Lecciones de vida: vivir juntos por primera vez

Primero tú, luego con él.

La primera vez que decidí salirme de casa para independizarme, tenía 22 años, vivía sola con mi madre, ya trabajaba, tenía mi propio auto y un novio que me traía loca. Un hermoso chico bohemio de voz grave, 3 años mayor que yo y artista plástico. Toda la historia pinta bien hasta que empezó a vivir conmigo.

La teoría de mis padres se hizo realidad: cuando tienes una relación inmadura y tu chico es testigo del paso de vivir con tus padres a tu primer apartamento sola, es súper común que termine viviendo él contigo.

La edad tiene mucho que ver. No pasábamos de los 25, teníamos demasiada libertad (porque él vivía en su taller, solo) y yo estaba locamente enamorada del susodicho. Eso empeoró las cosas y me dio una nueva perspectiva sobre las relaciones.

Una relación sana se compone de varias cosas, entre ellas la capacidad de ambos de hacer equipo, la responsabilidad y el respeto: del espacio, del dinero y de la vida del otro. Pero bueno, es casi imposible entender eso a los veintes.

El movimiento fue demasiado sutil, estaba tan encantada con el cambio y comprando las primeras cosas para el hogar, disfrutando la nueva etapa de mi relación con ese complejo de adulta y con el futuro ideal a su lado.

Darme cuenta de que la fórmula no estaba funcionando, me tomó varias discusiones y catarsis espantosas (que hoy agradezco), en las que una parte de mí se negaba a poner límites porque pensaba que si de verdad lo amaba tanto debía compartir todo con él, y por otro lado con la sensatez de reconocer que yo también merecía que él hiciera un esfuerzo.

Nunca me puse a pensar en cosas tan importantes como la personalidad. Para él todo era subjetivo y bello, no había reglas y mucho menos podía seguir una norma. Todo era salirse de la raya, igual que en sus cuadros.

Del otro lado yo, acostumbrada al orden y a los procesos, creía todavía en uno que otro método tradicional para hacer las cosas. Pero bueno, lo amaba y contra eso ¿qué? El mundo entero puede decir que estás loca, pero yo realmente disfrutaba hacerme responsable de casi todo, incluso de él.

Mezclar enamoramiento con inmadurez y libertad no deja muy buenos resultados. A los 22 años tenía una vida para la que definitivamente no estaba lista por una razón muy simple: no me había dado la oportunidad de conocerme fuera de casa y bajo presión por resolver conflictos sola.

Qué les digo del rompimiento, la escena era como de un matrimonio fallido antes de comenzar; gritos, reclamos, culpas y todo el menú de lo peor. Él nunca sabrá cuánto le agradezco haber sacado a la luz mi lado más egoísta y cruel. Porque ahora lo conozco y no lo quiero volver a poner sobre la mesa nunca.

Si me hubiera tomado el tiempo de disfrutar mi espacio y vérmelas como pudiera con mis propios asuntos, antes de hacerme responsable de los de alguien más, entonces hoy tendría a un gran amigo y no a un exnovio enfurecido.

Estar cobijada por el amor de las personas que están cerca de ti es muy lindo, pero llega un punto en el que debemos salir de ahí y descubrir si somos capaces de sobrevivir bajo nuestros propios medios.

La lección fue que no importa si estoy con el  príncipe azul, el amor de mi vida o el hombre más increíble del universo, mis decisiones son mi responsabilidad y cuando se trata de construir una vida, el paquete está pesado y pueden salir cosas nunca antes vistas en ti. Por eso, lo mejor es descubrirlas tú solita antes de compartirlas con alguien.