Ignacia Allamand y su genial técnica de "sanación geográfica"

Instagram: @ignacia_actriz

Una viajera empedernida siempre tiene el pasaporte al día, tres tamaños de maleta, zapatos para nieve y un bikini salvador, o al menos sabe dónde pedir prestado. Yo soy de esas, siempre lista como un boy scout para partir a conocer cualquier pedazo del mundo que tenga pendiente o que quiera profundizar. Reconozco que además tengo la suerte de tener tiempo y amig@s que disfrutan de mi compañía y habilidades trotamundistas, y constantemente me invitan. No habría conocido ni la mitad de los lugares que he visitado si no fuera por trabajo y convites, y siempre voy a estar agradecida por esta estrella que me acompaña desde chica cuando, frente a la pregunta “¿qué quieres ser cuando grande?”, mi respuesta instantánea era “turista”.

A pesar de haber declarado que “no existe ningún lugar del mundo que rechazaría conocer”, sí existen lugares que habitan en mi recuerdo como “ciudades de mierda” y a las que no querría volver. Ciudades donde lo pasé mal, hoteles donde lloré, calles donde me sentí sola y frustrada. Casi todas, por supuesto, asociadas a personas, a rupturas o puntos de quiebre de relaciones insalvables. Para mí, viajar en pareja y pasarlo mal es una señal inequívoca de que algo esta podrido. No me refiero a tener conversaciones dolorosas y honestas, ni siquiera a peleas explosivas e hirientes. Hablo de no encontrarse, de no lograr disfrutar juntos, de no saber llegar a acuerdos amorosos. Los viajes siempre son para adentro también… La perspectiva, la distancia, el tiempo; todos esos factores convergen en un espacio acotado de días y es muy difícil que no aparezcan sentimientos, bueno y malos, que en otras circunstancias se ocultan en la rutina.

Cuando me llegó la invitación para ir a Madrid y Londres, mi primera reacción fue NO. Odio esas ciudades. La última vez que fui lo pasé mal. Son lugares hostiles, de gente fría, y no recuerdo haber estado más triste que en la maldita Plaza del Rey, o haber llorado tanto como en el bloody Hyde Park. No quiero ir. Gracias, pero no gracias. Paso.

¿Qué estaba pasando? ¿Era posible que por primera vez no quisiera viajar? ¿Podía una ciudad ser hostil en sí misma? ¿De qué me sirven los libros que leo, el trabajo personal que hago, si al final del día no me hago responsable de mis experiencias? Es tan fácil culpar lo externo. Uno de mis gurús contemporáneos, Will Smith (sí, el del “El príncipe del rap”, no me juzguen) hablaba el otro día por Instagram sobre la diferencia entre la culpa y la responsabilidad, y cómo lamentablemente una no se encarga de la otra. Porque puede ser que tu no tengas la culpa de que ese príncipe se haya convertido en sapo después del primer beso, pero sí es tu responsabilidad aprender de eso, avanzar, y ser feliz. Nosotros elegimos, y a veces nos encantaría que los culpables hicieran el trabajo de reparar nuestro corazón roto, pero lamentablemente no es trabajo de ellos arreglar este entuerto. Somos los únicos que podemos hacernos cargo. Nadie más.

Partí entonces, con abrigos prestados y muerta de miedo al Viejo Continente, a sanar el pasado. Al llegar al aeropuerto de Barajas ya quería vomitar. Los recuerdos me atacaron como los dementores de Harry Potter, y amenazaron con robarse mi alma. Pero respiré profundo, me lavé la cara y me entregué, incluso, a disfrutar de esa pena que me había negado a vivir antes porque estaba tan llena de rabia y desilusión. Y qué noble es la tristeza a veces. Cuando iba en el auto camino al encuentro de mis amigos, el sol precioso sobre Madrid empezó a derretir el hielo, y supe que había tomado una buena decisión.

No faltaron momentos en que reconocí lugares donde había sido miserable, pero los perdoné. Y los más importante, me fui perdonando a mi misma.

Al aterrizar en Londres ya había desarrollado una nueva técnica personal de sanación de espacios, que consistía en detenerme, respirar, sonreír, y agradecer. A algunos les parecerá absurdo, pero a mí me pareció genial.

Cuando al final de una función de teatro, donde tuve el placer de ver a Jeremy Irons, la gente aplaudió, patudamente me apropié de esa energía como si fuera para mí. Y aplaudí a los actores, y a mí misma. Por hacerme cargo y permitirme ser vulnerable. Y me reí fuerte. Porque cada día aprendo mejor cómo atreverme a ser feliz.

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