Siempre caemos en la tentación…

La ciencia se empeña en buscar la forma en que el cerebro se conecta con lo que comemos y cómo nos sentimos al respecto. Todo para seguir investigando sobre la obesidad, enfermedad que afecta a miles de personas en el mundo.

Basta sólo imaginar la comida para que las papilas gustativas hagan su trabajo. Recordé un documental llamado “Y tú, qué sabes”, donde piden que imagines un limón y su jugo, bastando sólo eso para que tu cerebro reaccione tal como si lo vieras. Pero bueno, ese es otro tema.

Sabemos que hay comidas, por ejemplo, que nos transportan a la niñez, sin importar el contexto actual, su sabor hace el viaje perfecto hacia alguna mesa de la infancia. Pero todo eso tiene conexión con la mente y cómo reaccionamos frente a los alimentos. ¿Comemos emocionalmente?

Investigaciones se han abocado a conocer cómo el cerebro reacciona ante las tentaciones y de esta forma buscar claves que puedan hacer frente a la epidemia de la obesidad.

Hipotálamo, el gran controlador

Podría ser que la respuesta de todo esto esté en el hipotálamo. Este último es quien monitorea la reserva de energía disponible en el organismo, siguiendo, incluso, el nivel de grasa almacenada a largo plazo. Y aún más, detecta los niveles de la hormona derivada de la grasa Leptina, además de ser un agente atento sobre los niveles de glucosa en la sangre, junto con otros combustibles metabólicos que son el soporte del cuerpo, y que influyen en la saciedad.

Por ejemplo, cuando usted come algo como un chocolate, el hipotálamo envía señales al cerebro que hacen que sienta menos hambre. Al contrario es cuando se limita el consumo de alimentos, en ese caso este “agente del hambre” envía señales que indican: tenemos hambre de comer algo muy, pero muy calórico.

El hipotálamo también tiene redes para controlar el gusto, la memoria, la emoción, la decisión y la gratificación. O sea, tiene todo el control del cuerpo y, claramente, de lo que ingerimos a diario. Todas estas áreas o regiones cerebrales forman una red que fue diseñada para controlar el impulso por la comida.

Estos datos surgen de una publicación traducida desde el New York Times por la revista Enie de Clarin, y en ella se expone cómo el equipo de investigación del informativo norteamericano llevó a cabo un estudio para resolver de qué forma actúa el cerebro ante el consumo de dos tipos de azúcares, en este caso, la glucosa y la fructosa. Tal investigación se realizó gracias a las técnicas de imágenes cerebrales en las que se puede observar las respuestas de este órgano a algunos estímulos.

  • Glucosa: es una fuente de energía fundamental para el cuerpo, en especial para el organismo. El hipotálamo, a través de células nerviosas sensibles a la glucosa, detecta los cambios, aunque sean mínimos de su presencia en la sangre. Nuestro agente es muy sensible a su presencia, ya que el cerebro requiere constantemente de glucosa para funcionar.
  • Fructosa: según la publicación, se trata de un pariente cercano de la glucosa, quien posee el mismo número de calorías pero es mucho más dulce que su compañera. Muy poco de ella llega al cerebro, ya que gran parte de la ingesta es eliminada de la sangre por el hígado.

Ante esto, la prueba en cerebros humanos dio el siguiente resultado.

Las mayores sensaciones de plenitud se dieron al consumir una bebida con glucosa, por esto el flujo y la actividad de la sangre en la áreas cerebrales que controlan el apetito, gratificación y emoción, disminuyeron. Lo contrario ocurrió con la fructosa, ya que quienes consumieron no se sintieron satisfechos y las regiones del cerebro antes mencionadas seguían activas y en espera de respuestas.

Dato importante: la mayoría de las veces ambas sustancias se ven involucradas en los mismos alimentos, por ejemplo, el azúcar de mesa que contiene un 50% de moléculas de glucosa y 50% de moléculas de fructosa. Ante esto, aún no se sabe si alimentos con este tipo de porcentaje actúan de forma diferente en el organismo, afectando de tal manera al peso corporal.

¿Comer sin hambre?

Muchas veces. El entorno está lleno de avisos publicitarios que nos invitan constantemente a degustar alimentos sin tener hambre alguna. Esto porque el cerebro, al ver estas imágenes, activa las ya conocidas áreas de gratificación y emoción estimulando los deseos de comer, las que son moderadas por otro centro cerebral represivo como el “control ejecutivo”. Este último es de muy baja intensidad en personas obesas, lo que daría respuesta a que sean más tentados sin poder controlar las comidas que ingieren.

Son justamente estos cambios biológicos del control de la comida los que se busca conocer más a fondo con el fin de hacer frente a la obesidad con un fundamento y datos duros que ayuden a disminuirla.

Fuente: Revista Enie Clarin

Foto: hermansaksomo (cc Flickr)