Pellejerías de una separada: la píldora del día después. Por Leo Marcazzolo

La píldora del día después sólo se vuelve real después que uno se atreve a tomarla. Antes –al menos para mí– era sólo un tema político...

 

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El clásico tema político-valórico que se discutió, ampliamente, durante los gobiernos de la Concertación. Me parecía lejano. Hasta que la otra noche me vi atrapada por la culpa y el miedo, y tuve que correr a comprarla. Convengamos primero que la decisión de tomarla siempre se gatilla por la culminación de un proceso sólo comparable al Purgatorio. El terror te aqueja. Es algo parecido a una abeja que te zumba y te zumba. La abeja te sigue zumbando porque "algo" le jode, porque en algún minuto hiciste "algo", y no te cuidaste.

Quizás nunca vas a saber qué tan buena o mala chica fuiste, ¿a quién le importa? Lo único que sí importa es tu "terror". El miedo que le sientes a un escenario tan adverso como un embarazo. Piensas que sería una maldición para ti. Piensas que el mundo se te vendría encima. Piensas en la plata. Piensas en tu futuro. Te sientes egoísta, culpable, irresponsable, decadente. Vuelves a pensar en las consecuencias. En la sensación horrible que te aquejaría en las tripas de tener que comunicarle al mundo que ni siquiera te acuerdas del nombre del padre. Te pones en esa posición. Y cuando ya estás ahí, en ese lugar, dándote de tumbos contra las paredes, recién ahí te das cuenta que la "píldora del día después", al menos para ti, ya dejó de ser un tema político. Los políticos que se pudran. Dan lo mismo.

Al menos a mí me dieron lo mismo. De hecho fue en lo último en que pensé el otro día cuando entré a esa farmacia a comprar esa píldora. El reloj marcaba las siete de la mañana en punto. Lo recuerdo. Habían pasado veinticinco horas exactas desde que me había mandado el condoro. La píldora resiste hasta 72. Sólo podía pensar en el condoro. La funcionaria me miró feo. Le pasé la receta y comenzó a mirarme así, horrible. La misma cara de censura que solía ponerme mi profesora de Religión cuando me hablaba de la preservación de la "familia". Para ella sólo existían las familias tradicionales, las compuestas por padre, madre y muchos hijos. Y como mis padres eran separados, en su mapa prácticamente no existíamos. Por lo mismo se enojaba mucho cuando yo trataba de defenderlos. Recuerdo que se le marcaban las líneas de la frente, las comisuras de los labios y se ponía a gritar. Así se las batía con su intransigencia.

Igualita a la farmacéutica que me vendió la pastilla. Me la trajo y me dijo que me la tenía que tomar lo antes posible. Me la tomé y tuve que vivir su castigo. Su discursillo moral. Se aprovechó de que era temprano y no había nadie más en la farmacia para sermonearme a sus anchas. Comenzó a decirme toda clase de cosas: que la pastillita significaba un aborto, que quién era yo para decidir sobre la vida o la muerte de un ser humano. Fuerte. Sentía los látigos del Medioevo sobre mi espalda. Me penaba además el recuerdo fugaz de mi propio condoro. "La culpa te penará por siempre", me decía, y yo sólo podía pensar en lo horripilante que era su imagen. En que arrugaba las comisuras de los labios igualita a mi profesora de Religión. También pensaba –mientras me seguía sermoneando– que ésta era la tercera vieja que me atormentaba en la vida. Primero la vieja de religión, después la vieja que no quería venderme condones, y ahora ésta. Por qué tanta vieja revolviendo mis propios escombros, por qué tanta vieja recordándome mis propias debilidades. Insólito. Una vieja más, y te juro que ya estaba lista para echarme un tiro.