Mamá que trabaja: peripecias con las nanas

Para una mujer con hijos y trabajo, la elección de nana es una experiencia crucial.

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(cc) Freephoto.com

En distintos países les llaman de distinta manera. En Chile les decimos “nanas”, en argentina entiendo que son mucamas. Las peruanas le llaman “trabajar de natacha” y gente muy siútica les llama “maid”. Todos esos apelativos tienen una variante políticamente correcta como “asesora del hogar” o “empleada doméstica” pero yo siempre les he dicho “nana” y no veo en ese término nada ofensivo sino, por el contrario, me recuerda que la relación con una nana, sobre todo si es puertas adentro, es mucho más profunda que la relación empleador-empleado, una especie de vínculo familiar que se fortalece con los años.

Antiguamente el concepto de “servidumbre” tenía un tono feudal y era parecido a la esclavitud. Hoy en día las cosas son distintas y se entiende como un servicio, un trabajo tan digno y complejo como cualquier otro. Por lo mismo, quiero dejar en claro que les contaré mi historia sin ninguna postura clasista/patronal sino simplemente práctica. Los aspectos prácticos y las complicaciones de las nanas puertas adentro.

Soy mamá y he trabajado desde muy joven. Como mujer debí esforzarme el doble para destacarme en mi trabajo y muchas veces llegaba a mi casa después de las 8. Veía a mis hijos durante la comida y luego los acompañaba antes de acostarlos. El resto del tiempo, aunque suene crudo, mis hijos se criaron con las distintas nanas que hubo en la casa, y como nunca tuve la posibilidad de elegir no trabajar, tuve en cambio que elegir siempre las nanas con pinzas porque eran madres sustitutas durante el horario diurno en días laborales.

Me imagino que muchas lectoras están en mi situación. Hoy mis hijos ya son grandes y casi todos han dejado el nido, pero si me lee alguna chiquilla que esté empezando en esto, tal vez mi historia les ayude a entender cómo viene la mano, y las haga sentir menos solas en el desafío que implica dejar tus hijos al cuidado de otra persona de la que no sabes prácticamente nada salvo por recomendaciones y por tu primera impresión.

La Patty, linda experiencia

Eran los años 80 cuando formamos un hogar con mi segundo esposo. Su hijo y mis dos hijos, provenientes de nuestros anteriores matrimonios. Arrendamos un departamento y lo primero que hice fue ir a una agencia de servicio doméstico para “irme a la segura”. Contraté a una chica sureña, de Galvarino. Se llamaba Patty y tenía una expresión dulcísima en sus cachetes regordetes y sonrosados.

Mi hija tenía 2 años y mi hijo 7 y se llevaron bien de inmediato con la Patty. Ella era mamá soltera y su hijita vivía con los abuelos en Galvarino. Supongo que parte de la angustia de tener a su hija lejos la compensaba tratando con cariño a mis hijos. Tenía su personalidad y no dudaba en retarlos según se quejaba mi hijo, pero se notaba que los quería y ellos la querían de vuelta. Era tímida y callada al principio. Cocinaba rico, tenía la casa limpia y era muy responsable. Era una persona linda de corazón simple y puro. Tan crédula que hasta mis niños le hacían bromas. Una vez mi hijo pisó caca de perro y entró diciendo: “Me casé con la hija del rey” (es una expresión típica en mi familia). La Patty le preguntó con los ojos como plato si era verdad que se había casado con una princesa. Jajaja, todavía me da risa. Un poco de risa y un poco de pena, porque la ingenuidad de Patricia la hizo sufrir. Después de cuatro años con nosotros empezó a pololear y finalmente el pololo la convenció de casarse y dejar el trabajo. Yo creo que a ella la hacía feliz trabajar y no le hizo bien.

Tuve mucha suerte de que la primera nana que contraté haya sido la Patty. Fueron cuatro años en los cuales yo trabajaba tranquila y sabía que mis hijos estaban bien, pero todo eso cambió. Cuando ella se fue empezó un largo peregrinar por estas agencias de servicio doméstico, en las cuales yo confiaba (y pagaba una comisión) porque en teoría te hacen una preselección, un filtro. Parece que ese filtro no sirve de mucho.