Diversión

Pellejerías de una separada: Cuando te piden que los dejes en paz. Por Leo Marcazzolo

Siempre supe que llegaría este momento, pero nunca imaginé que sería ahora. Me cayó como balde de agua fría. Sucedió de pronto.

 

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Mi hijo de cuatro años me pidió que lo dejase en paz. Siempre supe que llegaría este momento, pero nunca imaginé que sería ahora. Me cayó como balde de agua fría. Sucedió de pronto. Estábamos viendo las imágenes del incendio que asoló Valparaíso, y al momento en que traté de explicarle, me dijo que "lo dejase en paz". También me dijo que yo era muy aburrida, y que prefería mil veces hablar de las Tortugas Ninja o de los combos de Superman que de eso. Así de radical. Luego me pidió un yogurt de mora y me dio a entender que me quería mucho.

Me dejó pensando. Pensando en qué había hecho yo para merecer que un niño de cuatro años me dijese eso. En la tele, en tanto, seguían sucediéndose las imágenes de la tragedia. No cesaban. Llanto y fuego. Llanto y fuego. De improviso comenzaron a mostrar a un perro que se había quedado cojo, y mi otro hijo (de dos años) también comenzó a reclamar su parte. Pidió otro yogurt de mora. Los dos comenzaron a tomar yogurt de mora. De seguro en el corto plazo también me diría que lo dejase en paz.

¿Pero qué era realmente lo que trataba de decirme? No sé. Sólo recuerdo que la primera vez que se lo dije a mi madre, fue un verdadero hito. Tenía muchísimo más de cuatro años. Era adolescente y recién comenzaba a desmitificar el mundo. Los héroes no existían –me repetía cada mañana a mí misma– antes de partir el día. Y en eso estaba cuando durante un almuerzo le dije a mi madre que me dejase en paz. Le di con la puerta en las narices, y después me puse a escuchar a Michael Jackson a todo chancho. Escuché la canción Thriller mientras sólo podía pensar en mi amigo púber que se negaba a pololear conmigo.

Tenía trece años, y ella sólo trataba de explicarme algo que no entendí. Algo de lo que estaba pasando en Chile. Era 1987, y mi madre intentaba advertirme que nadie podía darse el lujo de ser tan frívolo en un tiempo en que andaban matando gente en toda clase de lugares: en estadios, callejones y autos en plena circulación. Me decía eso con gesto serio. Dolido. Inclusive también me explicaba que los transeúntes deambulaban amargados por lo mismo. Me lo explicó tres veces frente a un plato de porotos burros. En los ochentas la gente solía tragarse los porotos burros como salitre. También masticaban salchichas y tomaban té desabrido en tazas de vidrio sin orejas. Un manto depresivo lo cubría todo. Los padres castigaban a sus hijos cuando no querían hablar con ellos. Mi madre no me habló durante cuatro días.

Pienso en eso, y también pienso que si yo osara hacerle lo mismo a mi niño de cuatro años, le caería mal. Sería como un día de castigo por cada año. La cosa es que finalmente mi niño se terminó su yogurt de mora. Seguían transmitiendo el rotativo del incendio por televisión. El llanto y el fuego de la tragedia. Luego los perros y los escombros al descubierto. De pronto mi hijo vio un par de quiltros y se quedó pensando. Me comentó que él también conocía lobos que prendían fuego. Que estos lobos se escondían en las farmacias, y que luego se aparecían en los cumpleaños de los niños. Se comían sus piñatas. Inundaban sus completos. Los niños lloraban porque se quedaban sin sus dulces. Los lobos sólo dejaban el fuego y la carencia. Se iban dejando tras de sí un paisaje desolador. Justamente el mismo que estaban pasando en ese minuto por televisión.