Ignacia Allamand en "Crónicas de una güera": "Lo confieso, me pica cupido y el 14 de febrero"

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Me pasé toda la semana pasada odiando a San Valentín. Lo confieso, me pica cupido y el 14 de febrero. Me jode ver todo lleno de corazoncitos y #LOVE y sobretodo me dan envidia las parejas que aprovechan este día para comer rico, decir muchas veces te amo y tener buen sexo, con amor. 

Crecí escuchando que las fechas de este tipo eran un invento de Village, una estrategia comercial para hacernos gastar plata y demostrar nuestro amor por medio de COSAS. En Chile celebrar es visto como una costumbre materialista, gringo-capitalista, ¡consumista!

Pero a mí me gusta celebrar. Y creo que tomar tradiciones de culturas diferentes a la nuestra, es una forma positiva e inofensiva de acunar la globalización. ¿Qué puede tener de malo una pareja que elige este día para permitirse ser cursi? ¿A quién perjudica la felicidad de los niños que salen vestidos de monstruo a pedir dulces una vez al año?

Los Judíos celebran “Purim”, un carnaval de comida, disfraces y alegría. ¿Por qué no aprovechar la infraestructura, aunque no profeses esta religión ni ninguna otra? Muchas personas siendo felices al mismo tiempo elevan la vibración del planeta. O al menos, yo creo eso.

En Ciudad de México el día del amor se celebra con mariachis y a nadie le parece siútico regalar flores. El amor –y desamor– se exhiben por la calle sin pudor. Y más me pica. Porque San Valentín es mi mayor placer culpable y siento celos cuando me cruzo con personas que llevan inmensos globos rosados con forma de corazón. Es vergonzoso, pero me gustaría que alguien alguna vez cometiera la insensatez de regalarme un globo estúpido. Aunque termine desinflado en un rincón e inevitablemente en la basura.

Una vez que asumí que este año nadie iba a tocar mi puerta con un unicornio rosado relleno de helio, decidí transformar la realidad y dirigí mi energía hacia el amor más importante de todos: el amor propio. Y al segundo más importante: la pizza.

Los verdaderos amantes de esta perfección alimenticia sabemos que no hay nada que no se mejore con un trozo de masa, queso y salsa. A mi parecer, las mejores de Santiago están en “Brunapoli”, aunque en modo delivery nada supera a “Agostina”. Con caña, inmejorable la doble pepperoni de Papa Johns con el ajicito ese que trae. Y si se acompaña con una cerveza helada, se logra una combinación de la talla del ketchup y las papas fritas. Ahora, si además le sumas una película en pantalla gigante, obtienes lo que, a mi criterio, es una auto-cita perfecta.

En Ciudad de México existen los cines Platinum que no son otra cosa que una sala con proyección impecable, asientos reclinables, una carta de comidas y un bar. Todo servido en tu propia mesita, con vaso de vidrio y cubiertos metálicos. Y por improbable que pueda parecer, la pizza es deliciosa y no tiene nada que envidiarle a sus parientes de procedencia más ortodoxa. Excepto tal vez a la de higo y gorgonzola de “Licantropo”, un pedazo de cielo derretido.

En Miami “Mister 01” en Wynwood. En Buenos Aires la de provolone de “Güerrin”. En Nueva York la de puro queso de “Lombardi”, en la 32. En Barcelona “Miseria y Nobilitá” en la calle “dels Enamorats”.  Y en Tokyo “Dream factory”… ¡De nada, pizzalovers!

Como soy levemente intensa, terminé sometida a una maratón cinematográfica pre Oscar que duró varios días, aunque tuve que restringir la pizza por motivos estéticos. Y de salud.

Después de ver “La forma del agua”, que no me gustó y creo correr riesgo de deportación si lo digo en público; “Llámame por tu nombre” es una película preciosa, delicada, parecida a ratos a la sutileza de “Rara” de la Pepa San Martin. “Mollys Game”, divertida, con una Jessica Chastain que te deja con ganas de pedirle pololeo. “Las horas más oscuras”, para mí, somnífera, a pesar de la actuación de Gary Oldman. “Tres anuncios por un crimen”, extraña, molesta a ratos, mi candidata al Oscar a mejor actriz protagónica; y “Wonder Wheel”, mi favorita, aunque las acusaciones de abuso contra Woody Allen la ensombrecen rotundamente. Me di cuenta de algo que ya sabía, pero no recordaba: Todas las películas se tratan del amor. Gracias de nuevo, Cupido.

El universo a veces es traidor y nos pone en frente aquello de lo que queremos escapar. Y cuando te das cuenta, pasa lo que hoy se conoce en los portales astrológicos de moda como un Ajá moment. El maldito amor es energía pura y nos mueve, o nos paraliza. Una sordo muda entabla una relación con un monstruo acuático. Un adolescente se enamora de un hombre 20 años mayor y decide vivirlo aunque signifique terminar hecho pedazos… El amor al padre, si es que está, o a la madre, para muchos mezcla de colchón de plumas con cárcel de alta seguridad. El amor al arte, a la patria, a Dios. El amor a vivir cada día como si fuera el último. Al final, son todos lo mismo. Love is Love.

Claramente no conseguí mi objetivo de huir de San Valentín como lo planee, pero fui feliz igual. En el fondo, soy una romántica.

Y ahora, a esperar que llegue Semana Santa. No soy católica, pero nada me puede quitar la fascinación de buscar huevos como si fueran un tesoro. Aunque me los tenga que esconder yo sola. Y ni siquiera me guste el chocolate.

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