La legalización de la marihuana, el debate pendiente en México

El tema es complejo. Hablamos de un país que ha sufrido por la guerra contra el narcotráfico, en el que la violencia ha desaparecido de los medios de comunicación pero no de las calles y los pueblos.

El proyecto de legalización de la marihuana en Uruguay por parte del presidente José Mujica encendió por unas semanas la discusión sobre este tema en México. Sin embargo, así como entró intempestivamente el tópico, se extinguió. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón por la que México está tan renuente a una discusión profunda?

Para quienes vivimos en este país, se trata indudablemente de un tema muy sensible. La administración del presidente Felipe Calderón encabezó una guerra contra los cárteles de la droga que produjo inestabilidad social en varias ciudades (Ciudad Juárez, Monterrey, Reynosa, Veracruz, Michoacán y Acapulco, por mencionar sólo un puñado) y se convirtió en una masacre que dejó a millones de muertos como “daños colaterales” (Calderón dixit) del enfrentamiento.

Calificado como “el sexenio de la muerte”, el periodo de Calderón en la silla presidencial se distinguió por su férrea política en contra del consumo, venta y distribución de la droga. Sin embargo, mientras la guerra continuaba cobrando víctimas, cientos de voces se alzaron para considerar a la legalización como una alternativa. La más prominente, sin duda, la del ex presidente Vicente Fox, quien desde 2009 reconoció a la despenalización como una posibilidad no sólo para México, sino para América Latina.

Sin embargo, Vicente Fox –uno de los presidentes más criticados en México- no es precisamente el portavoz más carismático para generar un debate real sobre la legalización. En el terreno político, la izquierda no se ha posicionado completamente a favor de la legalización, relegándola a un tema secundario o, en el mejor de los casos, sujeto a la consulta popular.

La legalización de la marihuana es un tema que, como tantos en México, polariza a la sociedad. Una encuesta del Gabinete de Comunicación Estratégica, hecha a mil ciudadanos en todo el país, muestra que 49.6% de la población rechaza la legalización; en tanto que 53.1% está en contra del consumo recreativo. La opinión más dividida se encuentra en su impacto en la violencia en el país, pues 34% cree que aumentaría con la medida y 32% que disminuiría.

A pesar del entorno que se vive en México, el tema de la legalización de la marihuana se mantiene como uno de los grandes tabúes políticos. Mientras en Estados Unidos, algunos estados han logrado que se despenalice su producción y uso medicinal y recreacional, los mexicanos nos mantenemos aún indecisos, debido a que la drogadicción ha sido percibida en los últimos años más como un acto criminal que como un asunto de la salud pública –como podrían ser el alcoholismo o el tabaquismo-.

 

Legalizar, ¿sí o no? Tres razones plausibles

1. Combate al narcotráfico

El principal argumento a favor de la legalización es que golpearía directamente a las finanzas del narcotráfico. Se estima, por ejemplo, que una eventual legalización en Estados Unidos podría minar hasta 30% de los ingresos de los cárteles mexicanos. Sin embargo, otros estudios desestiman esta proyección. Por ejemplo, el Centro RAND estima que, de inicio, la violencia aumentaría por la reconfiguración de las rutas de distribución y que, en el mediano plazo, los cárteles recurrirían a aumentar otras actividades delictivas –como el tráfico de personas- para compensar las pérdidas económicas.

2. Impulsa el agro

Otro argumento que se ha esgrimido es el impacto positivo que traería la legislación en el campo mexicano. El ex presidente Fox ha dicho que la industrialización de la marihuana convertiría a México en un país productor con capacidad de exportación a otras naciones que ya han despenalizado el consumo. Es más, Fox declaró que, de lograrse la legalización, él mismo se convertiría en productor.

3. Destaca como destino turístico de interés

Por último, está el argumento del turismo. A raíz de la legalización del uso recreativo de la marihuana en Seattle, dicha ciudad está atrayendo a turistas e inversionistas. Washington podría beneficiarse, según los cálculos, con hasta 180 millones de dólares en ingresos fiscales anuales por las ventas minoristas de marihuana. Hasta ahora, la ciudad mexicana que ha puesto esta discusión sobre la mesa es el Distrito Federal, donde se ha propuesta la legalización para crear centros de consumo, como ocurre en algunas ciudades de los Países Bajos.

La capital mexicana tiene la palabra

El único punto de México donde se ha amagado con un debate serio es el Distrito Federal. La capital mexicana tiene un historial progresista, con un gobierno de izquierda desde la década de los noventa. Fue en la gestión pasada, encabezada por Marcelo Ebrard –hoy en día, presidente de la Red Global de Ciudades Seguras de la ONU- la que distinguió al DF como la ciudad más abierta a temas sensibles como la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario o la adopción por parte de padres del mismo sexo.

Precisamente por esa naturaleza, el Distrito Federal ha sido quien ha alzado la mano sobre la legalización de la marihuana. Como mencioné líneas arriba, el asambleísta Eduardo Santillán ha propuesta la creación de espacios de consumo, bajo el argumento de que eso no haría que la ciudad se convirtiera en productora de cannabis. El actual jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera, ha dado su visto bueno para que inicie la discusión legislativa.

Sin embargo, la visión del gobierno federal es contraria a la legislación. La Secretaría de Salud ha declarado que la despenalización de la marihuana sería anticonstitucional, mientras que el presidente Enrique Peña ha señalado que la legislación no es la ruta correcta para combatir al narcotráfico. En el mismo Distrito Federal, los asambleístas del Partido Acción Nacional (el ala conservadora del país) se declaran en contra de la marihuana.

Aunque hay un interés de algunos sectores por debatir el tema, la realidad es que la legalización ha sido calificada como algo poco prioritario para el país. Actualmente, México está sumergido en las discusiones sobre la Reforma Energética, la Reforma Educativa y la Reforma Fiscal, por lo que la salida fácil es considerar como poco importante la discusión sobre la marihuana. Sólo una entidad aparte del DF (Morelos) se ha interesado por debatir la legalización.

El debate impostergable

Miguel Torruco, secretario de Turismo de la capital mexicana, indicó que el país no está preparado para la despenalización de la marihuana. Sus palabras han hecho eco en muchos sectores de la sociedad, quienes ven con pesimismo una medida más permisiva en la producción, consumo y comercialización. Empero, el cuestionamiento es válido: ¿está la sociedad mexicana preparada para este cambio?

Lo cierto es que es debate se torna impostergable. El tema ha atraído a la OEA y a la ONU discutir la legalización de la marihuana en México desde diferentes aristas, como si la despenalización “banaliza” el consumo o si la medida incidirá en el poder económico de los cárteles. El Distrito Federal es el campo de pruebas en el que los diferentes actores sociales chocarán sus posturas y, seguramente, será la arena donde se sentará el precedente nacional.

Mientras los ojos del mundo se dirigen al experimento uruguayo, países como México y otras naciones de América Latina necesitan reflexionar su postura. El mundo se cuestiona el paradigma actual respecto a las drogas (en especial, el cannabis) y algunas naciones comienzan a romper con el esquema tradicional, aún con la enemistad de organismos internacionales. Incluso Estados Unidos, referente de la lucha anti-narco dentro y fuera de sus fronteras, tiene en Washington y Colorado dos espacios de prueba.

Está claro que no se puede medir la realidad mexicana con la misma vara. Hablamos de un país que ha sufrido por la guerra contra el narcotráfico, en el que la violencia ha desaparecido de los medios de comunicación pero no de las calles y los pueblos.

Hablamos de una nación cuya campaña anti-drogas pasó primero por las armas y no por las aulas; de una población que teme que la solución sea más cruenta que el problema. Pero el peor camino es no discutir la alternativa, la posibilidad. Si estamos preparados o no, la forma de averiguarlos es hablándolo, sin tabúes, sin prejuicios y abiertos a las pruebas; y eso es algo que la sociedad civil (y no sólo el gobierno) tiene en sus manos.