La pesa: me gustaría ignorarla, pero está. Por Leo Marcazzolo

 

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Desde que tengo recuerdo que la pesa existe. Siempre fue mi enemiga. Le temo. Le siento miedo cada noche y cada mañana cuando me lavo los dientes. Me gustaría ignorarla, pero está. Siempre. Debajo del lavatorio. No me atrevo a pesarme. Blanca, pálida, con sus numeritos de medición. Recordándome cada pizza, hamburguesa, lasaña o pan con mayonesa que me he comido. Hace un par de semanas que ésta última –gracias a su consistencia cremosa y blanquecina– se ha convertido en mi perdición. Al igual que un antiguo comercial de una famosa marca que todavía existe, también considero que le viene a todo. Le pongo al arroz, la carne e inclusive al puré.

Mi afición por ella comenzó con las papas nocturnas de mi pequeño niño. Allí comenzó a hipnotizarme. La mayonesa. Mi niño tiene dos años y medio y aún duerme en mi cama. Es incapaz de pasar una noche completa dormido. Brama. O comienza a darme pequeños golpecitos para despertarme. Me dice "mamá, quiero papa", y yo trato de hacer hasta lo imposible por hacérsela rápido y continuar mi sueño. Cuando entro a la cocina se desata todo. Mi gula. Me veo allí desamparada, con mi pijama de polar rosado y mi vista pegada en la mamadera que da vueltas y vueltas, reiterativamente, en el microondas, e inevitablemente comienzo a pensar en qué puedo comer. Saco la mayonesa y comienzo a prepararme un pan tras otro. En los treinta segundos que pasó allí, a veces hasta soy capaz de consumir 300 calorías sin darme cuenta. Las contabilizo y me siento culpable. Al día siguiente me enfrento al verdugo. La pesa aún me espera. Pálida y oxidada en su rincón. Le prometo que me portaré bien, pero aún así no perdona.

Los que nacemos con este bichito, invariablemente no conseguimos portarnos bien. El bichito vuelve una y otra vez a nosotras. Aunque hayamos adelgazado nos perseguirá por siempre. "La conciencia de la gorda" seguirá allí. Yo nací así. Nací con esta misma sensación de hambruna que me perdura hasta hoy. Tan hambrienta nací que apenas la enfermera me puso por primera vez en la teta de mi mamá nunca más quise moverme. De inmediato comencé a mamar y a agitar mis bracitos con una determinación que asombró a todos. Como una experta mamadora. Me veía demasiado feliz, cuenta mi mamá. Tan feliz como se ve un patito que nace chapoteando en su agua. Pese a eso mi mamá no era feliz. Temía por la resistencia de sus propias pechugas. Tanto que cuando cumplí los tres meses comenzó a aguardar lo peor. A obsesionarse con el futuro nacimiento de mis incipientes dientes. Mis dientes nacieron y sus preludios se hicieron verdad. Mis dientes, a sus ojos, eran como los peores caninos de un lobo. Según su propio testimonio llegaba al extremo de convocar a Belcebú cuando yo mamaba. Repetía una y otra vez que "su niña" –osea yo– era insaciable. Intentó echarse cualquier menjunje para espantarme. Ají rojo, Tabasco y hasta yodo, pero aún así no lo logró. Finalmente no le quedó más remedio que dejarme llorar.

Mi imagen la aterraba, al igual que mi propia figura me aterra hoy. A veces, cuando me veo reflejada allí, contra el espejo del microondas, sólo puedo pensar en lo gorda que fui. Hoy estoy flaca, pero como el fantasma aún me persigue, temo volver a lo mismo. Pienso en la morbidez que a mi padre lo persiguió por siempre. En la escena de mi padre comiendo sus huevos revueltos con tocino en el comedor. Pienso en cómo fijaba su vista en las yemas amarillas, y las lonjas rojizas que tenía al frente. De alguna forma me parezco a mi padre. Heredé su ansiedad. Mi padre lloraba mientras comía. Nadie sabe muy bien por qué, pero sus córneas reaccionaban "extrañamente" frente a cada bocado. La pesa nunca fue su verdugo. Pero el mío sí, y por eso nunca dejaré de temerle.