Diversión

Pellejerías de una separada: La visita inesperada. Por Leo Marcazzolo

El punto de partida es el pavor del hombre frente a los niños desde que los ve, cuando toca el timbre y la separada le abre y los ve ensayando –con excesiva energía– las patadas del "Escuadrón de Superhéroes". Allí se queda impávido, con cara de perro sin dueño, mirando a quién sabe quién. Ve que los niños lo observan "extraño", y se arrepiente de haber venido.

 

Imagen foto_0000002220140226085015.jpg

Esta historia se compone por cuatro personajes clave: una separada, dos niños y un hombre. Y a medida que van transcurriendo las horas, los dos niños se van comportando cada vez peor con el hombre. La separada soy yo, los dos niños son mis hijos, y el hombre es un pinche que me tinca mucho. La historia comienza así. El punto de partida es el pavor del hombre frente a los niños desde que los ve, cuando toca el timbre y la separada le abre y los ve ensayando –con excesiva energía– las patadas del "Escuadrón de Superhéroes". Allí se queda impávido, con cara de perro sin dueño, mirando a quién sabe quién. Ve que los niños lo observan "extraño", y se arrepiente de haber venido. La separada lo intuye. Por su mueca de disconformidad lo intuye. Las cosas se irán poniendo aún peor. Un niño huele el miedo del hombre, y comienza a "palanquearlo". Le dice que tiene "cara de sapo", y el hombre nuevamente no sabe qué decirle. La separada tampoco sabe cómo defenderlo. Su desconcierto es tal, que comete otro gran error. Regaña al niño, diciéndole que "respete a la visita". A partir de ahí todo se retuerce. El niño no cesará de gritarle a su mamá: "¡Quiero que se vaya tu visita!".

Todo esto ocurrió el sábado. Literalmente mi hijo no paró de gritarme "¡quiero que se vaya tu visita!". Sintió celos. Sintió ira frente a mi primer "gran proyecto amoroso" luego de su padre. Pensó que lo estaban usurpando. Nada nuevo bajo el sol. Estábamos de lo mejor compartiendo con mis dos niños, bajo el ardiente sol santiaguino, cuando de pronto arribó el "extraño". Venía con un Almendrado derritiéndosele entre los dedos. Se veía un poco triste y obsoleto con el Almendrado. "¿A quién se le ocurre traer un helado tan típico de los 80 a una casa de niños del 2000?", me pregunté, pero preferí no decirle nada. Nunca entendí bien a qué venía, pero desde un comienzo supe que terminaría mal, que mis dos hijos sacarían lo peor de sí. Se comportaron genuinamente demoniacos. El tipo salió corriendo despavorido.

Todo se puso aún peor cuando se sentó a la mesa. Mi hijo de cuatro años lo quedó mirando y le dijo que tenía "los dientes chuecos y que no sabía elegir helados". Se tiró al suelo y comenzó a gritarle. Tenía la cara roja, y tiraba patadas de helicóptero. Pese a eso se veía divertido. Tan divertido, que yo también comencé a "palanquearlo". Dios me perdonará. El infortunio de mi pretendiente (le digo "pretendiente" sólo porque me trajo flores) iba en ascenso. La cosa se ponía cada vez más grave. Mi pretendiente no sabía dónde meterse para escapar de las patadas. Comenzó a asustarse "seriamente" de mis hijos. Pasaron más de dos horas y él seguía resistiendo. Yo lo miraba y de inmediato lograba adivinar sus pensamientos: "¡Sólo quiero que me saquen de este infierno!". Mientras, yo pensaba "¡Manténganle la jaula bien cerrada para que no escape!". Y mi hijo de cuatro años seguía gritándole: "¡Visita, quiero que te vayas de mi casa!". Mi pretendiente comenzó a transpirar helado. En especial cuando mi otro hijo, de dos años –aún más osado– comenzó a tironearlo con el propósito de arrastrarlo hasta la puerta.

Lo arrastraba y arrastraba. Parecía como si un enano estuviese arrastrando a un gigante. No sé en qué minuto llegamos a ese infierno. Todo era tan caótico, que yo sólo los miraba sin saber qué hacer. Como si hubiesen sido ajenos a mi vida. ¿Qué tan malo pudo haber tenido mi pretendiente para que mis hijos hayan decidido reaccionar de esa manera? No sé. Quizás fue su pelo largo y su mueca de asco permanente. O tal vez fue que les hablaba como guaguas, preguntándoles: "¿Qué pacho?". O cosas aún peores. La historia terminó cuando yo misma le dije que se fuera, que para otra vez me anunciara de antemano su visita.