Todas quieren ser La Maga

Hoy se cumplen 50 años de la primera edición de ‘Rayuela’ de Julio Cortázar, esa obra con aroma parisino cargada de más cronopios que de famas.

‘Rayuela’ fue uno de esos libros que siempre quise leer, pero que nunca tuve en mi biblioteca. Y así como llegan las personas a la vida, llegó Córtazar, con bestiarios, con vueltas al mundo, con cronopios y con famas. Y así como deben llegar los libros – a modo de regalo- llegó a mis manos esta obra que hace nacer a Lucía, la Maga.

La Maga es uno de esos personajes que surgen del hipotálamo de un coleccionista de inspiraciones y de fantasmas interiores, lo que sumado a una suerte de genio y artista, pueden llegar a cobrar realmente vida. Y en algunos casos, tomarse hasta nuestra vida.

Como robada de un retrato de Leonor de Aquitania en un contexto prerrafaelista, Lucía se nos viene a la mente menuda, blanca y de larga cabellera ondulada. Aunque mentalmente ella misma se define como un cuadro de la surrealista Maria Vieira da Silva, un tanto enigmática, enredada.

La madre soltera del pequeño Rocamadour que escapa de su hijo y de su realidad montevideana para estrellarnos con el mito más sórdido y romántico de París y sus entrañas. La Maga es de esas mujeres que “rompen los puentes con sólo cruzarlos”, torpemente adorable, auténtica y con una intensa necesidad de amor, pero que Oliveira, el protagonista, al parecer nunca correspondió.

Es entonces cuando Lucía, pasa a ser un referente de nuestra propia necesidad de amar, de nuestra propia necesidad de magia volcada a un escenario de intelectuales, adoquines, fernét y Jazz. Y ahí, el pequeño Rocamadour como el grillete a tierra de una mujer que nació para volar. Y ahí Oliveira, hundiéndola metafísicamente a lo más profundo del río Sena.

“Sólo esa vez, excentrado como un matador mítico para quien matar es devolver el toro al mar y el mar al cielo, vejó a la Maga en una larga noche de la que poco hablaron luego, la hizo Pasifae, la dobló y la usó como a un adolescente, la conoció y le exigió las servidumbres de la más triste puta, la magnificó a constelación, la tuvo entre los brazos oliendo a sangre, le hizo beber el semen que corre por la boca como el desafío al Logos, le chupó la sombra del vientre y de la grupa y se la alzó hasta la cara para untarla de sí misma en esa última operación de conocimiento que sólo el hombre puede dar a la mujer, la exasperó con piel y pelo y baba y quejas, la vació hasta lo último de su fuerza magnífica, la tiró contra una almohada y una sábana y la sintió llorar de felicidad contra su cara que un nuevo cigarrillo devolvía a la noche del cuarto y del hotel”. (Cap. 5)

Por eso y por más nos duele la Maga, pero más nos duele la ceguera de Oliveira, la miopía de Cortázar, porque como diría un anónimo de la internet, nunca entendieron que dormir con ella era dormir con el universo. Porque nunca pudieron sentir La Magia de La Maga. “Y por eso no saben que cuando follas con La Maga, aparecen estrellas en el techo de la habitación y empieza a retumbar una orquesta entera en el colchón, una orquesta que interpreta melodías imposibles, melodías que nadie podría tocar nunca, melodías que no pueden existir (…) Y por eso a Cortázar se le escapó La Maga. Porque quiso buscar La Maga fuera de La Magia. Por eso se le fue de las páginas, por eso la perdió, por eso se le fue de las manos de Horacio y aunque siguió escribiendo capítulos de búsqueda, no pudo regresarla a su novela. Porque La Maga no podía existir en esa quietud, en ese encierro. Porque Cortázar supo que La Maga era Libertad; pero no supo ver que, por ser Libertad, debía ser y era también Revolución.”, yo no podría decirlo mejor.

“Todos queríamos ser Oliveira y las minas, la Maga”, decía el artista chileno Claudio Bertoni en un artículo de diario La Tercera. Meses antes, un tal Lucas me comentaba: “Y qué persona que haya leído ‘Rayuela’ no se ha creído Oliveira o La Maga”. Y es que los personajes de esta obra tiene tantas facetas, tantas esencias que al igual que sus páginas puestas intencionalmente al azar, es capaz de llegar directamente o como laberinto a la mayoría de sus lectores.

Muchas veces me he sentido impertinentemente La Maga, porque La Maga es un universo y entre todas esas constelaciones, resulta imposible no sentir algún reflejo, no sentirse identificada, aunque a decir verdad, sigo buscándola.

Imagen: ‘Enigma’, Maria Helena Vieira da Silva (1947)