Preocupaciones del cuarto de siglo

Pequeñas (y no tan pequeñas) preocupaciones que pasan por mi cabeza todos los días

Ni tan verde ni llena de experiencia y sabiduría, estar en este punto medio de la vida adulta debe ser el equivalente a cuando un bebé ya está harto de gatear pero no sabe cómo dar los primeros pasos.

Creo que al menos unas seis veces al año recuerdo que cuando era niña pensaba que a esta edad ya estaría casada, trabajando y con un par de adorables hijos en mi linda casita – y es que cuando eres pequeña, alguien de 25 años te parece lo suficientemente viejo como para haber logrado todo eso sin la menor preocupación.

Y luego cumples 18 años y te sigues sintiendo una niña a la hora de enfrentarte a problemas grandes y un adulto cuando te conviene, como cuando quieres llegar más tarde a casa. Cumples 22 y no sientes la diferencia de cuando tenías 18, más que unos kilitos de más o de menos. Bueno… eso me pasó a mí.

No sentí el verdadero crecimiento hasta hace algunos meses, cuando realmente tuve que enfrentarme a la vida independiente. Y entonces, todo cayó de repente como agua que revienta una presa con toda sus fuerzas. Primero, están las mil y un comidas que (si no eres un as de la cocina) hubieran estado más ricas si no se te hubiesen quemado tantito. 

Luego está eso de lavar y planchar la ropa para no parecer que recién saliste de la cama. Las deudas bancarias. Tener una televisión y contratar el servicio de cable porque no puedes desaprovecharla. El pago de tu cuenta mensual de celular. Hacer más ejercicio y comer cada vez más saludable para contrarrestar el paso de los años. Consolar a tu mejor amiga que recién terminó una relación de 7 años que podrías jurar era un romance ejemplar; tratar de no preocuparse por la vida amorosa de una misma.

Y eso es solo por lo que está pasando ahora o por el camino recorrido pero ¿qué pasa con todo lo que viene? Esa es una de las formas de tortura favoritas. Pensar en el futuro; preguntarte si encontrarás un trabajo que te haga feliz y te permita ganar lo suficiente como para no preocuparte -demasiado- por lo material, tener miedo de perder la firmeza de tu piel, de que se te caiga el cabello, de ser la última en casarte o peor aún, de no vivir nada de lo anterior.

Supongo que cada edad tiene su propio nivel de dificultad; en la adolescencia era el sentimiento de que nadie te comprendía, y ahora, yo diría que es la constante interrogante de ¿estaré haciendo las cosas bien?… Sea como sea, hay que disfrutar el momento; los sabores y sinsabores para poder librarla y tranquilamente decir “¡No me volví loca! ¿Ahora qué sigue?”