Lucía López y sus "Cuentos para ir a la cama": Fantasías eróticas de mujer

La periodista Lucía López invitó a 25 mujeres de diferentes ámbitos a alinearse con un objetivo: transmitir que es posible vivir la sexualidad en libertad. Una de estas invitadas fue nuestra columnista Leo Marcazzolo, y este es un extracto de su cuento. El libro es de Editorial Planeta, y lo encuentras en librerías.

 

Imagen foto_0000000120141216105521.jpg

La cantina del sexo grupal
Antes de entrar al DYO habíamos cerrado un pacto entre yo y el Pancho. No tiraríamos. Pasase lo que pasase, nosotros nos quedaríamos sólo como espectadores. Era una puerta azul la del DYO. De ese clásico tipo de puertas que no dicen mucho. Como de casa pareada del barrio Italia o Sucre. Pese a eso, el Pancho se calentó con sólo mirarla. Ya había ido varias veces antes –a ese bar de swingers– y se había hecho adicto a la tonterita. Sabía perfectamente lo que pasaba allí. Disfrutaba con eso de acostarse con una desconocida frente a un montón de desconocidos. Intercambiar parejas sólo por diversión.

Con el Pancho esperamos un buen rato frente a la puerta. Más de diez minutos en que sólo estuve imaginando escenas de sexo aterradoras. El pacto en el DYO era tácito. Primero se conversaba y después se tiraba. Sexo como café instantáneo, aseguraba el Pancho. Y todos lo asumían así. Menos yo, claro, que iba en calidad de "mirona". Únicamente arrastrada por la verborrea de mi compañero. Antes de ir me había convencido de que en el DYO podría tener la "experiencia más alucinante del mundo".

–Y si no la vives no pierdes nada. Total, ¿qué es una noche en tu vida? –me preguntó.

Y con ese argumento terminó por persuadirme del todo. Total, ya llevaba más de un año y medio sin sexo y si no hacía algo –verdaderamente radical– podría pudrirme fácilmente. Al menos en algo me serviría mirar, pensé, y justo en ese minuto nos abrieron la puerta. El Pancho me auguró que me terminarían dando
vuelta en seco, y de inmediato le dije que no se hiciera ilusiones.

–Oye, Pancho, yo jamás tiraría en público, ¿te imaginas que después me abucheen porque no les gusta como lo hago?– le pregunté.

Y él me dio una sola mirada asesina. Se rió con malicia y de inmediato supe que no pensaba cumplir su promesa: sería su carnada virgen. Me arrojaría como huachalomo al primero que me echase el ojo. Eso quería el Pancho.

Entramos y aún no se armaba nada. No comenzaba la orgía. El Pancho empezó a ponerse impaciente. Según él, en las otras ocasiones en que había ido había visto un lugar lleno de parejas tirando, y ahora no volaba una mosca. Estaba preocupado. El entorno era más bien lúgubre. Antiguo. Sonaba una canción de Air Supply y las meseras se movían como en toque de queda. Además, estaba repleto de muebles etruscos con cojines de lona y olor a incienso. Nada de felpa o lujo como en las películas donde uno solía ver escenas de Sodoma y Gomorra. No. El DYO se parecía muchísimo más a uno de esos restaurantes de comida peruana de Catedral que a eso. Era desesperanzador. Tanto, que lo más sensato allí era apegarse a la botella. Lo hice. Me tomé más de tres rones –de la peor calidad– al hilo, y a partir de ahí comencé a ver todo el mundo nublado. Como en una película.

Todos los eventos comenzaron a sucederse, como en una secuencia ininterrumpida de fotogramas.

 

Los viejos
De pronto veo a un matrimonio solitario que nos mira con deseo y ruego a Dios que no nos hablen. La mujer nos mira con las piernas abiertas desde la silla de fierro etrusca. Mala imagen. Se aproximan y sigo rogando a Dios que no nos hablen. Nos invitan a su mesa y terminamos sentados con ellos. Ahora que estoy ebria y vulnerable, el Pancho piensa tirarme como carnada(…)