Ser padre y ser feminista

Cambiemos la perspectiva.

Tengo 26 años. Soy padre hace ocho. Mis dos hijas son lo que siempre quise que fueran. Nos gusta ver Terminator 2 y comer pizza helada. También nos gusta ver Frozen y cantar “Let i Go” a todo pulmón. Juegan mejor a la pelota que yo (que no es muy difícil) y les encanta maquillarse junto a su madre.

Tengo la sensación que más allá de todo lo bueno y lo malo, son niñas felices. Sanas. Tengo esa suerte.

Junto a la Anto, hemos logrado criar dos maravillosas niñas. Fuertes, atléticas, inteligentes, curiosas y críticas. También son desordenadas, aficionadas a la mugre, escandalosas y bastante chillonas, además de comer anualmente el chocolate equivalente al PIB de un país pequeño.

Me encantan y me irritan. Afortunadamente, es más de lo primero.

Y estas niñas me han enseñado a ser feminista.

Me entristece pensar que esta palabra sigue considerándose hoy como problemática.  Veo cómo gente se saca los ojos en discusiones bizantinas sobre el feminismo casi como si habláramos de doctrinas totalitarias.

Veo cómo muchos tratan de desacreditar una lucha legítima con una especie de odio enfermizo como si fueran a perder algo. Y eso asusta.

No vamos a negar lo obvio. Por supuesto, existen posturas extremistas. Así como en todo ámbito de cosas. Pero tal como las posturas pueden llegar a ser recalcitrantes, existe el consenso, lo comedido, lo sensato. Es obvio que no se pide la castración de todo ser masculino, caer en ese juego es tonto. Eso no es feminismo. Es extremismo. Y es igual de tóxico que todas sus variantes. 

Esa gente pierde el foco de la conversación.

Ser feminista, a pesar de que muchos digan -que la tercera ola tiene una agenda, o que el patriarcado no existe o que mejor le cambiemos el nombre y le pongamos igualismo y todas esas diferencias semánticas igual de importantes pero tangenciales- sigue siendo básicamente, reconocer que en nuestra diferencia TENEMOS que tener el mismo acceso a derechos y a responsabilidades. Ese es el norte.

Suena sencillo pero no lo ha sido.

Todavía no tenemos aborto. Todavía hay brecha en temas de educación y acceso. Todavía se justifican acciones terribles “porque se lo buscaron”.

Todavía hay diferencia salarial; discriminación al momento de contratar mujeres en edad fértil y acoso sexual en la oficina.

Todavía hay mujeres que no pueden vestirse como quieran, porque no les dejan sacarse la burka, y hay mujeres que no pueden usarla porque también se lo prohíben.

Todavía hay violencia obstetricia y doctores que anteponen sus principios religiosos por sobre la salud de una paciente.

Todavía hay diferencias abismales en gente dedicada al STEM.

Todavía queda mucho por hacer. Todavía existen DEMASIADAS diferencias.

Mis hijas en cierto modo lo han tenido fácil. Creo profundamente en que ellas me educan a mí.

No sólo me he visto en la obligación de volverme un chef extremadamente efectivo y me han forzado a aprender a hacer moños,  además me han ayudado entender que en su sensibilidad -diferente a la mía- también hay un anhelo de ser igual que todos.

Y no se lo cuestionan. Dan por entendido que ellas pueden ser desde un ninja (en teoría una kunoichi, pero se entiende el punto), hasta una constructora de robots. Eso es algo que para ellas es un derecho de nacimiento.

Pero ellas no han experimentado el mundo real.

Están rodeadas de amor y cariño, desde sus abuelos y abuelas, hasta sus profesoras en el colegio y le tengo pavor al minuto en que choque de frente con alguien que les diga que no.

No porque eso es algo que no se espera de ella.

Ser feminista tiene que ver con –como dijo Obama- comprometerse en trabajar duro para crear relaciones más igualitarias.

Preparar el mundo para nuestras hermanas, nuestras hijas, nuestras primas, nuestras sobrinas y las hijas de tus amigos. Prepararlo para que las reciba con un abrazo de sororidad, de amabilidad.

Hay que también preparar a los chicos a ser gentiles, respetuosos, dignos y solidarios. Ser humanos en lo más amplio del concepto de la palabra.

No debemos fomentar “caballeros de brillante armadura” o gente que espere que la amabilidad le traiga réditos a largo plazo.

Debemos educar en la igualdad para entender la diferencia.

Para mi ser feminista tiene que ver con que no haya más trabas y que mis hijas puedan vivir en un mundo donde puedan elegir ser lo que quieran. En el que la cultura de la violación no sea una norma.  En el que los que ven en el feminismo un enemigo entiendan que somos iguales ante los ojos de lo que quiera que sea que domine el universo (sea el Dios cristiano, una ecuación sintiente, o el Dios del espagueti volador).

Ojalá sea el Dios del espagueti volador.

Y es de una indolencia tremenda banalizar ese discurso, esgrimiendo el meme tonto, el sarcasmo de redes sociales o victimizarse, fragmentando lo que debería ser una sola consigna sólo porque crees que el feminismo es la venida del anticristo.

Entender que lo que reclaman las chicas es algo justo y de perogrullo es el primer paso para ser una sociedad más igualitaria.

Mis hijas duermen tranquilas mientras su gato les calienta las patitas sabiendo que pueden ser lo que quieran. Me gustaría que para todas las niñas del mundo eso también fuera una certeza.