Pellejerías de una separada: La llegada del achaque. Por Leo Marcazzolo

El primer síntoma de su enfermedad le cayó –como un meteorito desde el cielo– en un banco. Tal cual. Primero cayó, y luego la rescató un funcionario que la mandó a su casa.

 

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La tía Silvia fue la primera que me dijo "sepárate". Y no precisamente porque fuera de vanguardia, sino porque era sensata. Un día mientras estaba rellenando sus zapallitos árabes me lo dijo. "No puedes seguir viviendo como el perro y el gato". Según ella, yo era el perro, y mi ex, el gato. Eso ocurrió hace más de un año. Cuando ella aún vivía, y cuando aún era feliz. El primer síntoma de su enfermedad le cayó –como un meteorito desde el cielo– en un banco. Tal cual. Primero cayó, y luego la rescató un funcionario que la mandó a su casa. Lo sé porque la fui a ver, y ella misma me lo dijo. "Me rescató un hombrecito muy parecido a un Playmovil", me contó. Se veía frágil, delgada y pálida. Su cabeza era un punto milimétrico suspendido en la inmensidad de su almohada. Esa era la imagen. Pese a eso, el doctor le dijo que ni siquiera podía "comenzar a pensar en estirar la pata". Le atribuyó todo a los "achaques de su vejez".

Vejez prematura acaso. No sé. Sólo supe después que se puso a tomar ron como condenada, y volvió a contentarse. Por más de cuatro meses. Luego, el 21 de mayo amaneció nublado, y volvió a caer. La encontré con la vista pegada en la ventana, en el movimiento uniforme del viento contra un manzano. La melancolía, otro síntoma más de su "achaque". Le llevé más de diez pasteles. Comenzó a tragárselos. Volvió a alegrarse. Se puso a contar infidencias de su difunto esposo. Arrugaba los labios y se le chorreaba la crema Chantilly mientras lo hacía. Confesó que a su difunto esposo no le gustaba mucho "acostarse con ella", y que cuando le venían las ganas –que era tarde, mal y nunca– jamás se acordaba de sacarse los calcetines con olor a Cheddar. Ese olor le causaba risa. Nunca supo de un orgasmo. Sin ir más lejos, esa tarde, mientras continuaba comiéndose sus pasteles, de pronto me preguntó que cómo eran los orgasmos, que si acaso eran mejores o peores que un bombón.

"Tener un orgasmo es como sentir un escurridizo rayo de sol en medio de un día frío", le dije. Y automáticamente se quedó pensando. Luego, abriendo aún más su bocaza repleta de crema Chantilly, me tiró un garabato: "¡Media webá tus orgasmos!". Y comenzó a reírse. Quedé pasmada. Su risa retumbó tan fuerte contra las paredes de su habitación vacía que se hizo casi intolerable. "¿Acaso el sarcasmo también formaba parte de sus achaques?", me pregunté. Y después comencé a darme cuenta de que la tía Silvia, definitivamente, ya no tenía retorno. Que su mapa era ya un mapa inexistente. Que su mundo, el mundo donde ella había nacido, comenzaba a desaparecer. Todo. Sus temas, su barrio y su gente. Eso le pasaba. Sus parientes estaban muriendo como moscas, y ella ya no sabía a qué aferrarse.

Le temía a su muerte. Por eso se reía, por eso no quería levantarse, y por eso prefería mil veces guarecerse allí, quieta, inmóvil, como una parte más de su mobiliario inerte, que volver a asomar la cabeza a otro mundo. "Tal vez si no me muevo más, la muerte se olvidará de mí", me dijo de pronto, y yo volví a llamar a su médico. El médico volvió a repetirle lo mismo: que lo suyo no era "físico" sino "mental". "Todavía no estai lista pa´ la foto, pero si de verdad querí irte, no te olvidí de heredarme algo… Algo bueno sí, no como un curita medio loquillo que me dejó un crucifijo que no me sirvió pa´ na´", le dijo a la tía Silvia. Y la tía Silvia volvió a reírse, esta vez si con una risa muchísimo más apagada.