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Reflexiones de una “plantada”. Por Leo Marcazzolo

 

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En Chile que te dejen plantada significa echar raíces. Hoy debo confesar que el otro día eché raíces. El bastardo me dejó plantada y comencé a reflexionar sobre muchas cosas rancias. ¿Adivinen cuál? Obvio, el matrimonio. Me prometí a mi misma no volver a casarme. Cuesta caro –y además al igual que la Prueba de Aptitud– si se fracasa dos veces, uno se vuelve decadente.

¿Para qué tendría que casarme otra vez?, me pregunté a mí misma, claramente resentida por mi estatus de plantada. ¿Para que después vinieran nuevamente mis tías a sacármelo en cara? ¿A decirme decadente? Hasta el día de hoy me lo dicen y hasta el día de hoy las callaría. Se merecen un sopapo. Los matrimonios son sólo cosa de acostumbramiento. Uno se «acostumbra a aburrirse». Me lo dijo un día mi mamá, pero yo me rebelé. Me separé antes de que eso me ocurriera, antes de convertirme en la peor imagen de mí misma. En el arquetipo de la «señora de…». O en la parejita que se asoma feliz en el mesón de los quesos del supermercado, y ella le pregunta a él: ¿Qué va a querer mi amor? ¿Camembert? Y ella le sonríe y él asiente con la cabeza. ¿Por qué le sonríe? No he podido averiguarlo.

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Sólo sé que me daría pavor volver al mesón de los quesos. O ir al supermercado con un hombre, que me dijese: «Quiero paltas, mi amorcito», «Quiero yogurt descremado para no engordar», o «quiero que me compre plateada para que me haga una carnecita bien jugosa a la nochecita». Sería terrible que eso me ocurriese. Sé que hablo desde el lugar del resentimiento. Sé que si no me hubiesen dejado plantada –aquí– probablemente estaría diciendo exactamente lo contrario. Pero tengo derecho a decirlo. Uno no puede ser feliz mirando cómo el resto se divierte cuando una no se divierte. Pese a eso, confieso que me daría pavor volver a fracasar. Me daría miedo casarme otra vez y después no tener nada qué decir. Verme sentada en una mesa del Mc Donald´s con la lengua seca. Lo imagino. Imagino –pese a lo mucho que me gusta la hamburguesa– que estaría puro tragando los pequeños pedacitos de carne, que se me irían atascando en la garganta.

He visto a esas parejas. Un hombre y una mujer sentados sin tener nada qué decirse. Al menos cuando una está soltera, una se libra de estar con un tipo que sólo se queda contigo porque «es mejor chancho conocido que chancho por conocer». Odiaría ser el «chancho» de ese tipo. Pienso que mientras estuve casada nunca llegué al punto de no tener nada qué decir. Pero tampoco llegué al punto de estar «locamente enamorada». Una amiga, por ejemplo, me dijo el otro día, que si su marido la dejaba, ella agarraba un avión y se iba directo a luchar por la causa Palestina. Mi amiga piensa así porque además de ser palestina, ama a su marido. Me dijo: «Sé que moriría, pero al menos sería por una buena causa… No podría volver a vivir sin su presencia», me dijo.

Y yo pensé que definitivamente –a diferencia de ella– nunca diría nada igual. Nunca quise a nadie hasta el punto de matarme. Ni siquiera quise a alguien hasta el punto de entregarle todos mis huevitos de chocolate. Mi mamá me lo vaticinó. Me dijo un día que la glotonería sólo terminaría condenándome, irremediablemente, a la más pura soledad. «A los hombres no les gustan las mujeres que comen más que ellos». Me dijo. Y yo pensé que en el lugar donde me encontraba ocurría exactamente lo contrario. Eso era lo que menos importaba. Lo que menos hundía un matrimonio. Allí las mujeres comían el doble que los hombres. Como en muchos matrimonios no tenían nada qué decirse, pero al menos engullían.

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