Duérmete niño

Por suerte no existe una Dirección General de Maternidad en la ONU.

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(cc) Flickr.com/marc.ms

Ser madre es como entrar a un club o un círculo mafioso. No te das cuenta, y ya está discutiendo con otras madres de cómo ser buena madre, acusando a la otra de negligente (o cosas peores), queriendo ajusticiar a tu vecina mientras te ofrece pastelitos. Por suerte no existe una Dirección General de Maternidad en la ONU.

Todas las mamás tienes sus teorías; algunas aprendidas por libro, tradición oral (uf, llámese la propia madre o suegra dando lecciones a la hora del almuerzo), otras por la práctica.

Con dos hijos en el cuerpo, y dos experiencias completamente distintas, me declaro del bando anti- teórico. Creo que la crianza, llámese esa larga secuencia que va del 0 al 4 o 5 año, donde, entre otras cosas, debes darle una rutina a tu hijo- no es una fórmula aplicable por igual a todos los niños. En otras palabras, lo que a mí me funciona con mi hijo no necesariamente te va a servir a ti, y por lo tanto ni, yo ni tú tenemos la última palabra, y nadie debe sentirse mejor por hacer las cosas bien ni culpable por no hacer las cosas bien, porque simplemente no hay una sola manera de hacer las cosas. ¿Me explico?

A esos libros de autoayuda que creen tener “LA” fórmula para ser una mamá exitosa, yo les digo que todos los animales en algún momento del día van querer dormir, comer y hacer sus necesidades, y es presuntuoso convertir la ley natural de la vida en un manual de conducta. A esas amigas, primas, compañeras de trabajo winner que quieren darte lecciones de cómo ser mamá y no morir en el intento, yo les pataleo que los niños no son mamíferos de laboratorio, domesticables según un puñado de tips.

Ser supermamá no es aplicar leyes universales y lograr que tu hijo mastique broccolis crudos, sepa nombrar 60 palabras antes de los 3 años, o se acueste a las 8 sin llorar. Ser una mamá a secas, sin superlativos, es interpretar la misteriosa alma de tu hijo, y de acuerdo a su ritmo y necesidades, inventar tu propia constitución. Un ejemplo: se supone que a partir del 6 mes, cualquier bebé debería dormir solo en su cuna, durante toda la noche. Eso es al menos lo que dice, Duérmete niño, ese sobrevalorado “manual del sueño infantil” que circula más de lo debido entre los padres, suerte de Biblia pedagógica que nadie se atreve a poner en duda. Resumiéndolo en tres líneas, Duérmete niño dice que dejando llorar a tu bebé un par de noches, lo adiestras para que aquello no vuelva a suceder al día siguiente y así, hasta que el pobre se rinde y asume que debe aprender a conciliar el sueño solo. Agrega que el éxito de la misión depende de tu propia perseverancia y fortaleza para aguantar los quejidos al otro lado de la puerta. Perdón mi inglés, pero es bullshit.

Mi hijo mayor AJ nunca pudo dormir solo en su linda cuna de madera Ikea, aunque le cantara mil canciones de cuna o le diera un baño de lavanda. Lloraba como un condenado cuando le dejaba detrás de los barrotes. Lloraba tanto que tenía la impresión de que podía vomitar su propia garganta. Una vez me puse audífonos y aún así, podía escuchar cómo se ahogaba de tanto llorar. Soy de quienes no puede ver un gato maullar de hambre sin sentir que mi misión es conseguir una caja de leche, y bueno, como podrán adivinar, a los 10 minutos de aullidos de AJ, terminaba tomándolo en mis brazos y acostándolo conmigo. Hasta ayer AJ –que ya tiene 3 años y algo- dormía conmigo en la cama. Dicho de otro modo, nunca pude sacarlo de mi cama. ¡Oh! ¡Qué horror! ¡Pobre de ti!, escuché muchas veces.

Esa Biblia satánica llamada Duérmete niño, me decía que aún estaba a tiempo de no ser esclava, que debía encerrarlo en su habitación y bloquear la salida y cosas por el estilo. Y sobre todo, me advertía que no podía caer en el mismo error con mi otro hijo. Pues bien, nada de eso fue necesario. A.J “naturalmente’ dejó de dormir conmigo y “N.A” de 10 meses, siempre se ha quedado dormido solo, en su cuna, sin que tuviera que aplicarle ninguna de esas fórmulas milagrosas (nazis para mi gusto) que el librito se vanagloria de tener.

Con esto no quiero decir que nunca me cuestioné a mí misma. Muchas veces me sentí culpable cuando veía a AJ compartiendo mi almohada. Pero hablando con otras mamás me di cuenta que no era la única que estaba en concubinato con su crío, y debíamos extirpar nuestra “flaqueza”, asumiendo que teníamos hijos con un sueño (un duende interno quizás) más sensible o voluble, lo aprobara o no el Manual de Pedagogía. Una vez, hablando con un doctor antroposofico éste me comentó que lo natural era justamente lo que otros me querían vender de antinatural: “anda al zoológico”, me dijo, y “fíjate como las leonas acurrucan a sus cachorros hasta que bueno… ellos parten solos y se independizan. Algunos críos se quedan más, otros menos, depende de cada cual”.

Tal vez deberíamos dejar de frecuentar esos clubes de madres e ir más seguido al zoológico.