Pellejerías de una separada: El nuevo cuento del tío. Por Leo Marcazzolo

Y así comienzan: primero llaman a un incauto padre, previamente dateados (o ni tan dateados porque, en muchas ocasiones, ni siquiera le achuntan a que sea padre), y después comienzan a asustarlo con la chiva de que le han secuestrado a su pupilo/a desde el colegio......

 

 

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Por Leo Marcazzolo
El nuevo cuento del tío se adapta perfecto a las circunstancias: el caso Penta, el caso Caval, y la entrada de los niños a clases (la mayoría de los cuentos del tío se generan desde la cárcel). Logro imaginarlo perfecto. A los "imputados" allí instalados, en sus catres metálicos "gélidos", diciendo "shiuuuu, si hay tanto apitutado haciendo lo que se le da la gana, ¿por qué yo no?, ¿qué me demoro?". Y así comienzan: primero llaman a un incauto padre, previamente dateados (o ni tan dateados porque, en muchas ocasiones, ni siquiera le achuntan a que sea padre), y después comienzan a asustarlo con la chiva de que le han secuestrado a su pupilo/a desde el colegio. El antisocial hace gala de sus mayores dotes histriónicos, poniendo la voz de mayor peligrosidad posible para atrapar a su víctima. Dice cosas como "deposítame po´ machucao´ o si no te voy a partirte al cabro chico en dos" o "son siete palos, o no lo volverás a ver", y luego dicta el número de su Cuenta RUT. La idea es que el engañado termine tan aterrorizado que deposite inclusive antes de verificar los datos.

Los que caen, según Investigaciones, deberían ser caratulados como "víctimas facilitadoras del crimen", que en otras palabras significa "individuos dúctiles a las presiones del hampa". Yo, por ejemplo, una vez –y contra mi voluntad– fui "dúctil a las presiones del hampa". Sería injusto no recordar aquí la manera en que sonó el teléfono a eso de las siete de la tarde en punto, antes de que cayese el sol, mientras escuchaba a Nash. Nash decía que "a veces el camino entre la cuna y el cementerio no se demora nada", cuando de pronto levanté el auricular y comencé a oír una voz traposa desde el otro lado. Lo primero que dijo fue que pertenecía a Carabineros, y que mi mamá había tenido un accidente "mortal, mortal" y que estaba "grave". "Está malita malita su madre", dijo, sin profundizar demasiado. "La encontramos tirada, y aún no sabemos si morirá o quedará vegetal", agregó, y luego comenzó a dar descripciones exactas del vehículo: Peugeot 505, rojo, patente 5412-B. La voz aseguró, además, que se había estrellado contra un poste y que había quedado como "acordeón". Aún pienso que cuando alguien le cuenta a otro alguien algo así de su madre, de verdad existe la maldad en el mundo. La palabra "acordeón" me llevó de inmediato a recrear cada detalle del último momento en que la había visto (una hora antes de aquella llamada), su voz quejumbrosa al pedirme agua, sus dedos temblorosos al tomarse sus pastillas, sus ojos febriles, su rostro mareado, y su jaqueca. Pensé "las luces de los semáforos le bailaron en las pupilas, y se estrelló". O "un gato se le atravesó en el camino y se estrelló".

La voz, en tanto, no cesaba en ningún momento de describirme una a una todas las calamidades que podrían pasarle. Eso hasta que de pronto me comunicó "que debía trasladarla a la clínica urgente" y que necesitaba el "depósito ya" en su Cuenta RUT. La voz aseguraba, además, que llevaba más de cuarenta minutos desangrándose "cuáticamente" frente al poste. "¿Cómo alguien podía desangrarse cuáticamente frente a un poste?", le pregunté, y creo que en ese momento –y no en otro– se comenzó a desarmar su discurso. "Señorita, quiero asegurarle que su mamá está aquí, ¿quiere escucharla?", me preguntó, y acto seguido me la puso, supuestamente, al teléfono: "Mmmmm, mmmmm, de-po-si-ta-le, mmm, sálvame, mmmm, de-po-si-ta-le", dijo mi supuesta madre que, según la voz, hablaba así únicamente debido a que tenía la boca vendada. "¿Cómo podía estar con la boca vendada si aún no había sido atendida?", volví a preguntarle a la voz. Y nuevamente me insistió en que debía depositarle enseguida. "No te pongai chúcara, po´ cabrita", dijo y luego –como recapacitando que no podía hablarme como "antisocial"– volvió a su antiguo rol de carabinero y me informó que mi mamá no había chocado "na´" con un poste no más, sino que además, había atropellado a una embarazada, un perro y un niño. "Su mamá dejó la crema aquí, así que mejor deposíteme", dijo, y le corté. No quedaba nada que decirle.