Diversión

Pellejerías de una separada: Mi amigo de internet. Por Leo Marcazzolo

Al tipo sólo lo dejé plantado porque era feo. Más bien horrible. Pero estaba ahí, esperándome en la esquina acordada, con toda la ilusión del mundo.

 

Imagen foto_0000002220140416092245.jpg

Tengo que pedir disculpas. El otro día tenía que ir a una cita a ciegas –que había concertado por internet– y no llegué. O sea, peor; llegué, pero cuando descubrí quién era el tipo, me escondí para que no me viera detrás de un basurero. Soy miserable. Permanecí por largo rato allí. Casi vomito por el olor. Había olor a putrefacción. Me estoy poniendo mala. Al tipo sólo lo dejé plantado porque era feo. Más bien horrible. Pero estaba ahí, esperándome en la esquina acordada, con toda la ilusión del mundo.

Llevaba pantalones caquis, camisa cuadrillé, y un remolino –aplastado con gomina a la fuerza– en la cabeza. Tenía espinillas en la nariz. Un neumático estratosférico se le rebalsaba. Pensé que parecía santo. Me acordé de todas las conversaciones que habíamos sostenido a través de internet antes de llegar allí. Su físico,  definitivamente, no se condecía con la forma en que se comunicaba. Tuvimos muchas conversaciones. Pero no de esas conversaciones "tontas" que tiene la gente "tonta", sino de esas conversaciones de verdad. Hablábamos de la bruja de su madre y de todo tipo de desventuras. Lo malo es que en Facebook no ponía foto. Lo conocí chateando. Nos hicimos muy amigos por su agudeza. Estuvimos casi todo el verano en eso. Yo lo imaginaba alto, desgarbado, desordenado y flaco. Dibujé su estampa en mi cabeza. Me importaba su estampa sólo porque soy tonta. Pero cada vez que le pedía una imagen, me enviaba de esos stickers gigantes de Facebook para despistarme.

Me hice casi adicta a chatear con él. Tanto que cuando abría mi chat, y no me pescaba, me dejaba mal. Clavándome cuchillas. Era como cuando alguien que realmente te importa no te llama. Y luego reaparecía. Me decía "linda" y yo le decía "oso". Éramos siúticos e insensatos. Estábamos como pololeando. Para mí él definitivamente era muchísimo más que una voz en el computador. Nunca pensé que fuera feo. No sé porqué, pero a hombres así uno jamás se los imaginaría feos. Insólito, pero a veces pienso que Dios me castigará. Cuando lo dejé allí, plantado, en esa esquina maloliente de Providencia, pensé en eso. Además pensé que hacía más de una década que yo también había vivido lo mismo, pero al revés.

Yo también estuve allí. Estuve sentada en un bar maloliente de Ñuñoa por más de tres horas, mirando fijamente cómo las burbujas de mi cerveza ascendían, mientras esperaba a un tipo. La sensación de desamparo fue un fantasma. El tipo jamás llegó. A él también lo conocí por internet. En un sitio de enamorados cuando aún no me casaba y estaba desesperada. Recuerdo que sólo quería conseguir a alguien. En el sitio no pedían fotos. Yo usaba talla 46. Medía un metro cincuenta y cuatro. Tenía doble papada y se me salían dos neumáticos por las caderas. Llevaba doble abrigo para disimular. Jamás entendí lo que pasó.

Recién ahora lo entendí. El tipo llegó y simplemente no le gustó nada de lo que vio. El mundo es cruel. Ahora sé que estas cosas pasan. Por otro lado, el tipo al que dejé plantado me contó una vez que su plato preferido era el arroz con pollo. Me lo dijo como coqueteando. Yo también le coqueteé de vuelta. Le dije que se lo prepararía, porque a los "hombres se les conquistaba por el estómago". Era mucha la estupidez. Mucha la expectativa. Pero luego lo vi y todo se desvaneció. Sentí un pequeño retorcijón en el estómago. Como dije, pensé que la imagen que tenía de él no se condecía con la realidad. Me sentí engañada: sentí que el tipo que estaba allí era un completo desconocido. Y uno a los desconocidos, simplemente, nunca tiene mucho que decirles.