La pesadilla de la gripe de verano, ¿te ha pasado? Por Leo Marcazzolo

La gente comienza a pensar que uno anda como tuberculosa. Pero lo que más me molesta no es eso, es vivir con el suplicio de estar en la cama. Acalorada, transpirando la gota gorda, mientras todo el mundo se está divirtiendo.

 

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Lo peor de las gripes de verano es que uno siempre se acuesta y comienza a pensar en puras tonteras. En puras cabezas de pescado. Yo, al menos, lo único que hago es eso. Pensar en todo lo malo. En cada uno de mis enemigos. Me detengo en cada uno de ellos. En cada pequeña cosa que me han hecho. Los ordeno en mi mente como en largas filitas de pequeños soldaditos de plomo, y voy derribándolos uno por uno. Eso es lo que hago. Sin ir más lejos, el otro día no más, lo hice. Comencé a desquitarme con ellos.  Me agarré una gripe y, mientras me entretenía contando las moscas, comencé a acordarme de algunos.

En especial de un gordo que me había acusado de mentirosa. El gordo era redondo, crespo -y a pesar de parecer inofensivo- era un experto destilador de veneno. Tan repugnante que su solo recuerdo llegó a contaminar toda mí tarde. Y es que cuando comienzo a odiar, no paro. Así me muevo yo. De hecho, esa tarde, mientras seguía recostada en mi cama, no hice otra cosa que odiar. Comencé a odiar, por ejemplo, al posible palurdo que me había contagiado la gripe. No sabía quién era, pero sí sabía que sólo por el hecho de haberme contagiado merecía algún tipo de castigo.

Y es que yo estaba realmente convencida de que era la persona que menos merecía en el mundo tener una gripe. No me la merecía. Había hecho todo lo humanamente posible para no contraerla. Había tomado mis vitaminas, había andado más abrigada que nadie, y además les había hecho la cruz a todos los que habían osado estornudarme encima. Pero igual no más me había entrado ese bicho. Me entró y ahora ando con una tos seca terrible. La verdad es que odio tener esta tos. Odio tener esta tos y esta gripe de verano terrible. Y es que siempre he pensado que es la situación más descontextualizada de todas.

Porque cuando uno, por ejemplo, estornuda en invierno es común, pero cuando uno lo hace con el calor infernal del verano, ya es otra cosa. Ya la gente comienza a pensar que uno anda como tuberculosa. Como moribunda por los rincones. Pero lo que más me molesta no es eso, es vivir con el suplicio de estar en la cama. Acalorada, transpirando la gota gorda, mientras todo el mundo se está divirtiendo. Desde mi pieza puedo escuchar perfectamente el eco de las voces de mi familia desde la piscina. No disimulan -en ningún momento- su júbilo. Más encima, tienen el descaro de venir a verme. Llegan felices a mi lecho. A mi lecho lleno de mocos y malos olores. No hay derecho. Me preguntan por mi salud, y yo sólo puedo nombrarles al bicho. Que todo es por culpa del maldito bicho que me atacó.

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