MX: El alquimista mexicano que transmuta lluvia ácida en agua pura

La lluvia ácida que cae en el Distrito Federal, una de las urbes más contaminadas del mundo, es transmutada en un agua pura cargada de “amor, gratitud y respeto”, gracias a una alquimia que, en plena urbe cosmopolita, armoniza naturaleza, ciencia, misticismo y rentabilidad.

El agua como conductor universal de la energía es el principio bajo el cual se funda la pequeña pero acogedora Casa del Agua, un proyecto cien por ciento mexicano que busca llevar el vital líquido del cielo a la mesa a través de un sofisticado proceso de purificación y armonización.

Bosco Quinzaños, un joven financiero, explica que buscaba un negocio que, además de rentable, ofreciera un plus. “Algo que fuera parte de una renovación, de enviar mensajes positivos”.

Quinzaños haace poco más de un año reunió a otros ocho socios mexicanos con especialidades tan diversas como arquitectura, marketing y ciencia para montar su proyecto, que asegura no tiene competencia en el país y conoce una creciente clientela.

En busca del agua filosofal

“¡Vengan a conocer nuestra fábrica!”, dice el encargado, Juan Manuel Márquez, a los transeúntes visiblemente intrigados por este pintoresco laboratorio ubicado en un barrio chic de Ciudad de México, donde los altos índices de contaminación del aire hacen que la lluvia sea más ácida de lo normal.

Un jardín en el techo del edificio capta el agua proveniente de las nubes que luego es almacenada en dos contenedores. “En una hora de lluvia captamos cinco mil litros de agua”, dice Márquez entre árboles frutales llenos de abejas y mariposas.

Cuando no llueve se riegan las plantas del jardín con agua del grifo para que “la tierra detenga algunas de las partículas suspendidas” que contiene, añade el sonriente encargado, que asegura que el 80 por ciento del líquido que procesa proviene de la lluvia.

Además de ser un “filtro gigante”, este jardín es visitado a diario por personas que viven o trabajan en la zona. Una mujer lee bajo un parasol, mientras un oficinista come su almuerzo entre matas de lavanda y romero.

El agua captada es propulsada por una máquina hacia una serie de filtros: uno que detiene las basuras, y otro de carbón activado que extrae las partículas más pequeñas y elimina los olores y sabores.

El caudal sigue su curso por un sistema de tuberías para alcanzar dos grandes destiladoras que calientan el agua hasta convertirla en vapor, y luego la condensan para regresarla al estado líquido. La vital sustancia sale de ahí totalmente purificada pero incompleta, pues ha perdido sus minerales.

Entonces, es oxigenada al deslizarse por un tobogán en espiral; ionizada al entrar en contacto con imanes cargados positiva y negativamente, y mineralizada al pasar por un recipiente con piedras de río, algunas de las cuales contienen plata pura para garantizar el adecuado nivel alcalino.

El agua “absorbe” mensajes positivos

En las piedras de río por las que pasa el vital líquido están talladas las palabras “amor”, “respeto” y “gratitud”. Según Márquez, “el agua absorbe estos mensajes” antes de pasar a unas esferas de cristal cerca de las cuales se toca constantemente música clásica, otro medio “armonizador”.

En los 1990, el autor japonés Masaru Emoto creó controversia cuando aseguró que al exponer el agua a un entorno, sonidos, palabras o pensamientos positivos, se obtienen cristales de hielo hermosos y simétricos, mientas que si el líquido es “maltratado” con ruido o pensamientos negativos, los cristales son deformes.

Aunque la comunidad científica rechaza esto, Masaru Emoto ha vendido millones de copias de varios libros, entre ellos “Water Knows the Answer” (El agua sabe la respuesta, 2001), en los que muestra fotos de los microscópicos cristales y explica su teoría sobre cómo “armonizar” el agua.

“Para nosotros, el agua está viva”, se impregna de la energía que la rodea, y luego la transmite a quien la bebe, dice un Márquez convencido, mientras de fondo se escucha “Para Elisa” de Beethoven.

Agua feliz, un raro y costoso lujo

“Pues así como lo plantean sí tiene lógica pero también hay que pensar que todo está acá”, dice señalando su cabeza Sonia Hernández, una ama de casa que visita el lugar. “Uno tiene que creer” para que funcione, opina.

Detrás del aparador circular que exhibe los productos de la casa, cuatro empleados con guantes y tapabocas esterilizan sofisticadas botellas de vidrio decoradas con elegantes dibujos, que luego llenan con el agua purificada y armonizada que sale de gigantescas pipetas.

Cada día se producen unas 300 botellas de 600 mililitros, que son vendidas a 40 pesos en un país donde el salario mínimo es de unos 60 pesos por jornada. El 75 por ciento del valor del producto corresponde a la botella, que es retornable.

“En Casa del Agua no hacemos cantidades industriales, hacemos poca, artesanal”, dice Márquez, quien asegura que ha analizado el agua de otras marcas en las que encontró igual o más cantidad de partículas suspendidas que en la proveniente del grifo.

Con información de AFP.