No, golpear a tus hijos no será la diferencia para educarlos bien

Los golpes no son la respuesta.

Sé que ustedes también lo han visto: ese meme, tan popular en Facebook, que busca reivindicar el uso del cinturón como método disciplinario. “Dicen que gracias a este artefacto muchos de nosotros no somos delincuentes”, reza la imagen. Y, si se sienten lo suficientemente valientes como para ver los comentarios, notarán que la gran mayoría defiende el uso de la violencia física hacia los niños.

Y no, no se trata de ese momento de frustración en el que mamá o papá le da un manazo al niño que hace berrinche en un pasillo del súper, y por el que seguramente se arrepiente después. Me refiero a la defensa de las nalgadas, las chanclas voladoras (por más gracioso que suene) o los cinturonazos para reprender a los niños sistemáticamente, hasta que tienen edad suficiente para decir NO MÁS.

De acuerdo con Unicef, las consecuencias de la violencia física y emocional hacia los niños ocurren de forma inmediata, pero también son arrastradas hacia la adolescencia y la vida adulta. Puede que pierdan la confianza en otros seres humanos (aspecto indispensable en el desarrollo) y ver afectada la capacidad de sentir empatía y amor hacia otras personas. En mayores niveles, la violencia puede truncar el potencial de desarrollo personal y los logros personales, lo cual afecta a los individuos y a la sociedad en la que viven.

A pesar de que existen innumerables estudios que revelan los efectos nocivos de la violencia como forma de educación (y no sólo de los golpes, sino de gritos y descalificaciones también), aún hay adultos que agradecen haber sido golpeados de niños, y que defienden su derecho a hacer lo mismo con sus hijos. “A mí me pegaban de niño y gracias a eso soy una persona de bien”, dicen algunos. “Antes era normal pegarle a los hijos y no había tanta delincuencia" , dicen otros.

La verdad es que, si las personas que fueron golpeadas durante la infancia resultaron ser personas buenas y exitosas, fue a pesar de la violencia. No gracias a ella.

Para saber si, como padres, deberíamos recurrir a las nalgadas (o a cualquier otra forma de violencia física) para dar una lección a los niños, basta con hacernos una pregunta:

¿Tu hijo es suficientemente mayor para entender con palabras? Si la respuesta es SÍ, habla con él. No le pegues.

¿Tu hijo no entiende con palabras? Entonces mucho menos entenderá por qué le pegas. No lo hagas.

Basta de defender la violencia hacia los niños. Por más leve que sea. Somos sus padres los responsables de enseñarles formas de comunicación sanas, no de perpetuar el uso de los golpes como método para resolver conflictos. “Ahora todo es violencia, ya no se les puede decir nada”, dicen. Error: siempre ha sido violencia, la diferencia es que ahora alzamos la voz y la condenamos más que antes. Los niños no pueden organizar marchas ni firmar peticiones de change.org para ponerle fin al miedo que sienten cuando tiran la sopa por accidente y saben que se avecina un golpe del que no se pueden defender. Pero nosotros sí. Y como adulta, digo basta. Por la niña que fui un día, por mis hijos y por los niños del futuro.

Si quieres más información sobre crianza, visita el sitio Naran Xadul.

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