Pellejerías de una separada: Un agarrón en el cine. Por Leo Marcazzolo

Enfrenté, en ese entonces, mi primera película de amor. En el barrio comentaban que aparecían calzones, gente respirando "muy pero muy raro", y la mezcla de dos lenguas interactuando (esa fue la primera vez que escuché la frase "lenguas interactuando").

 

 

 

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Por Leo Marcazzolo.

 

Ahora que estoy separada, voy al cine sola. No es tan triste. Saco la entrada (con algún descuento), compro un sándwich, me instalo y me inserto en la vida ficticia de alguien más. El otro día fui a ver "Alma Salvaje", del director canadiense Jean-Marc Vallée, y prácticamente no había nadie. Puse los pies sobre una butaca y comencé a sentirme bien. Desacralicé el cine. A los 9 años, en cambio, tenía que ponerme zapatos de charol y vestido de florcitas.

Enfrenté, en ese entonces, mi primera película de amor. En el barrio comentaban que aparecían calzones, gente respirando "muy pero muy raro", y la mezcla de dos lenguas interactuando (esa fue la primera vez que escuché la frase "lenguas interactuando"). Me acompañó mi primo de 8 años y mi nana. Fuimos a un cine donde dejaban entrar "menores" a películas de "mayores". Mi nana era coja y caminaba con dificultad, mientras mi primo me desnucaba las muñecas y me levantaba los vestidos.

Fuimos a ver "Hechizo de un beso", y llegamos con una hora de antelación. La gente fumaba sus cigarrillos en el hall de entrada. Queríamos la fila F. Los asientos: 24, 26 y 28. Eran los 80, y existía una boletería, una taquilla, y una mujer que atendía la taquilla, propia de los 80. Hoy sería injusto no describir con todos sus detalles cómo lucía aquella mujer; cómo era esa octogenaria de ojos tristes y nostálgicos, que no tenía nada que ganar ni que perder. No decir además, que estaba sentada justo en un pisito de cuerina café, con un cigarrillo prendido que se consumía en un cenicero de tienda china, tras una ventanilla amarillenta, con una boleta diminuta pegada con cinta adhesiva en el vidrio, que indicaba el valor de la entrada.

Tenía cuello de tortuga y anteojos. Le pedimos los tres asientos de la fila F, y aunque los tres papelitos estaban muy visibles, clavados en sus respectivos agujeritos de la taquilla, nos los negó. Nos hizo lo mismo con la G y la H. La octogenaria sólo se reía y mascullaba cosas. Cosas ininteligibles que sólo entendía ella. Nos terminó dando tres asientos, perdidos, de la fila J. Mi nana dijo que esa fila sólo servía "para pololear". Dijo eso y una pareja se instaló en la I, justo delante de nuestros pies. Mudos. Tiesos. Como si se hubiesen tragado un palo de escoba, sin siquiera mirarse. Aún no abrían las cortinas, y aún no apagaban las luces, y mi nana comenzó a masticar huevitos de almendras.

Encendieron las luces y siguió masticando huevitos. El hombre de "El mundo al instante" comenzó a hablar, y fue ahí y no en otro momento cuando el chico finalmente se atrevió a buscar su mano. La chica aún la mantenía empuñada. La butaca comenzó a crujir de manera extraña cuando logró entrelazarle los dedos. Sólo se dieron un beso varios minutos después. Luego, como en una cadena que iba in crecendo, comenzaron a abrazarse, tocarse y meterse mano. Al mirarlos, sólo ahí comprendí por primera vez lo que significaba realmente un beso. Cher besaba a Cage, mientras nosotros éramos testigos de gemidos mucho más cercanos.

Un extraño brillo se asomó, de pronto, en los ojos mi primo. Me dijo que quería hacer "algo" para "enfriarlos". No entendí lo que quería hacer. Como tampoco entendí después cómo comenzó a urdir su plan: cómo se decidió a abrir su Koyac, metérselo a la boca, sacárselo, y lanzárselos. El Koyac cayó justo en el centro de la cabeza de ella. Aún logro verlo enterrado allí, rojo, enmarañado en su pelo rubio. La pareja sólo se dio cuenta de todo mucho después, recién cuando mi primo comenzó a cantarles "el burrito San Vicente, lleva carga y no la siente". Y terminó de percatarse definitivamente cuando mi nana selló el asunto gritándoles que eran unos "degenerados, salvajes" por "haberle quitado el Koyac al niño".