Guía de amor propio para principiantes. Por Ignacia Allamand

Últimamente he notado que se habla mucho sobre la importancia del “amor propio” y muy poco de cómo practicarlo. Sabemos que antes de dirigir nuestros sentimientos hacia otra persona debemos primero querernos nosotros mismos y aceptarnos tal cual somos, y tiene mucho sentido pero…

¿Cómo se hace? Queda claro que no basta sólo con apreciar la parte linda. Es fácil enamorarse de ese fragmento favorito de nuestro cuerpo o ese aspecto irresistible de nuestra personalidad que inspira la biografía de Tinder. Pero para amarnos con todas sus letras, debemos también saber apreciar el ogro que habita nuestros rincones más oscuros y que, al menos en mi caso, tiene cara de zombie y me mira con los ojos hinchados desde el espejo las mañanas en que despierto triste. O cuando siento culpa por algo… ¿Cómo quererse con culpa? Me resulta muy complejo recordar lo mucho que me amo cuando estoy ocupada repitiendo en mi mente, como un mantra, que no fue buena idea haber hecho de nuevo eso que sé que me hace mal. Excesivamente difícil. Pero no imposible.

Hay pequeños hábitos que practico, que me hacen sentir mejor. Cosas simples que vienen al rescate cuando estoy habitando mi lado B y que, al formar parte de mi rutina, me comprueban que estoy haciendo un esfuerzo. Y prometo no dar la lata con la meditación, a pesar de que creo que es la mejor manera de ampliar nuestra consciencia y entender que todo está conectado y que podemos desarrollar el amor propio simplemente entregando amor a los demás, cuidando el planeta o siendo amable con los animales. Quiero compartir prácticas más básicas todavía, cosas que todos sabemos pero olvidamos, hábitos fáciles de incorporar que requieren de una voluntad mínima. Según Will Smith, mi gurú (ya sé), la auto disciplina es amor propio. Y creo que tiene razón.

La primera y más importante es tomar agua. Así de simple. Algo que debería ser natural , –ya que es un requisito para estar vivos– sin embargo, muy pocas personas lo hacen. Nadie está pidiendo que abandones esa costumbre espantosa de llenarte la guata con azúcar o algo peor, sólo recuerda tomar agua también. Lo primero en la mañana y lo último en la noche. Antes de comer. Después de ir al baño. Cada vez que alguien te ofrezca. Todos los sistemas del cuerpo funcionan mejor cuando estamos hidratados. ¿No te gusta el agua? No importa, haz un pequeño esfuerzo y toma igual.

En segundo lugar, usa las escaleras. Entiendo que estoy corriendo el riesgo de parecer un manual anti sedentarismo de los años 80, pero realmente hace la diferencia. El beneficio no está en el ejercicio cardiovascular, si no en el efecto que tiene en la mente el aprender a generar un hábito positivo. La idea es entrenar la cabeza a hacer cosas que implican voluntad, no lograr el trasero de las Kardashian.

Número tres: deja de hablar mal de los demás. Erradica el pelambre de tu vida para siempre. No sabemos nada de la vida de los otros, ya que sólo somos capaces de ver desde nuestro prisma. Esa opinión, esa crítica… no aporta nada a nadie. Menos a ti. Es un desperdicio de energía que podrías estar usando en contar un chiste o cantando la última canción de J Balvin. Aprende a identificar el momento en que ese comentario negativo va a salir de tu boca, o la de otro, y deténlo. Cambia de tema. El libro “Los cuatro acuerdos”, de Miguel Ruiz, profundiza sobre este asunto y lo recomiendo ciegamente a cualquier persona que quiera mejorar su vida.

Y por último, haz algo que no hayas hecho antes. Esa receta de paella, prepárala. Esa clase de Zumba gratis, tómala. Ese vestido de colores fosforescentes, úsalo.

Ese vecino raro, salúdalo. Salir de tu zona de confort es quererte. Cada vez que siento que ya me acomodé en un lugar, trato de desafiarme más, aunque sea en algo “tonto”. Y la satisfacción de hacer algo que me cuesta, pero que sé que me hace bien, es única. Cuando te esfuerzas y logras algo, te quieres.

Es automático. Nunca falla.

Cada persona tiene la capacidad de desarrollar sus propias técnicas para evolucionar, las mías son simples y creo que por eso mismo me funcionan. Cuando está todo mal, respiro profundo y trato de acordarme de que no soy tan importante. Y me tomo un vaso de agua. Y en ese mismo momento, todo empieza a mejorar.

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