Diversión

Pellejerías de una separada: Mi noche con el mudo. Por Leo Marcazzolo

Medía más de un metro noventa, tenía cara de atormentado y estaba rico. Muy bueno. Por eso lo invité a sentarse. No tenía ni la menor idea de que ni hablaba.

 

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Lo conocí en un lugar de zorrones. En un sitio donde lo único que había eran secretarias de mediana edad con jefes califas, rockeros decadentes, borrachos cargantes y uno que otro separado sin compromiso. Él era justamente eso, un separado sin compromiso. Medía más de un metro noventa, tenía cara de atormentado y estaba rico. Muy bueno. Por eso lo invité a sentarse. No tenía ni la menor idea de que ni hablaba.

Pero a los pocos segundos me di cuenta: el tipo, al igual que la canción de Calamaro, "¡Era mudo!". Yo le decía cualquier cosa y él sólo asentía con la cabeza, o decía "bacán" o "rancio". Les juro que no tenía más vocabulario que ese. También elevaba los ojos al cielo o subía los hombros. Nada más. Pero lo peor de todo no era eso. Lo peor de todo era que ni siquiera se reía con mis chistes, ¿habrase visto semejante humillación? Yo contándole uno tras otro –con despliegues de evidente coquetería– y él sólo mirándome como si hubiese visto un fantasma. ¡Qué chucha le pasaba al mudo…! No sé. Por qué no se paraba de la mesa, tampoco sé. Sólo me quedaba mirando fijo. Tan fijamente, que por momentos hasta pensé que tenía algún perejil pegado en los dientes.

Yo sólo quería pescármelo. La noche seguía transcurriendo despiadada y en cualquier minuto se "echaría el pollo". ¡Qué miedo! A lo sumo me quedaban otras dos horas más para seguir "agujoneándolo". Ese era mi gran dilema, que el mudo se fuera y me dejase con la bala pasada. Pero extrañamente seguía ahí. Catatónico como una iguana. Hasta que de pronto habló. Hubiese sido mejor que ni hablara. Me dijo en mi propia cara y sin anestesia, que representaba más de cuarenta. Mudo de porquería. ¿A qué mujer se le dice eso?, me pregunto yo. Acabo de cumplir 39 y nunca me habían calculado más. Odié al mudo.

Pero seguí intentándolo. Yo insistía en soportar su abulia. Somos persistentes las mujeres. Yo tenía que agarrarme al mudo. Éramos demasiado afines. Casi gemelos de alma, como decía el gran Yeruba. Los dos estábamos separados, los dos odiábamos a Luis Miguel, los dos éramos Virgo y a los dos nos encantaba la lasaña, ¿qué mejor? Y además era poeta maldito. Tan maldito, que andaba sin plata. Porque, más encima, ni siquiera tenía para su propio consumo. Yo tuve que pagarle todo, cigarrillos y cervezas hasta que le dio puntada. Mudo, pero no huevón.

De pronto, decidí jugármela. Ya eran las tres de la madrugada y tenía que hacerlo rápido o no hacerlo. Literalmente, me tiré encima del mudo. El mudo se quedó más mudo. Pero como tampoco era huevón, me respondió enseguida. Terminé pescándomelo en un taxi rumbo a su casa. Nos movíamos tanto, que hasta el propio taxista nos comentó que parecíamos "lavadora centrífuga", así para adelante y para atrás. Eso, hasta que finalmente llegamos a nuestro destino.

El mudo vivía en un lugar lúgubre. Era una pieza con una cama cubierta con un cubrecama café y una tele chica. Nada más. Sombría la pieza del mudo. Con razón se había quedado sin habla. Nadie podría haber sido feliz viviendo en aquel agujero. Nos acostamos, pero se abrió un vacío. De pronto me sentí extraña. El mudo me pareció que estaba demasiado solo. Confundido. Perplejo frente a un mundo que se le hacía más y más opaco. De pronto, se acordó de su ex mujer y volvió a quedarse catatónico. Con miedo. Como un conejo encandilado por las luces de un auto. De inmediato entendí que ahí no pasaría nada, que el mudo inevitablemente me dejaría anclada allí, en su propia nostalgia, en su propio cuartucho lúgubre, con la bala más que pasada. Maldito mudo.