, y que se la intenta aplicar, para luego compartirla.

¿Cuáles son las pautas principales para vivir mejor, según esta postura?

La primera es la conciencia cotidiana, si entre nuestras principales prioridades se encuentra esa, el de una vida donde reine la calidad tangible e intangible, pero la calidad. Y, luego, lógicamente, dedicar tiempo a encontrar esa calidad, cambiando hábitos adquiridos a lo largo de los años. No le negaré que la represión estará muy presente en un primer momento en nosotros, porque las tentaciones están a la vuelta de la esquina. Y es que el sistema capitalista, contra el que no pretendo emprender guerra alguna, nos incita desde cada rincón al consumo. Y cuanto más, aunque sea de peor calidad, mejor para él, y peor para nosotros y nuestro ecosistema. Que no nos consuma el consumo. Es mucho más fácil hallar objetos de mala calidad, que de buena. Porque al mencionado sistema no le interesa que compremos cosas que nos duren, y sobre todo que tengamos un espíritu crítico.

En el tema de la moda se habla mucho de la sostenibilidad, pero entendemos que no muchas personas pueden acceder a propuestas que embarcan procesos sostenibles por el tema del costo. De hecho, muchas marcas masivas son bastante aspiraciones y una opción de diseño accesible para ellas. ¿De qué otra manera se puede acceder, en el terreno de la moda, a un consumo más consciente?

Fíjese que de un tiempo a esta parte, son cada vez más las marcas de nicho, las firmas pequeñas, la mayoría encabezadas por gente joven, con una mayor conciencia por la sostenibilidad, que están naciendo y se están desarrollando, porque una parte de la sociedad así lo reclama. En muchos casos la producción es local o nacional, nada llegado de China, o peor aún de Vietnam o Bangladesh. Los precios son algo más elevados que los de esas grandes cadenas fast fashion que todos conocemos. Y ahí es cuando apelo a la conciencia de cada uno, y a ese comprar menos pero mejor. ¿No prefieres tener una prenda en la que inviertas más, pero que te dure más tiempo, esté mejor hecha, en tu ciudad, región o país; que dos o tres fabricadas por mano de obra barata, y en muchos casos fruto de la explotación? También está el second hand, plataformas on line que nos ayudan a conseguir prendas usadas y a darles nuevo uso. Lo más sostenible es comprarte unos pantalones que te duren veinte años. Yo puedo presumir de ello.

Otra cosa que vemos es el afán del consumo instagrameable, que es como se manejan muchísimas marcas de lujo hoy. ¿Cree que este modo de vender moda en algún momento evolucionará, se transformará? Me refiero al boom, sobre todo, que han tenido artículos como los trainers de Balenciaga o la colección de Moschino y H&M.

Las redes sociales, y sobre todo Instagram, crean el deseo e incitan al consumo, habiendo desbancado hoy en cuanto a peso a los comerciales. Los jóvenes más que en la calidad se fijan en el nombre, en la marca. Ese es un mal que ha acechado a todas las juventudes de todos los tiempos. Cadenas de fast fashion como la mencionada H&M han dado con una fórmula que es producir ediciones periódicas creadas en colaboración con grandes nombres de la moda; propuestas asequibles fabricadas en China, la mayoría, y en tejidos nada extraordinarios, pero, sí, que crean expectación cada vez que se lanzan. Es además, una puerta de entrada, aunque low, en el universo de las grandes firmas, porque esa joven que se compra una camiseta Moschino by H&M, por ejemplo, es una clienta potencial para la firma italiana… Y, así, sucesivamente. Lo mismo ocurre con los perfumes o el maquillaje de las casas, por ejemplo, francesas. Se empieza por el rojo de labios, luego por la fragancia… y se acaba en los zapatos o el bolso de lar marca en cuestión.

¿Existe “buen” y “mal” gusto teniendo en cuenta que la moda es bastante relativa?
Es muy subjetivo eso del buen y del mal gusto. Si uno le pregunta a una señora de 75 años qué le parecen los looks que se ven en las pasarelas, dirá por lo general que un horror, que ya no hay gusto. Luego, si la pregunta se la hacemos a un joven de 20, nos responderá que hay creatividad, menos encorsetamiento que en el pasado, con una moda más atrevida, más agresiva. Una cosa son las pasarelas y otra bien distinta la calle, donde se da una clara contradicción, porque como una vez me confesaba el escultor Fernando Botero, hablando de París, en las calles reina el negro, el gris… Para mí, buen gusto es armonía, propuestas sencillas, atemporales, que te sientan bien; el menos es más… y sobre todo ¡de calidad!

¿Cómo se puede trasladar este concepto de calidad, bienestar y una vida slow a otros terrenos, como el de la belleza, donde predomina (al menos en Instagram)? ¿o a la comida?

Con una mente abierta y consciente, como he mencionado, no dejándonos influir por lo que lleva una celebrity o vemos en la pantalla de nuestro celular. Priorizando el menos pero mejor. Apostar por productos cuyo origen sea más transparente, componentes más naturales, en el caso de los cosméticos, y una producción más local, más sana, en la comida. No olvidemos que, como dijo el antropólogo Feuerbach, somos lo que comemos, y para ello es básico que sepamos de dónde viene eso que comemos. Mejor unos huevos de corral y una lechuga de una huerta, que un bistec que recorrió cientos de kilómetros hasta llegar a nuestro plato en el interior de un plástico que acabará en el mar, contaminándolo.

¿Qué es para usted el lujo? ¿En qué se ha convertido el lujo actualmente, para usted?
Soy de la opinión de Tom Ford de que, hoy en día, los grandes lujos son el tiempo y el silencio. En el terreno de la moda, muchos de los nombres llamados de lujo no son ni la sombra de lo que fueron: deslocalizaron gran parte de su producción, llevan tiempo mirándose en el espejo de las cadenas fast fashion, subieron precios mientras bajaban calidades… Se trata de vender, y cuanto más mejor. ¿Dónde está entonces la exclusividad? Eso no es lujo. Lujo es material de primera calidad, mano de obra artesana, pequeñas ediciones… Y hecho sobre todo a la medida.

-¿Cuáles cree usted que son los males contemporáneos más comunes si hablamos de estilo de vida?

Vamos demasiado deprisa, para no llegar a ninguna parte, o a casi todas pero mal. Alcémonos ante esa saturación de fast food, fast fashion…. fast life. Reina una falta de personalidad, un seguir modas absurdas, impuestas por las multinacionales, a las que les importa un rábano que vivamos mejor. Lo que estas quieren es que continuemos consumiendo de manera ciega, sin pensar, sin ese pararnos y reflexionar. ¿Pero en realidad necesito esto? Tomemos más nota de culturas como la japonesa, y menos de la estadounidense. En muchas ocasiones hablamos de la globalización, pero como me decía el artista argentino César Paternosto, “vivimos una americanización de los USA en el mundo”.

vTE RECOMENDAMOS EN VIDEO