Pellejerías de una separada: Carta de despedida a mi mamá

Te abrumaba ese permanente andar olvidando todo. Decías que sólo la gente vieja se olvidaba de todo. Tú, en cambio, te mirabas al espejo y te veías joven...

 

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Mamá; pese a que hace una semana te fuiste, hoy te escribo esta carta. Estoy en el segundo piso, y me parece estar escuchándote desde la escalera negra de caracol. Solías preguntarme, desde esa misma escalera, qué me podías traer. Solía pedirte "algo" del supermercado, pero dejé de hacerlo porque no quería abrumarte más. Te abrumaba ese permanente andar olvidando todo. Decías que sólo la gente vieja se olvidaba de todo. Tú, en cambio, te mirabas al espejo y te veías joven. Siempre quisiste sentirte joven. Te gustaba ir a Buenos Aires porque te decían "nena". Te gustaba eso de sentarte en una mesita ruidosa de Santa Fe, que llegara un mesero de pelo platinado y humita, y te sirviera medialunas con café negro y te dijera "nena". Te brillaban los ojos de una manera especial, algo se te iluminaba adentro.

Esta semana varias personas han llamado por teléfono preguntando por ti. Al principio me quedo callada. Espero diez, veinte, treinta segundos, y después digo que ya "te fuiste". A veces no entienden cuando digo que te fuiste. Me preguntan "si estás de viaje", o si "te fuiste a algún lugar cercano y ya volverás". A veces digo que "falleciste", pero la mayoría del tiempo cuelgo porque no sé qué contestar. Es raro que te hayas ido.

 

Siempre creí que tenías algo que te haría quedarte aquí, que eras superior a la muerte. Lo creí tanto que no supe ver tu enfermedad. No supe descifrar lo descifrable. No supe entender lo que significaban tus 18 horas de concentrador de oxígeno, tu pijama rosado perenne, y tu guatero en octubre. Tus pasos cortos, arrastrándose por el piso flotante, y tus pantuflas. Tu voz ronca y tu respiración entrecortada e interrumpida por los ahogos.

 

Mamá, eran tus últimos días, y yo seguía creyendo que seguirías aquí. Anoche no dormí y entendí la razón por la que me enojé contigo. Me enojé contigo porque la mamá enferma me quitó a la mamá sana. Lo hiciste para que ahora me doliera menos, para que me olvidara más luego de tu sombra. Pero tu sombra sigue aquí. Intacta. Congelada.

Es así como quiero recordarte ahora:
– Quiero recordarte en la parcela bajo un sol luminoso quejándote de calor.

– Quiero recordarte en esa misma parcela intentando palpar la planta del pie de un niño, para extraerle una lanceta de avispa tan escondida que se hace imperceptible a tus ojos.

– Quiero recordarte diciéndole, a ese mismo niño, que te gustan más los perros que los niños.

– Al árbol de Navidad le decías "arbolito", y te gustaba prenderlo y mirarlo. Te brillaban los ojos igualito que cuando te decían "nena".

– Quiero recordarte dándole pan de Pascua a los perros, y discutiendo con ellos porque se afanaban en robarte tus chocolates.

– Quiero recordar tu asombro. Tu asombro en Filadelfia cuando viste el museo de Rodin nevado.
– Cuando te rompiste un taco y te zafaste un pie tratando de correr hacia La Última Cena de Dalí, en Washington.

– Quiero recordar cuando me decías "mamita" y yo te contestaba "mamita", y la gente nos quedaba mirando porque nos encontraba locas.

– Me pregunto cuántas personas te veían y te encontraban loca.

– Me pregunto cuántas personas me ven y me encuentran loca.

– Quiero recordarte esa noche en el Fellini cuando te invité a comer con mi primer sueldo y le pagaste a alguien para que nos sacara una foto. En tu cajón de la mesita de noche aún guardas esa foto. Esa noche nos fuimos caminando hacia el departamento. Te quejabas de que habías comido mucho. Entraste y me dijiste lo de siempre: "entra tu primero al baño, que yo me demoro más". Nunca supe lo que hacías allí, pero siempre te demorabas más. Luego volviste, apagaste la luz, prendiste un cigarrillo y comenzaste con tu ritual de la lucecita. Mami, lo que más me gustaba de dormir contigo era ese ritual de la lucecita. La forma en que bailaban tus dedos, con ese cigarrillo prendido, mientras discutías de algo que te apasionabas mucho. Pensaba que eras la persona más ingeniosa que había conocido nunca. Veía el mundo a través de ti. Seguiré viendo el mundo a través de ti.