Gracias a la vida por la existencia eterna de Violeta Parra

Un día como hoy, falleció la artista chilena.

La fresca primavera del año 1917 la vio nacer. Una mujer que germina en tiempos  primaverales no podría tener otro rumbo que el de mostrar su sensibilidad, a través del arte. Violeta Parra llegó al mundo el 4 de octubre de aquel año. Chile recibía sin saberlo a una promesa en vida.

Los genes de Violeta venían cargados de arte. Su padre, Nicanor Parra Alarcón, era un prometedor profesor de música. Desde muy niños los juegos de los niños Parra Sandoval tenían destacada tendencia al arte. El andar por varios poblados chilenos fue la antesala a aquellos bares que, en Santiago, sirvieron de escenarios para el debut artístico de Violeta, quien junto con su hermana Hilda conformaba el dueto ‘Las hermanas Parra’.

Entre vaivenes artísticos, Violeta se realizaba como mujer, madre y esposa, aunque su carácter bohemio era distante del rol tradicional de la mujer del hogar. Las diferencias de pareja acrecentaron con su esposo Luis Cereceda y desembocaron en el divorcio en el año 1948. Cereceda, como militante del Partido Comunista chileno, había despertado en Violeta el interés político y  trabajaron para la campaña presidencial de Gabriel González Videla en 1946.

Un nuevo amor llegó y con él, dos hijas más, mientras en paralelo la  carrera musical de esta folclorista repuntaba. Su carrera musical tuvo una marcada tendencia hacia la identidad chilena. Las canciones populares y los ritmos tradicionales la llevaron a ser una defensora del arte de su país.

En sus andanzas artísticas conoció a los grandes Pablo Neruda y Pablo de Rokha. Posteriormente viaja a Polonia representando el arte chileno en un festival de música. En sus andanzas europeas sigue haciendo música por distintos países, pero un gran dolor la llevó de vuelta a Santiago. Su pequeña hija Rosita Clara había fallecido.

Violeta avanza en su propósito de resaltar el arte local, al punto de fundar el Museo Nacional del Arte Folklórico. Su vena artística tenía más para mostrar, por ello comienza a trabajar en cerámicas, pinturas al óleo y arpilleras, lo que años más tarde la convirtió en la primera latinoamericana en exponer en el Museo de Artes Decorativas del Palacio del Louvre los ‘Tapices de Violeta Parra’.

Viaja, canta, pinta, conoce, emigra a Argentina, a Francia y a Suiza, donde conoce al gran amor de su vida, el antropólogo Gilbert Favre. Vuelve a enamorarse y retorna a su natal Chile. Su interés supremo por hacer y multiplicar el arte la llevó a fundar ‘La Carpa’, un recinto concebido con sus hijos y los folcloristas Rolando Alarcón, Víctor Jara y Patricio Manns. Aunque la receptividad de Santiago no fue la esperada, allí permaneció varios meses con un ánimo vulnerable por las desazones del corazón y el abandono de Favre.

Sigue haciendo arte y en 1966 llega unos de sus himnos, el ‘Gracias a la Vida’, cuyas letras han sido versionadas por grandes intérpretes hasta el día de hoy; entre ellos, Mercedes Sosa, Raphael y Pedro Vargas, sólo por nombrar a algunos. Esta composición musical fue una de sus últimas. Pese a que su título es una oda a la existencia, expertos afirman que en el fondo asiente un alto estado de depresión, el que meses después desembocó en el suicidio en aquella carpa llena de arte y música que tanto soñó Violeta.

 

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