La polémica del cepillo de dientes tras la primera noche. ¿Te ha pasado? Por Leo Marcazzolo

La María Teresa en el fondo no quería perderse, sino encontrarse a alguien. Y por encontrarse a alguien una vez vivió una de las historias más absurdas: nada más ni nada menos que la historia del “cepillo de dientes”.

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Toda la polémica del cepillo de dientes comenzó durante el período más zafado de la María Teresa. Por aquella época estaba pasando por una interfase en que de verdad creía en el "extravío". Creía que debía perderse en los laberintos más absurdos de la noche. Comenzar en un punto y terminar en otro muy distinto. Salir a tomarse algo, cobrar personalidad y zafarse. Ser otra persona. Probar. Experimentar con hombres hasta encontrarse a uno. Uno que de verdad la quisiera. Porque era así. La María Teresa en el fondo no quería perderse, sino encontrarse a alguien. Y por encontrarse a alguien una vez vivió una de las historias más absurdas: nada más ni nada menos que la historia del  "cepillo de dientes".
                                       

Una historia que comenzó con el "susodicho"-así lo llamó después, dado que era un verdadero papanatas-. Un papanatas, que la llevó a darle una connotación especial a los objetos. A un cepillo de dientes. El asunto comenzó -cuenta la María Teresa- la noche en que se lo encontró y se quedó en su casa. Se quedó allí, luego de haberlo hallado en el mismísimo taburete de un bar intentando hacerse el gracioso. En una de sus noches de "extravío". Y en ese contexto lo encontró simpático. El tipo se veía bien: delgado, con barba y más que nada atractivo. Atractivo, pero no lo suficiente como para soportarlo a la mañana siguiente. Porque a la mañana siguiente vino lo peor. A la mañana siguiente el tipo le recitó un poema. Un poema que a la María Teresa sólo le provoco extrañeza. 

Entre risa y asco. Risa, sólo porque la poesía era lo suficientemente cursi como para despertar a los muertos. El susodicho le recitó el poema de Benedetti que inspiró la película "El Lado Oscuro del Corazón" y allí le comenzó todo. Se rompió el romanticismo cuando le dijo que no le importaba que tuviera "nariz de zanahoria", o "aliento de repollo", pero que lo único que no podía perdonarle era que no supiera "volar". Y luego se quedó mirándola, tapado con las sábanas hasta la cabeza, sólo mirándola. Y la María Teresa no le entendió nada. No entendió por qué había escogido esa poesía y no otra para recitarle ni menos aún entendió qué diablos estaba tratando de insinuarle. Sólo se quedó con lo del mal aliento.
                                             

Sólo entendió que estaba tratando de decirle que tenía mal aliento. A tal nivel -reflexionó para sus adentros-, que debía hacer algo inmediatamente. En ese mismo instante. Y lo hizo. Se propuso lavarse los dientes con el cepillo del susodicho. Pensó que así volvería a la cama con mejor hálito y lograría conquistarlo. A la María Teresa -por aquella época- la cabeza le funcionaba extraño. De manera rara. Tan rara, que esa vez de verdad pensó que todo resultaría bien. Que el susodicho la felicitaría por haberle ocupado su cepillo. Pero infelizmente ocurrió lo contrario. El susodicho tuvo la peor de las reacciones posibles. Apenas le olió el aliento estalló en gritos. El disgusto porque le habían ocupado su cepillo fue tal, que significó el comienzo de la primera batalla.

Una batalla que terminó ganando él, porque ella salió de su casa rauda. Le dijo tanto, que sólo gatilló la huida. Pero a la semana siguiente, volvió a llamarla. La llamó y provocó su retorno. La María Teresa volvió sin ningún tipo de rencor a la casa del susodicho. Al primer llamado, respondió aturdida. Extrañamente, el susodicho le dijo que le tenía una sorpresa. La sorpresa era un cepillo de dientes con una carta. Una carta pidiendo perdón. Un cepillo de dientes sólo para ella en un vaso del baño. Ella lo tomó de la peor de las maneras posibles. Casi como un acto de exótico compromiso. Su cabeza loca funcionó de nuevo. En el fondo, nunca comprendió algo tan sencillo como que un cepillo de dientes no era más que eso, sólo un cepillo de dientes. Quizás nada más -en este caso concreto- que un mal preludio. Porque de que las cosas se empeoraron después, se empeoraron.                                                                                                                   

La María Teresa lo entendió tarde. Entendió tarde que el susodicho era un papanatas. Sólo lo entendió cuando comenzó a ignorarla. Cuando comenzó a no responderle sus llamadas. A dejarla plantada -en todos los sitios- con la comida servida. Así era él y no intentaba disimularlo. Y la María Teresa sólo lo comprendió allí, después de haber salido mal herida. Sólo lo entendió cuando lo pilló infraganti. Cuando el cuadro se hizo irrenunciable. Cuando lo pilló con otra chica en un bar -finalmente- se enteró de todo. De la tragicomedia de su vida. Que el cepillo de dientes nunca había sido más que un cepillo de dientes. Y que incluso, tal vez, ni siquiera había sido su cepillo de dientes. Que tal vez simplemente siempre había sido el cepillo de dientes de todas.