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El mundo de las palabras de Alejandra Costamagna. Por Leo Marcazzolo
Espectáculos 28/08/2013

El mundo de las palabras de Alejandra Costamagna. Por Leo Marcazzolo

Cuando conocí a la escritora Alejandra Costamagna (43) de inmediato intuí dos cosas de ella: primero, que era “piolita como nadie”, y segundo, que podía llegar a convertirse fácilmente en mi amiga o vecina.

 

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Cuando conocí a la escritora Alejandra Costamagna (43) de inmediato intuí dos cosas de ella: primero, que era “piolita como nadie”, y segundo, que podía llegar a convertirse fácilmente en mi amiga o vecina. De hecho, yo tenía una vecina que era como ella, que mientras se tragaba su pan con palta y su leche con Milo, siempre aseguraba ser muchísimo menos inteligente de lo que de verdad era. Uno sólo sabía que le crujía por la manera en que hablaba. Como un huevo duro, que uno sólo sabe si está duro cuando comienza a pelarlo. Eso era todo. La Costamagna era callada pero de verdad le crujía. Bueno, por algo tiene más de ocho libros publicados y se ha ganado más de cinco Altazor y otros premios. Por algo es, porque de verdad le cruje. Porque si fuera lesa no se hubiese ganado ni una cosa, y andaría por allí puro dándole palos al águila. O escupiéndole al sistema junto a una tropa de picados que prefiero ni mencionar.

La Costamagna sí es mencionable. Sólo como botón de muestra les doy un par de directrices para que de verdad la conozcan: tiene la espalda estrecha y usa anteojos. Tiene el pelo extremadamente delgado, escaso y semi crespo (depende del día). Tiene los labios finos, los ojos grandes de un color indefinible y las muñecas huesudas. Es callada a momentos y habladora en otros (también depende del día). Y por si eso no fuera suficiente, además es insomne. El insomnio es su peor pesadilla, su martilleo perpetuo. “Querer dormir y no poder dormir es una de las peores, sino la peor, pesadilla que he experimentado… He tenido insomnios de tres días, y al cuarto ya no existo”, cuenta, y uno logra imaginársela.

Uno logra verla deambulando por su casa. Con el pelo completamente revuelto, sacando alguna fruta del refrigerador, revisando sus mails en el computador, o escribiendo. Más que nada escribiendo. Porque la Costamagna escribe de noche. Sus personajes rondan su mente. Norman Mailer decía que escribir “dolía”. Y tal vez la Costamagna no puede dormir porque también le duele. ¿O será muy cuático mi análisis? No sé.

La cosa es que la Costamagna tiene una respuesta muchísimo más simple para eso. Dice que escribe para apostar al “por si acaso”. “Escribo por si acaso. Por si encuentro una respuesta a las preguntas que me andan rondando. Aunque en el fondo de los fondos, espero no encontrar nunca esas respuestas, porque entonces se acabaría la escritura, la pregunta sin fin”, dice.

Y yo no puedo dejar de imaginarme lo difícil que puede llegar a ser convertirse en escritora. En una de esas pocas personas que sólo sobrevuelan este mundo, porque no alcanzan a pisarlo, y se ganan la vida manipulando las palabras. Reinventando las frases. Reacomodándolas y obsesionándose con ellas. En una de esas personas que deben hablar en “inteligente”. Que no pueden darse el lujo de andar por allí todo el día hablando tonteras. Como una, que anda por allí todo el día hablando tonteras. La Costamagna no habla tonteras.

La Costamagna es una oreja caminando por la ciudad, una coleccionista de murmullos, una perseguidora de frases, pero también es una pájara del silencio y una obsesiva de sus historias. “Cuando digo obsesión quiero decir hacerse preguntas, y cuando digo hacerse preguntas quiero decir estar despierto: pero con la cabeza puesta en el lenguaje. La obsesión es la insistencia, la insistencia, y la insistencia. Y acto seguido, el disparo de las palabras”, dice. Y yo no puedo dejar de acordarme de la vez que la conocí en Buenos Aires, en una pequeña pizzería de barrio de allá. En una de esas pizzerías donde se encuentran los tipos de pizzas más improbables. Ambas estábamos sentadas en la misma mesa. Rodeadas de mujeres, olor a ajo y albahaca. Eso e infinitos murmullos. Tantos murmullos como mujeres. Y ella se pidió la pizza más liviana: una con rúcula y queso de cabra. Y apenas llegó, clavó sus ojos en ella. Los dejó bien fijos (inclusive me extrañó la concentración con que se la comía), y comenzó a picotear las hojas, como si hubiese sido un verdadero pájaro.

Todos los que odiamos las ensaladas pensamos que los que las disfrutan son verdaderos plumíferos. La Alejandra decía que le encantaba la rúcula. Que le gustaba tanto que se hubiese alimentado sólo de ella. Así de definidas eran sus opiniones. Y así de definida es también su visión de la literatura. “La buena literatura, probablemente, es la que huye de la conciencia de la buena literatura. La que desconfía. O sea, la que no viene a dar lecciones ni termina con el punto final”, dictamina, y uno jamás podría llegar a pensar que en ella prevalece alguna sombra de duda.