La mirada masculina de una cita a ciegas. Por J. Santino

¡Tenemos un nuevo columnista! Se llama J. Santino, tiene 39 años y es soltero. Su misión: dejar al descubierto el a veces incomprensible mundo masculino. Aquí, nos revela su experiencia en una cita a ciegas... Cuéntanos qué te parece y qué otros temas te gustaría que abordara en sus próximas columnas.

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Era una tarde de primavera, con viento suave y temperatura agradable. Ideal para una vida como de teleserie. De teleserie chilena, de esas donde nadie trabaja en serio y el tiempo parece sobrarle a todo el mundo. Una tarde de vodka vainilla y tónica, en la terraza de un bar del barrio El Bosque. Ahí estaba, disfrutando luego de un día de trabajo y esperando a Yamil, uno de mis buenos amigos. Los que, dicho sea de paso, se cuentan con los dedos de media mano. Él es el típico descendiente árabe. Imagino que por su nombre ya lo habían notado. Moreno, corpulento, cejas tupidas, pelo en pecho, nariz prominente. Muy entregado a los placeres de este mundo. Especialmente a los que tienen relación con las mujeres. Un paisano tradicional.

El día anterior me pidió juntarnos para hablarme sobre una chica a la que, según él, tenía que conocer. Danae. Soltera, veintinueve años, independiente, sin rollos –no especificó si de los emocionales o de los otros– y que, según él, podría interesarme.

No sé porque cuando uno llega a cierta edad todo el mundo se empeña en buscarte pareja. Imagino que en el caso de las mujeres debe comenzar antes de los treinta. Conozco chicas de treintaialgo que prácticamente viven en una carpa afuera de la consulta del sicólogo. En fin, más de alguna ya lo estará viviendo en carne propia y, de no ser así, no se preocupen; si no se han casado, ya vendrá.

Fue una buena tarde con Yamil. Al irse me apuntó un teléfono y un nombre. Dijo que la llamara, que ya había hecho lo propio por el otro lado, y ella había aceptado.

Una cita a ciegas. Siempre pensé que no había algo más detestable que una cita a ciegas, que jamás tendría una. Era un estrés que no necesitaba en mi vida. No sería Brad Pitt, pero a decir verdad tenía una performance bastante aceptable con las mujeres.

Llegué a mi casa y, como cada noche antes de acostarme, prendí el computador, revisé mi correo, miré el diario del día siguiente y le di una vuelta al Facebook. Para ser sincero, a esa altura la curiosidad me estaba comiendo, ¿que tal si era un monumento de mujer? ¿Qué tenía que perder? Le di una mirada al Inicio, me desetiqueté de tres perros huérfanos y borré un par de Invitaciones. Luego busqué en mi chaqueta el papel con el nombre de mi futura probable cita. Buscar, Danae, Enter.

Entre personajes públicos, centros de estética, lindas, feas, viejas y no tan viejas, alcancé a revisar 37 perfiles. De seguro no era ninguna de ellas. Sin el apellido no sería nada fácil. Llamé al turco y me salió el buzón de voz. No podría dormir si no lograba al menos ver una foto tamaño carnet de la tal Danae. De pronto una imagen divina llegó a mi cabeza. El perfil del turco. Ahí de seguro encontraría lo que estaba buscando.

Había tres mujeres con el mismo nombre. No conozco otro personaje que tenga entre sus amigas virtuales o virtuales amigas, a tres Danaes. Como un hacker comencé a fisgonear en busca de información que me permitiera, al menos, pegar un ojo aquella noche.

Danae 1. Soltera. Trigueña, trekking, un hijo, un perro, yoga, vegetariana. De uno a diez, siete.

Danae 2. Soltera. Morena, flaca, gimnasio, fotos en el Caribe, bikini, alternativa. De uno a diez, nueve.

Danae 3. Soltera. Morena, ojos pardos, gordita, risueña, buena letra, lindos codos. Sin puntaje.

Tenía que ser una de las dos primeras. Conociendo al turco, no podía ser de otra manera.

Cuando la llamé contestó el teléfono como si nos conociéramos. Hablamos de cualquier cosa. Dijo que no acostumbraba a concertar este tipo de citas, pero que tenía cierta curiosidad. Sonaba entretenida, coqueta. Me pidió que nos reuniéramos al día siguiente, pero en su departamento. Imagino que para sentirse más segura y evaluarme en territorio propio.

Apostaría mi cabeza a que era ella. Tenía que ser ella, Danae número 2. Tenía que ser.

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