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Pellejerías de una separada: Apología al pelambre. Por Leo Marcazzolo

Voy a comenzar esta columna diciendo que el pelambre no necesita defensa. Es simplemente un bien nacional, como el pebre, la empanada o los porotos burros…

 

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Todo el mundo pela. Pelamos por ocio, por rabia o simplemente por deporte. Yo en lo personal pelo porque si no pelara, mi vida de separada se reduciría al mínimo. La cosa es así: necesito analizar a los demás para poder mirar mis relaciones interpersonales en retrospectiva. Mis amigas me ayudan en eso. Siempre me andan diciendo que no sea tan «mentirosa» y que no tenga tanta «rabia» acumulada dentro, porque si continúo así, jamás lograré convertirme en un «ser humano de luz». ¿Pero qué chucha significa eso?

Intuyo eso sí que ese viaje no me conviene. Como antes dije, a mí me gusta pelar. Desde chica que me ha gustado. Aún recuerdo la primera vez que lo hice. Cuando me inicié en el asunto. Fue con mi vecino del frente que se llamaba Dan. Era extraño el Dan. Le decíamos Dany. Su papá era descendiente de alemán y casi siempre estaba callado. Según el Dany, le costaba decidirse a hablarle. Y cuando lo hacía sólo le decía «mierda», y en otras ocasiones lo abrazaba y le decía «te quiero». En el fondo era un viudo de pocas palabras el papá del Dany. Y por lo mismo, como venganza, el Dany solía inventarle historias. Le inventaba cahuines con la señora del kiosko, que se llamaba Nora. Contaba, por ejemplo, que la señora Norita y su papá se juntaban casi todos los días de la semana a comer pollito asado en la terraza, «casi piluchos», y que ella se tiraba unos peos de un olor «tan horrible de soportar» que casi siempre su papá terminaba diciéndole «kaputt el romance». Además eran tan explosivos los peos, a veces, que su papá también le decía «unter feuer sein» (estamos bajo fuego). Por ese entonces, recuerdo, yo sólo tenía ocho años, y pensaba que era sencillamente asombroso escuchar al Dany.

Me daba lo mismo si sus historias eran verdad o mentira. Lo asombroso era él. Cómo las contaba. La forma en que le brillaban los ojos mientras lo hacía. La manera en que desmenuzaba cada mínimo detalle de ellas. Lo libre y deslenguado que era con la información. El Dany era un verdadero artífice del pelambre. En sus pelambres no se asomaba ningún atisbo de la culpa que le afloraba al resto. Lo hacía sólo porque ni el alemán ni la Nora lo pescaban ni un metro. Esa era la verdad. El Dany a veces hasta se subía al techo para llamar su atención, y ni así acudían. El otro día me acordé de él. Estaba tomándome un té en el Starbucks y mientras procesaba pensamientos negativos sobre alguien, repentinamente se me vino a la cabeza su cara.

Era mediodía y aunque la tarde era fría, los rayos del sol se colaban por entre las nubes. Pensé en miles de cosas. Pero en lo que más pensé fue en las razones profundas que me motivaban a descuerar a alguien. La mayor parte del tiempo sólo lo hacía por decadente. Sólo por el placer de desmenuzar los defectos de otra persona y así sentirme mejor. Y también para liberarme. Y también porque honestamente siempre he creído que la humanidad, simplemente, se despedazaría completa si todos nos dijéramos toda la verdad. Está bien decir algunas, pero no todas. Yo, por ejemplo, miles de veces hubiese preferido que me descueraran por la espalda antes que la revelación de una realidad asesina. Por ejemplo, una vez salí con un alemán, y este no encontró nada mejor que decirme que estaba un «pokitto rrellenita». Casi me caí de raja. «¿A qué se debía tanta honestidad?» me pregunté. Y al día siguiente yo también decidí ser honesta con él y le dije lo mismo que el papá del Dany le decía a la señorita Nora: «kaputt el romance».

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