29 años de Casa de la Paz: Lugar privilegiado para testimoniar el cambio de era

Las voces precursoras de antaño, como Lola Hoffmann, Maxfred Max Neef y Francisco Varela, nos alertaban sobre los riesgos de la deriva que tomaba la humanidad.

Casa de la Paz cumplió 29 años y hoy, después de tanto tiempo se ha convertido en un lugar privilegiado para observar -y esforzarse por incidir- en los profundos cambios que la humanidad ha experimentado a partir del fin de la Guerra Fría.

La destrucción del Muro de Berlín abrió un mundo de posibilidades, a la vez que develó la existencia  de otros muros interiores que resultaron ser más difíciles de derribar: los prejuicios étnicos, espirituales y de opciones sexuales; la brecha entre pobres y ricos; la necesidad de relacionarse con el entorno desde la finitud, entre tantos otros.

Así fue como tras el ambiente de optimismo planetario de principios de los ‘90 (por fin los recursos disponibles se podrían destinar a resolver los reales problemas de la humanidad, se decía en esa época),  las guerras ideológicas fueron rápidamente reemplazadas por luchas religiosas, tribales, de sistemas de gobierno o por recursos naturales.

Las voces precursoras de antaño, como Lola Hoffmann, Maxfred Max Neef y Francisco Varela, nos alertaban sobre los riesgos de la deriva que tomaba la humanidad.

Hoy no sólo estos fenómenos ya están instalados en el debate nacional e internacional, sino que son también interpretados como barreras para el desarrollo: la mala calidad de la educación de los niños de escasos recursos, las dificultades de las mujeres para ingresar al trabajo remunerado, la falta de espacio laboral que se brinda a los adultos mayores, el deterioro de los ecosistemas, la pérdida de diversidad cultural, entre muchos otros.

Dichas mentes avanzadas no sólo plantearon entonces un certero diagnóstico sobre la problemática que se avecinaba, sino también anunciaron su solución: el liderazgo horizontal y el funcionamiento en redes, aunque la mayoría de nosotros ni imaginaba como se materializaría.

Declararon que ya no sería necesario esperar la venida de un salvador carismático que nos diría lo que debíamos hacer, sino que la única opción posible era la agrupación de los ciudadanos conscientes y su compromiso activo con la acción colaborativa hacia los horizontes compartidos.

Lo que posiblemente ninguno imaginó fue el rol de la tecnología, mirada con desconfianza por la mayoría y señalada como causante del problema más que como parte de la solución. De ahí que la revolución 2.0 nos tomó tan por sorpresa. Nadie pensó que las personas comunes y corrientes podríamos convertirnos tan fácilmente en generadores de contenidos y en protagonistas de la historia.

Así como el Muro de Berlín fue derribado literalmente a martillazos, en la actualidad un solo click es suficiente para que el “ciudadano de a pie” se deshaga de los intermediarios para acceder a los parlamentarios, a las autoridades públicas y privadas, los dirigentes gremiales y con especial énfasis, los medios de comunicación.

Hoy cualquier persona puede iniciar un movimiento, sin moverse de su casa, coordinando acciones con otros, y así construir arquitecturas sociales efímeras que le permitan impulsar una reivindicación pertinente para luego -ojalá tras conseguir lo pactado- desaparecer nuevamente en  el anonimato.

En los 29 años de Casa de la Paz hemos presenciado un momento histórico fascinante de cambio de paradigma social. Los ciudadanos tenemos el poder de cambiar el mundo y lo estamos haciendo con generosidad y altruismo. Internet nos da poder de convertir la comunicación en acción, globalmente, instantáneamente, sin barrenas, sin límites, sin intermediarios. Por ello, los vanos intentos de controlar las redes sociales han sido reprimidos al instante por los mismos usuarios.

A la velocidad de un rayo han circulado mensajes llamando a hacer valer la voz ciudadana ante proyectos legislativos que intentan “ordenar” o vigilar estos procesos sociales. Por ello, es posible afirmar que, de todas las inequidades existentes (la de ingreso, la etárea, la cultural, la étnica, la territorial), tal vez la más definitiva es la brecha digital, el pasaporte para  convertirse en protagonista del mundo que comienza a tomar forma.

Y aunque no entendemos bien a donde irá a parar, me llena de optimismo y agradecimiento, el privilegio de ser testigo y también protagonista.