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El campo mexicano sufre por el jarabe de maíz de alta fructosa

La industria alimenticia mexicana ponen en jaque a los productores de caña de azúcar.

Quienes ingerimos alimentos procesados no somos los únicos afectados por el uso de jarabe de maíz de alta fructosa. Está sustancia, empleada por la industria alimenticia para abaratar los costos, también está dejando sin trabajo a los campesinos cañeros, quienes ven cómo la caña de azúcar queda relegada como ingrediente.

El jarabe de maíz de alta fructosa está presente en muchísimos alimentos: no sólo en refrescos y galletas dulces, sino también en barras nutritivas y en el pan integral. El problema es que este componente sólo es bueno para los bolsillos de los fabricantes, porque para los consumidores, es una auténtica bomba.

De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad de Princeton, el consumo del jarabe de maíz de alta fructosa está relacionado con la actual epidemia de obesidad. Se comprueba que aumenta la grasa corporal, también el colesterol y los triglicéridos — indicadores que incrementan las posibilidades de infarto, especialmente en mujeres —.

La razón por la que la industria desestima estos riesgos es el precio. El jarabe de maíz de alta fructuosa se importa de Estados Unidos -aunque en ese país está prohibido en muchos alimentos- lo que es un impacto fuerte para los productores de caña de azúcar. Se estima que en México, los ingenios azucareros han perdido 30% de rentabilidad por esta práctica.

Las refresqueras juegan un papel muy importante es este esquema. Los productores de caña sólo representan 30% de los endulzantes utilizados, mientras que el jarabe de maíz de alta fructosa acapara 70% del mercado. Si bien el impacto que tiene la caña de azúcar en el organismo también puede ser dañino, el jarabe de alta fructosa es mucho más perjudicial para el ser humano. Una bebida endulzada con esta sustancia tiene 30% más de fructosa que si se empleara caña.

Al final, esto no sólo tiene implicaciones para la salud, sino para el campo mexicano. No basta con comprometer el bienestar físico de miles de personas con productos saturados de un componente dañino; en el proceso, también se lastima la productividad del campo y el modo de vida de los campesinos dedicados a la producción de caña. El costo no es sólo para nuestra salud: también para nuestra capacidad de cultivo en el futuro.

Fuente: El Poder del Consumidor

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