"Una día a la vez": La columna de Ignacia Allamand

Durante las primeras horas del día el instinto está en llamas, somos creativos, las ideas fluyen, y si en vez de honrar ese tiempo de conexión con nosotros ponemos atención a las necesidades del resto (porque eso suelen ser los mensajes) perdemos tiempo valioso de autoconocimiento.

Abro los ojos, no sé qué día es. Todos se parecen desde que estoy metida en la casa. No sonó el despertador, ya no lo pongo. Duermo en modo avión, porque por ahí leí que las ondas no sé cuánto, afectan la calidad del sueño, y no estoy dispuesta a agregar otro estimulo más a mi vida onírica. Los sueños ya están siendo lo suficientemente extraños sin ayuda de ondas perturbadoras. ¿Será efecto del encierro? ¿Será mi locura en expansión?

Normalmente haría un esfuerzo y me pararía de la cama de un salto, ya que es la mejor manera de ser productivo, quedarse acostado causa un letargo que se mantiene durante el día y después el tiempo no alcanza para hacer todo. Pero hoy, al igual que ayer y antes de ayer, de la mismo. Puedo cerrar los ojos, abrazar a mi perra y hacer la lista mental de cosas que agradezco. Mi vida, por ejemplo. Mi camita. No tener que salir a trabajar durante una pandemia mundial. La marraqueta. Mi abuela de 90 años que es lejos la más entretenida para conversar. Gracias. Agarro mi teléfono y todavía en modo avión elijo tres canciones. No quiero ver los mensajes, las redes, las noticias.
Durante las primeras horas del día el instinto está en llamas, somos creativos, las ideas fluyen, y si en vez de honrar ese tiempo de conexión con nosotros ponemos atención a las necesidades del resto (porque eso suelen ser los mensajes), perdemos tiempo valioso de autoconocimiento.

Ya sé, soy infinitamente afortunada. No tengo hijos, no hay ninguna posibilidad de que me estén llamando de urgencia de un hospital para cubrir un turno, no tengo acciones de ningún tipo y estoy sana. Lo que sea que esté pasando en el mundo exterior puede esperar hasta después de la ducha.
Reconozco que a ratos me derrumba la muerte, lo nefasto del sistema que una vez más se evidencia, las familias que pusieron todas sus fichas en un emprendimiento que hoy resulta inviable… Las personas que más sufren siempre son las mismas y me duele. Pero me repito que soy afortunada y trato de elevar la vibra con música.

La abuela de mi amigo Tomás decía que el secreto de su vitalidad estaba en bailar tres canciones al día y yo le creo. Qué maravillosas son las abuelas, tan llenas de sabiduría y tan postergadas. Me conmuevo pensando en cómo este virus tiene a los viejitos tan frágiles y asustados y me prometo que hoy voy a llamar a la mía.

Listo: “Champagne Supernova” de Oasis, “Con los años que me quedan” de Gloria Stefan, y “Ahora” de J Balvin. No me juzguen. No soy Dj.

Camino al baño inconscientemente abro Instagram y mi cortafuego funciona. No tiene datos. Pienso en cuántas veces al día hago algo involuntario, cuántas acciones son una decisión y cuántas un hábito. La mente humana es muy tramposa. Entro al baño y ahí estoy, en el espejo. Hace varios días que la única cara que veo en vivo es la mía. ¿Cómo no me caigo? ¿Todavía me soporto? ¿Debería bajar un par de kilos? ¿Siempre he tenido esa mancha debajo del ojo derecho? Pienso en las parejas, en quienes tienen hijos, en esa amiga que me confesó que no soporta pasar todo el día con su marido y que no le caen demasiado bien sus niñitas, y me pregunto si se dará cuenta que no son otra cosa que su reflejo, y que tal vez si les hubiera dedicado un poco más de tiempo y amor no serían tan insoportables. “Uno es responsable de lo que domestica” decía el zorro del principito.

Leer ese libro una vez al año debería ser obligatorio. “Sé que aún no es tarde…. para recapacitar”, cantamos Gloria y yo a dúo mientras me enjuago el pelo y pienso en esos clóset de MTV, absurdos, llenos de carteras y zapatillas de miles de dólares, guardadas, inútiles, valiendo huevo frente a una buena pantufla y unos calzones de abuela. Nuevamente las abuelas. Qué importantes son. Y me vuelvo a emocionar por cómo han cambiado las prioridades: hace algunas semanas nos juntábamos en un bar e igual perdíamos valiosos minutos de interacción humana pegados en el teléfono, y hoy sólo queremos mirarnos, tocarnos, abrazarnos. Por favor, universo, no permitas que esto se acabe y todo siga igual.

Me visto y llega el momento de entrar a la realidad. Los mails, los mensajes, los pagos, escribir esta columna, tratar de renegociar el arriendo, corroborar que nada se está moviendo todavía. Y el miedo, la montaña rusa emocional. Respiro profundo. Tengo que aceptar que cualquier suposición o plan en este momento es ridículo. Respiro. Vaso de agua grande con limón. Respiro de nuevo. Modo avión: Off. Aquí vamos. Un día a la vez.

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