Diversión

Tomar en brazos a nuestros niños: ¿bueno o malo?

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La columna de Varinia Signorelli C.
www.terapiainfantil.net

Nos conmueve la fragilidad con la que observamos que nacen nuestros hijos. La condición en la que emergen a la vida es de dependencia absoluta, de una necesidad estruendosa de sostén, protección, cuidado. En pocas palabras: los recién nacidos necesitan de otra persona para sobrevivir al cambio de ambiente, luego de haber estado meses dentro de sus madres.
¿Por qué? Porque el ambiente dentro del útero materno es absolutamente distinto al ambiente al que les toca llegar; se genera entonces un abismo de diferencia entre el lugar donde estuvo (útero) y el afuera. El cuerpo de la madre proporciona al recién nacido el único alivio, necesita de contacto. El cerebro tiene fundamentalmente dos necesidades sensoriales: el olor y el contacto a través de la piel, lo cual le garantiza que está seguro.
El recién nacido que es contenido por su madre y está en contacto físico con ésta logra sentirse seguro, por lo tanto desarrollará todo su potencial cerebral, ya que estará en calma y en un ambiente conocido.
Es importante entender esta satisfacción por el contacto, de ser sostenido y cargado por la madre como un hecho trascendente en la vida de nuestros recién nacidos. Trascendente porque va a tener un alto impacto en nuestra vida emocional y determinará la futura interacción con los otros. Es así que el vínculo que establece la madre con su hijo o hija, en primera instancia, va a jugar un rol importantísimo en la estabilidad emocional de cada uno.
¿Cómo nos vinculamos con nuestro hijo o hija recién nacido (a)? A través del contacto, en los cuidados, en los cariños diarios, nos contactamos a través de cargarlos, sostenerlos constantemente y alimentarlos.
La lactancia juega un rol fundamental, no tan sólo como alimento para el cuerpo de nuestros hijos, sino que como alimento para el alma, para el vínculo y para generar en los recién nacidos bienestar físico y emocional. Es bien sabido que el amamantar es 10% nutrición y 90% estimulación: sensaciones, olor, visión. Por esta razón es la leche materna la que completa la maduración de nuestros hijos en el contacto, a través de las terminaciones nerviosas de la piel. La lactancia se ve beneficiada cuando cargamos a nuestros niños, al tenerlos cerca el cuerpo "sabe" que tiene un cachorro cerca y fabrica más leche. La leche materna es tan perfecta que va variando durante las semanas, los días, incluso las horas. Va variando en torno a las necesidades del recién nacido, al entorno, a las enfermedades del ambiente (para proporcionar anticuerpos), al crecimiento del niño o niña, es decir, es perfecta para cada hijo.
El mantenernos en contacto piel con piel con nuestros hijos y amamantarles cuando lo requieran generará un círculo virtuoso, ya que el niño o niña se sentirá seguro, crecerá en óptimas condiciones, y nosotras como madres estaremos más seguras, ya que habrá mayor sintonía con las necesidades del recién nacido y el cuerpo generará más leche para satisfacerlo.
Nuestros cachorros necesitan brazos, no pueden calmarse solos; necesitan leche materna, no sólo por el aporte nutricional, sino porque se genera un vínculo protector. Ahora que ya lo sabes, que nadie te diga "no tome a su guagua en brazos cuando la necesite"; que nadie te diga "deje de darle leche, porque no sube de peso". Sabemos que la lactancia prolongada lo protege emocionalmente, y sabemos que no debemos dejarlos llorar porque no pueden consolarse solos y necesitan de los brazos de quien más aman.