¿Crees en las casualidades? Por Leo Marcazzolo

 

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Las casualidades existen. Si no existiesen, primero, mi niño de cuatro años no estaría aquí. Segundo, yo no estaría aquí. Y tercero, mi gato estaría muerto. Su sobrevivencia es fruto de la más pura casualidad. Me lo encontré a una hora y en un lugar extraño, al borde del aplastamiento. Debajo de la rueda de un 4×4, en plena Providencia, a la espera de un milagro. Hoy, a sus 11 años, pese a que continúa con esa misma mirada vacía propia de su pasado suicida, se rehúsa a morir. Mi nacimiento también es otro fruto de la más pura casualidad: nací sin anestesia, en el Hospital del Trabajador de Lima, como la azarosa consecuencia de que mi mamá haya puesto sus ojos justo en un peruano, y no en un chileno, antes de concebirme.

El romance comenzó de manera fortuita. Año 1970. Mi papá llega a Chile "casualmente", luego de ser expulsado de su propio país por "problemas políticos". Nunca especifica cuáles, pero sí admite que el propio presidente de aquella época, Juan Velasco Alvarado, define sus actos como de "alta subversión" y "rebeldía". Hasta el día de hoy me pregunto qué tipo de condoro se habrá mandado mi padre… Da lo mismo. La cosa es que a partir de allí, al igual que en las novelas de Paul Auster, se comienzan a suceder una seguidilla de hechos de lo más improbables. Primero, mi papá escoge justamente Chile y no otro lugar, siendo que podría haber elegido entre una docena de países latinoamericanos o europeos, donde habría tenido muchísimas más oportunidades que en este. Segundo, entra a trabajar justo al Centro de Investigación Sociológica perteneciente al tío de mi mamá, siendo que lo más lógico es que hubiese optado por cualquier otro más conocido. Elige ese "casualmente" porque una "extraña" y "poderosa afinidad" con el dueño lo conduce a permanecer allí. Tercero, mi mamá sale precisamente ese mismo año de la universidad, y necesita urgente una práctica. Toma lo que tiene más a mano: el Centro de Investigación Sociológica de su tío. Comienza el mismo mes en que mi papá es contratado.

Fue cuestión de tiempo que se conocieran en un día lluvioso. En el paradero de micro de Macul, al frente de la Universidad de Chile, con miles de pensamientos en la cabeza. Mi papá intentaba vanamente prender su Lucky Strike sin filtro, bajo un diluvio de agosto, y mi mamá estaba allí, mirándolo por el rabillo del ojo y encontrándolo atractivamente "errático". Mi mamá por aquel entonces, extrañamente, era contínuamente atraída por situaciones erráticas. Los hombres y las cosas que funcionaban mal la atraían: los cines donde las películas se caían, los carteros que desconocían las direcciones, las profesoras que confundían las caras y nombres de sus alumnos. Y, por supuesto, los hombres que no sabían hacia dónde mirar. Mi padre era uno de esos, de los que no sabía hacia dónde mirar. No puedo imaginar cuál habrá sido el tenor de sus conversaciones. Pero sí sé que sólo tres meses después se casaron, y tres años después nací yo. Luego, treinta años después, llegó mi ex.

Mi ex también arribó por casualidad a mi vida. Lo conocí en una fiesta en la que nunca debí haber caído. Nadie en ese momento hubiese llegado a una fiesta: estaba resfriada, el lugar quedaba lejos, y el cumpleañero me caía mal. Muy mal. Pero pese a todo, una extraña porfía me obligó a llegar. Y lo primero que vi fue al hombre que después se convertiría en mi ex, forrado en la misma parka verde con gorro de piel con la que siempre había visto al tipo que más me había gustado en la vida. La atracción fue inmediata. La parka me llevó a él, y a él lo llevó mi escote. Sólo gracias a la parka –y a ese remoto recuerdo– me acerqué a él y duré hasta las cinco de la madrugada allí. Hoy nuestro hijo está aquí y no puedo dejar de preguntarme una y otra vez qué hubiese pasado si mi ex "casualmente" no se hubiese puesto esa parka.