Aquí está el verdadero Chile, ¿lo conoces? Por Leo Marcazzolo

Me equivoqué. El verdadero Chile no está en Plaza Italia. O sea, también está, pero no tanto. No como en los karaokes.

 

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En los karaokes encontré la vena. Fui a tres y podría dar un veredicto: ahí está Chile. Ahí está el masoquismo chileno. Ahí está la gente que se tira a capela –sin red– al matadero: primero frente a un animador que es un verdadero animal (rechoncho, borracho y artista frustrado) y segundo frente a un público que sólo busca morbo.

El morbo es el eje fundamental. Funciona como elixir. El público se lo toma, lo saborea y lo escupe. En el primer karaoke la cosa comenzó temprano. A eso de las nueve ya estaba lista. Primero apareció un animador haciéndose el simpático y después –de la nada– una fulana "no muy agraciada", levantó su dedo y se subió al escenario. La lista de las que vendrían después era larga. La tipa era una verdadera arpía. Lo sé, porque a estas alturas, ya me instruí en oler arpías. Comenzó a coquetearle al animador. Como si su marido no estuviese allí. Como pobre diablo lo trataba al marido. Éste era gordito y pelado, y ella, flaca y muy alta. Tenía cara de caballo, piernas chuecas y sonrisa permanente. Comenzó a cantar y siguió clavando –con total descaro– sus ojos libidinosos en el animador. Se sentía con derecho a hacerlo. Su marido no reaccionaba. Sólo aplaudía. Estaba adormilado el hombre. Descubrí que eso era muy común en los karaokes, que se diera esa combinación: hombre adormilado con mujer arpía. Parte del morbo también estaba allí en "sacarle pica al marido" con el seudo showman sudado.

Al parecer la mujer cobraba venganza. O al menos eso fue lo que insinuó. Le dijo al showman que él "estaba más rico que su marido", que "le faltaba regaloneo", y que "le hicieran na-nai" en no sé qué parte del estómago, la bruta. Guácatela. Insólito. Yo ni siquiera en los peores minutos de mi matrimonio hice tal fechoría. Lo único que sé es que si Shakira hubiese estado allí –viendo la imitación que hacía de ella– ni siquiera se hubiese podido levantar de la cama. La tipa fue definitivamente un desastre. Emitió alaridos de cuervo, se quedó muda en varios momentos y, por último, le dio un gran beso en la boca al showman. Pero eso no fue lo más extremo de todo. Lo más extremo de todo fue que su marido continuó adormilado. La gran carcajada de los asistentes fue trepidante y él siguió allí, inmutable. La arpía salió y subió una gordita.

Más morbo a escena. Increíblemente, el morbo no cesaba de alimentarse nunca. Como máquina de salchichas. La gordita quería cantar a Amaral. El animador se burló, le preguntó si "acaso tenía marido" y como ella le contestó que no, le preguntó si acaso "se lo había comido". El público se río, pero la gordita no. Me acordé de algo que decía un amigo. Un amigo decía que existía una gran diferencia entre "reírse con alguien o de alguien". Bueno, en este caso, todo el mundo se río de la gordita.

En los karaokes pasa eso. La gente se ríe de la gente pero no con la gente. El morbo está en la resistencia. En ese viejo dicho que sostiene: "mientras no me pase a mí, todo vale". La gordita resistió hasta que le dio puntada. Se cantó el tema completo de Amaral y después se fue. El animador siguió hasta el último minuto burlándose de ella. De su trasero. Luego subió una novia. La novia quería juerga. Figuraba con una corona de papel, completamente ebria y decadente. Veía todo distorsionado. Creía que el animador era vedetto. Le decía que estaba "rico" y que se "desvistiera ya". Le pedí a Diosito que no lo hiciera.

Diosito estaba en otra. Se sacó la camisa el animador. Todo pasó en segundos. Jalea en el estómago. Cara de mareo de la novia. Desmayo. Y por último, lo increíble. Algo nunca antes visto. Todas las mujeres entrando en razón y gritando: "guatón, vístete". Y él allí, mudo, más mudo que la gordita o que el marido adormilado.