El hijo de la novia: Cuando la primera vez que ves a alguien, es la segunda

El hijo de la novia, fue la película que catapultó al éxito a Juan José Campanella, obteniendo una nominación a Mejor película de habla no inglesa.

Una vez leí en un libro de cine, que la primera vez que ves una película es la segunda. Creo que eso se puede aplicar a todo, incluida en la película El hijo de la novia, donde un enamorado Héctor Alterio, quiere cumplir el sueño de su mujer, (Norma Aleandro) y casarse por la Iglesia, quien padece Alzheimer, bajo las reticencias de su hijo, Ricardo Darín.

La película rodada en el 2000, tuvo un fulgurante éxito, tanto de crítica como de público, el sueño de todos los directores y actores.

¿Es casualidad? No. El hijo de la novia tiene todos los ingredientes que conmueven al espectador, porque los ha vivido o los ha visto desde un ser cercano.

La entrega a un trabajo que no satisface, los sueños frustrados, el amor incondicional, el resentimiento familiar (en este caso establecido en la relación de Aleandro y Darín), el miedo a madurar, a enfrentarse a la vida real. Porque la vida a veces es tan real que duele.

Ricardo Darín Ricardo Darín da vida a Rafael, el estresado dueño de un restaurante con una complicada relación con su madre, afectada por el Alzheimer. - Instagram

El hijo de la novia, podría ser en una pequeña parte una versión dulce de Amor de (Haneke). El siempre excelente Héctor Alterio consigue que se humedezcan los ojos sin ni siquiera decir ninguna cursilería. Nada de frases hechas y estereotipos románticos, a los que se podrían caer muy fácilmente dado el año. Con una mirada Alterio, lo dice todo. Se va a casar con su esposa, que la primera vez que lo ve es la segunda, y la tercera y la cuarta.

Aleandro, como de costumbre, está impecable y al igual que Alterio, ella habla con la mirada, esa mirada perdida de querer estar y no comprender, esa mirada de resignación ante lo que no se puede controlar.

La amistad de la infancia que irrumpe en la vida adulta también es otro de los alicientes que emocionan.

¿Quién no se siente henchido cuando recuerda sus anécdotas en sus años más tempranos, junto a las personas que amó?

Ahí interviene el Eduardo Blanco, un compinche de la infancia de Darín, que se transforma en su fiel escudero, su Sancho Panza, cayendo en el error de enamorarse de Dulcinea (Verbeke).

No obstante, pesa más la amistad, y descubrimos que Blanco es un hombre enamorado del amor.

Cabe destacar un guiño al feminismo, pese, reitero, a la época.

Darín, quien también está fantástico (la realidad es que no hay ninguna mala interpretación en el filme) está en pareja con una jovencísima Natalia Verbeke a la que ignora, por estar más centrado en su restaurante y por su evasión al compromiso.

"Te agradezco mucho que no quieras jugar conmigo. De todos modos yo no te iba a dejar jugar conmigo porque yo valgo la pena, ¿entendés? Yo valgo".