Niños ex-chatarros

El paladar se educa

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Al fin una noticia orwelliana: el planeta Transfat, habitado por papas fritas tamaño familiar y bebidas disueltas en colorantes con nombres galácticos –llámese Bilz Pap o Seven Up-, está pronto a apagarse. O al menos, entrando a una órbita de área restringida. Desde julio próximo ya no se podrá vender comida chatarra –o simplemente mala-en los colegios de todo Chile. Los casinos y kioskos escolares estarán obligados por ley a cambiar su oferta de dulces por manzanas,  latas de Coca-Cola por botellas de agua o jugos frescos, completos remojados en mayonesa por sanguchitos de pan de miga y pollo.

No hay que ser el Ministro de Salud (la sensibilidad alimenticia no es de derecha ni de izquierda) ni Girardi o Rossi para intuir que los problemas empezaron cuando los gringos transformaron un par de frescos tomates  en Ketchup. Pero basta caminar por nuestras calles para constatar con algo de náusea, que  “la entretención alimenticia a lo gringa” terminó convirtiendo a los niños chilenos en los más XL de América Latina.

Nadie pretende que se trafiquen Bilz y Pap en el mercado negro, pero si sus fabricantes lo quieren hacer a la luz del día, deberán poner en sus etiquetas cuantos bidones de azúcar se esconden en una inocente burbuja. Igual que los cigarros.  O incluso más, porque la más inocente de las barritas de cereales o tarrito de yogurt deberá  transparentar su cantidad de azúcar.

Muchos se preguntan de qué sirve que un niño coma sano en el colegio y en la casa el agua se llama jugo o bebida. Simple. El paladar se educa, y tarde o temprano ese niño le dirá a su mamá que quiere agua pura, sin invitados extra, llámese colorantes, saborizante o endulzantes.

Yo misma lo viví con mi hijo AJ. Durante nuestra estadía en Nueva York, antes de que Obama le echara verde obligatorio a los menús de los colegios y subiera los impuestos a las oscuras y siempre anónimas industrias de gaseosas, AJ era adicto a los nuggets. Esos apanaditos de pollo tan típicos del Mac Donalds eran habitantes rutinarios de sus muelas y él saboreaba sus grasas saturadas igual que una abeja una cucharada de miel. Mal. Pésimo. Horrible. Hoy día en su jardín antítesis, no sólo come low fat, sino cosas genuinas y gourmet, y su estómago se regocija a punta de pasteles de quinoa, lentejas, y kiwis.  El otro día él y sus compañeros  hicieron pan con centeno y lo comieron con la doble satisfacción de haberlo cocinado ellos mismos. Entre amasar y abrir una bolsa hay un mundo de diferencia. Ahora que lo pienso AJ es algo así como un ex niño chatarra, un rehabilitado, un habitante del viejo mundo que tuvo la oportunidad de aterrizar en un nuevo mundo donde es normal jugar entre berros y confundir guindas con golosinas.

(PD: somos lo que comemos. Para intoxicar nuestro cuerpo (y mente) basta recorrer el pasillo equivocado del Jumbo. Ahora que entrará en vigencia la nueva ley, sólo espero que los empresarios de la industria alimenticia chilena se den cuenta que empieza una nueva competencia: la de la comida saludable).